Compartimos con nuestros lectores un fragmento de los textos de divulgación y debate histórico emprendidos por la editorial Taurus, en la colección Cara o Cruz. El siguiente fragmento pertenece a Cara o cruz: Lázaro Cárdenas, coordinado por Alejandro Rosas.

El nombre de Lázaro Cárdenas se ha convertido en sinónimo de expropiación petrolera, un hecho que aún ahora, a inicios del siglo XXI, sigue levantando pasiones. Si bien esta histórica decisión fue una política fundamental del cardenismo, reducir su legado a este hecho limita mucho nuestro entendimiento de un personaje lleno de matices y tonalidades.

La vida de Cárdenas fue, de cierta forma, la historia del siglo xx, un relato atravesado por los grandes acontecimientos que marcaron el imaginario mundial. El joven Lázaro participó en la gesta revolucionaria, remontando rápidamente por la escalera militar, y se enfrentó a las más complejas relaciones diplomáticas en el contexto de la Guerra Civil española y el ascenso al poder del nazismo alemán.

En las siguientes páginas se abordarán las luces y sombras de un personaje que, entre muchas otras cosas, logró la estabilidad política del país, tras dos décadas de convulsión posrevolucionaria, y cimentó las bases del presidencialismo actual. Este ejercicio busca acercarnos a una comprensión más compleja de este ícono de la historia contemporánea mexicana, que hoy circula por nuestra cultura visual como estampa de monografía y logo institucional, no obstante, merece una mirada más profunda que muestre las diversas caras de un hombre.

Lázaro Cárdenas sigue siendo un personaje controvertido, quien pareciera nunca haberse andado con medias tintas; los logros o errores de su régimen son vistos desde posturas polarizadas, aún hasta nuestros días. Alan Knight, historiador británico, ha profundizado ya mucho en este tema (Cardenismo: Juggernaut or Jalopy, 1994), analizando las diversas posturas historiográficas en torno a su régimen. Existen grupos con opiniones encontradas, están los que hablan de un gobierno más afín a la burguesía de lo que parece en la superficie, y aquellos que defienden su postura socialista, incluso comunista, presentándolo como un hombre genuinamente preocupado por los menos favorecidos. Unos lo crucifican por marxista, otros le reclaman no haber sido lo suficientemente de izquierda; incluso hay quienes lo pintan como un charlatán que sólo usó la figura de los oprimidos como discurso para alimentar el clientelismo. Quizá esta polarización se debe en realidad a la dificultad de ver a estos personajes más allá de la investidura presidencial, es decir, de entenderlos como seres imperfectos y contradictorios, como lo somos todos.

Si el cardenismo fue una transformación radical en la forma de hacer política en México o una continuación de las formas que el país venía arrastrando desde los regímenes anteriores, dependerá de la visión de cada lector, pero lo que resulta innegable es que su presidencia marcó un punto de quiebre para el siglo XX mexicano, tanto por los factores internos del país como por el contexto internacional de su momento histórico, recordado como uno de los momentos de mayor agitación política y social. Estos dos factores, el local y el global, fueron vías paralelas y ocasionalmente vías cruzadas por las que Cárdenas tuvo que transitar en sus seis años de presidencia; entre los conflictos irresolutos de los gobiernos revolucionarios que le antecedieron y el incremento de las tensiones políticas internacionales que eventualmente llevarían a la Segunda Guerra Mundial. Estratega de con afirmada carrera militar y de un carácter sereno fueron reflejo de su gran habilidad política, acomodadiza ante los ojos de muchos, que sin duda demuestra su espíritu conciliador y talento para adaptarse a diversas condiciones —adversas en muchos casos.

Antes de ahondar en los momentos más álgidos, o emblemáticos, de su sexenio —por cierto el primer periodo presidencial de tal duración en la historia del país— vale la pena recordar cómo fue que este juiquilpense trazó su camino a la silla presidencial. Se trata de una historia militar francamente sorprendente, que comienza con un adolescente que abandona su casa convencido de las causas revolucionarias y culmina con un joven general de 25 años en vías de convertirse en gobernador.

Lázaro Cárdenas del Río nació en 1895 en el seno de una familia humilde de Juiquilpan, un pueblo michoacano con muchas carencias. De acuerdo con la biografía del historiador Ricardo Pérez Montfort (Lázaro Cárdenas. Un mexicano del siglo XX, 2018), durante la niñez de Lázaro el gobierno de este municipio al noroccidente de Michoacán fue una imitación del más puro modelo porfiriano —si bien a pequeña escala—, con una fuerte presencia de la figura del cacique y un impulso modernizador.

La familia Cárdenas constaba de Dámaso Cárdenas, el padre; Felícitas del Río, la madre, y ocho hermanos, entre los cuales Lázaro fue el tercero en línea, pero el primer hombre. Su padre provenía de una familia de artesanos, siendo hijo de un tejedor, pero decidió desenvolverse en el ámbito comercial, estableciendo una tienda de abarrotes que también ofrecía licor, billar y juegos de cartas. Además, dotado de un talento innato para la medicina, don Dámaso sería respetado por su comunidad gracias a su conocimiento autodidacta de remedios curativos. Doña Felícitas aportaría algo de dinero a la economía familiar haciendo trabajos de costura, aunque, según narra Pérez Montfort, recibirían también un gran apoyo de otros miembros de la familia.

