¿Puede ser el internet un territorio que favorezca la diversidad lingüística? El siguiente caso muestra la creación colectiva de un ámbito indígena en el ciberespacio que protege el patrimonio cultural.

Elsie Paul, mejor conocida como Chi-chia o “abuela”, es una de las dos últimas hablantes de la lengua ɬaʔamɩn o “Sliammon”, como ha sido nombrada en inglés. Tiene 88 años. Creció en la costa de la actual Columbia Británica, donde los bosques desembocan en un mar que antaño surcaban canoas. Hoy nos comparte las historias que escuchó de sus abuelos en una propuesta editorial heterogénea —combinación de audios, textos y animaciones— que busca hacer de Internet un territorio para el conocimiento tradicional.

Ilustración: Patricio Betteo

As I Remember It es el nombre del proyecto. Consiste en una plataforma digital que se rige con las mismas normas de protección del territorio de la comunidad desde hace cientos de años. Las palabras de Elsie al ingresar al sitio lo explican:

Este sitio es territorio ɬaʔamɩn: opera de acuerdo al protocolo ɬaʔamɩn. En otras palabras, las reglas regulares de Internet no aplican aquí.  ʔəms tɑʔɑw [nuestras enseñanzas] son muy preciadas y para protegerlas recurrimos el protocolo ɬaʔamɩn de visitante-anfitrión para regir este sitio y a quien lo visita. Cuando visitamos otro lugar, nos identificamos, describimos nuestra relación con quien nos recibe, dejamos claras nuestras intenciones y pedimos permiso para entrar. Como anfitriones, nuestro papel es proteger a la comunidad y al territorio, nutrir y afirmar nuestra identidad collectiva como qɑyəwmɩxʷ [seres humanos] a través del respeto.

De modo que para visitar el territorio digital ɬaʔamɩn, los internautas deben saber que el contenido multimedia no es simple información sino conocimiento ancestral de un pueblo indígena. Por lo tanto debe escucharse, leerse y mirarse con el respeto con el que se accedería por mar al terruño palpable de arena y árboles.

Al aceptar el protocolo, entonces, el visitante emprende un viaje virtual por la memoria de Chi-chia: la emoción, por ejemplo, que sentía de niña ante la llegada del primer salmón a Powell River, señal del inicio de la temporada de pesca de uno de los animales que salvaguardan la vida en la comunidad. También aparece el visón como personaje protagónico, en diálogo con las nubes, con los osos grizzlies, con las ballenas y las águilas: antihéroe que vive una y otra vez las consecuencias de burlarse de la naturaleza, entre otros aprendizajes de la vida comunitaria.

Chi-chia relata también las historias del antes y después del “contacto”, como se nombra a la llegada de los europeos y a los tratados que desde entonces establecen nuevas fronteras, imponen chiefs y sistemas para administrar la tierra y los recursos naturales, dividiendo al pueblo ɬaʔamɩn en tres: Klahoose, Homalco y Church House. También brinda su testimonio como sobreviviente1 del Sistema de Escuelas Residenciales Indígenas de Canadá. Su voz se suma a la de varias generaciones silenciadas durante casi un siglo hasta que, en 2008, el Estado canadiense inició el proceso de Verdad y Reconciliación al ofrecer una disculpa pública a los 150,000 niños indígenas separados de sus familias entre 1880 y 1996, cuando cerró la última institución.

Las 132 Escuelas Residenciales, financiadas por el gobierno y operadas por la Iglesia, eran parte integral de una política de asimilación, calificada incluso como genocidio cultural.2 El procedimiento abarcó todo el país: apartaban a los niños indígenas —reconocidos ahora por el Estado como First Nations, Métis e Inuit— de sus comunidades, los uniformaban y los metían en escuelas donde tenían prohibido hablar su lengua materna, interactuar con sus hermanos o alimentar cualquier relación espiritual con el mundo. Las consecuencias directas de esta política de Estado se perciben no sólo en las generaciones de familias fragmentadas, sino en la fragilidad considerable de las 70 lenguas indígenas de Canadá y de las cuales 40 cuentan con menos de 500 hablantes, según estadísticas actuales del Gobierno.3