La vocación de Lázaro por el servicio público se haría latente desde muy joven, cuando comienza a trabajar en la Oficina de Rentas de su natal Jiquilpan. Como sucedió más adelante, al unirse a la lucha revolucionaria sus habilidades de escritura le valdrían un lugar en la administración municipal a la corta edad de 13 años. Muy pronto tomó conciencia sobre las causas revolucionarias a partir de su experiencia en una imprenta. A los 15 años se integró al equipo de trabajo de La Económica, donde entró en contacto con publicaciones liberales; conoció a un grupo liderado por Pedro Lemus, instruido a su vez por José Rentería Luviano, quien le pidió imprimir un manifiesto contra Victoriano Huerta. Para entonces, Lázaro y sus amigos se habían quedado a cargo de la imprenta, la cual fue destruida por las fuerzas huertistas tras ser repartidos los volantes de Rentería.

Así, el joven Lázaro comenzó su carrera militar a la edad de 18 años, huyendo de la persecución en Juiquilpan en 1913. Se incorporó a la caballería del general Guillermo García Aragón, quien lo nombró capitán segundo. Tras una breve interrupción trabajando en una fábrica de cerveza, volvió a incorporarse a la gesta revolucionaria al enterarse de la invasión estadounidense de Veracruz. Al poco tiempo se unió al estado mayor de Eugenio Zúñiga, donde escaló hasta lograr el nombramiento de comandante del 22º Regimiento de Caballería, y muy pronto ascendería a mayor. De ahí continuaría su camino hasta llegar a las huestes de Plutarco Elías Calles, quien se convirtió en su mentor.

Entre los 18 y los 25 años Lázaro Cárdenas consolidó su fama como estrega militar en diversas campañas. Entre las que destaca la rendición de las fuerzas federales ante los constitucionalistas en Teoloyucan, tan sólo un año después de su incorporación a la lucha revolucionaria.

Bajo el mando de Plutarco Elías Calles participó en 1915 en la campaña contra José María Maytorena, en ese momento gobernador de Sonora, estado natal de Plutarco, quien lo consideraba un traidor al carrancismo. Unos años después, en 1920, se uniría al Plan de Agua Prieta. De ese mismo año destaca su rol en la aprehensión de Rodolfo Herrero, asesino de Venustiano Carranza. Para entonces ya había alcanzado el rango de general brigadier. Continuó destacándose en el ámbi to militar con su nombramiento, a los 26 años, como jefe de operaciones militares en el istmo de Tehuantepec y dos años después en la campaña contra la rebelión liderada por Adolfo de la Huerta. Para 1928 comenzaría su campaña por la gubernatura de su estado natal de Michoacán no sin antes haber estado a cargo de las operaciones militares de Jalisco y Tampico para posteriormente ser nombrado general de división.

Para entonces, el joven gobernador de 33 años había recorrido el país como parte de las huestes de dos de los personajes más fuertes de la Revolución, quienes pasarían a ocupar la silla presidencial en la que él mismo se sentaría: Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Su gubernatura fue entonces el primer paso en este camino a la presidencia, aunque quizá aún no lo sabía.

Durante sus años como gobernador se enfrentó a la difícil tarea de representar a un estado confrontado entre el fanatismo religioso y la intolerancia anticlerical, el cual a su vez estaba pasando por una complicada situación económica. Antes de poner en práctica sus ideas socialistas, que seguían la doctrina más institucional de la Revolución mexicana, debía aplicar sus conocimientos militares para pacificar a su estado. Al lograrlo, pudo desarrollar diversas políticas que retomaría al tomar posesión como presidente de la República.

En sus cuatro años como gobernador podemos encontrar entonces muchas claves para entender cómo se fueron desarrollando los proyectos que posteriormente se convertirían en los símbolos del cardenismo. En éstos se aprecia ya una vocación social que pone a los más desfavorecidos al centro. Recordemos, por ejemplo, el decreto del 19 de junio de 1931 por el cual da por terminados los contratos porfirianos entre grupos tarascos y empresarios extranjeros en defensa de los de las comunidades indígenas de la región. Poco a poco, temas como el reparto agrario y el apoyo a grupos obreros y sindicales comenzarían a convertirse en ejes de la política michoacana durante sus años como gobernador. A su vez, vemos en esta gubernatura una intención por reconstruir el estado tras los tumultuosos y destructivos años de la Revolución y la Guerra Cristera, comenzando en 1931 una revitalización de la industria de la infraestructura, con la creación de canales de riego y presas. Con esto, vemos nuevamente su interés por el México rural y campesino, pero entendido más allá del reparto agrario y tal vez, aventurándonos un poco, podría leerse como la primera semilla de una política que pone a la industria y a la técnica al servicio del campo —o como se entendió posteriormente, con la fundación del Instituto Politécnico Nacional (IPN), al servicio de la patria—. Esta fuerza por modernizar a su estado probablemente encontró eco en sus experiencias de la infancia porfiriana, cuando se intentó imprimir una mayor industrialización en Michoacán.

En los años que transcurrieron entre su juventud revolucionaria y su llegada a Palacio Nacional, Lázaro Cárdenas entró en contacto con las peores condiciones de pobreza del campo mexicano, había conocido la pauperización de los pueblos indígenas y había visto de primera mano la sistemática explotación de las compañías petroleras. En estas experiencias se vislumbran ya algunas de las luces y sombras de quien el 1° de diciembre de 1934 tomó posesión como presidente de la República Mexicana.

• Veka G. Duncan vs. Francisco Robles Gil, Cara o cruz: Lázaro Cárdenas, Alejandro Rosas (coord.), México, Taurus, 2019, 118 p.

 

Veka G. Duncan
Historiadora del arte y conductora de El Foco en Adn40. @VekaDuncan.