Conservar una lengua es conservar una forma de ver el mundo y de poder compartirla. Según Davis Mckenzie, nieto de Elsie y coeditor del proyecto, una de las enseñanzas que deben compartirse con el resto del mundo es la del duelo. Cuando una persona pierde a un ser querido en el pueblo ɬaʔamɩn la comunidad acude a ella para resolver preguntas, pues el estado de duelo le confiere clarividencia. “Desde nuestras enseñanzas, la comunidad va a visitar a esa persona y la va a acompañar. Hay una naturaleza recíproca en la relación que se crea con esa persona, da un consejo y recibe el poder que otorga la comunidad cuando perdió a alguien querido”, explica Davis en entrevista. Tiene 35 años y trabaja como comunicador para el Departamento de Salud de las Naciones Originarias, en Vancouver. Creció en tierras ɬaʔamɩn junto a Chi-chia y recuerda cuando las palabras de su abuela le dieron sentido a su propia historia antes de comenzar su transición de género a los 21 años. “¿Quieres saber por qué sé que eres como eres? —le preguntó Chi-chia— Tu abuelo murió muy joven. Murió repentinamente dos meses antes de que llegaras a este mundo. Estábamos tan sorprendidos cuando sucedió que no seguimos los protocolos familiares. Cuando alguien muere, el protocolo es proteger a las mujeres embarazadas: envolverles el vientre con una cobija y permanecer fuera de los cementerios.  Como el espíritu de tu abuelo no estaba listo para irse y no seguimos los protocolos, él viaja contigo. Por eso, independientemente de cómo hayas nacido, siempre has tenido esa sensación de tener dos espíritus.”

Para Davis las historias crean nuestra vida y le dan sentido. Si bien un libro o una página web nunca van a reemplazar la interacción personal con un Elder—así nombran a los abuelos o abuelas de las comunidades—, la plataforma As I Remember It es “un reconocimiento de que existen nuevas tecnologías para fortalecer nuestra existencia y nuestro sanar como personas”. Al diseñar la publicación digital los autores se dieron cuenta de que muchas de las prácticas de Internet son inseguras para albergar el conocimiento indígena: la vigilancia, la memeificación, la mercantilización del contenido; o los marcos regulatorios, como la “propiedad intelectual” basada en el individuo y no en la colectividad, o la mentalidad free-for-all que impera en el ciberespacio, que no corresponden a los sistemas comunitarios de transferencia del conocimiento. Sin embargo, aclara Davis, también es un espacio que habita indudablemente el pueblo ɬaʔamɩn, puesto que la mitad de su población vive principalmente en ciudades fuera de la comunidad: “estos espacios digitales tienen el potencial de mantenernos conectados con el territorio, con las enseñanzas y entre nosotros mismos a través de distancias físicas y generacionales. Chi-chia abrió Facebook cuando tenía 84 años con esas mismas intenciones”.

Convertir la memoria oral en material audiovisual cibernético implicó un proceso de creación colectiva.

Para formar un comité editorial, Elsie convocó a jóvenes de la comunidad para la revisión del borrador y entre los autores establecieron las reglas del sitio con las normas tradicionales como referente, siempre tratando de responder a las siguientes preguntas: “¿Hasta qué punto Internet es un lugar seguro para colocar conocimiento Indígena? ¿Cómo plantearnos los problemas de autoría, protección del conocimiento y conocimiento comunal? ¿Quién debe albergar el sitio y cómo podemos conservar lo que es nuestro? ¿Cómo tratar la propiedad intelectual de este proyecto?” Para resolver esto, los autores agregaron, por ejemplo, paratextos, es decir mediaciones entre el libro, el autor, el publicista y el lector: notas al pie y recursos complementarios que comprometen al lector con las historias, así como múltiples advertencias que reiteran el valor del contenido como conocimiento ancestral indígena. También utilizaron etiquetas —distintas al Copyright y al Creative Commons— en colaboración con la organizaciónLocal Contextsque busca reinventar un nuevo paradigma de derechos “para reconocer la soberanía inherente de las comunidades indígenas sobre su patrimonio cultural en el mundo digital”.

Propuestas como Local Contexts o RavenSpace, la plataforma editorial digital —fundada por la Universidad de British Columbia— que publica As I Remember It,  también suponen un cambio en las relaciones entre universidades y comunidades indígenas canadienses. En 2002 el Centro de Gobernanza de la Información de las Naciones Originarias estableció una regulación precisa —bajo las siglas en inglés OCAP (Propiedad, Control, Acceso y Posesión)— para poder usar, difundir y proteger la investigación con y sobre comunidades indígenas, y así asegurarles beneficios a dichas comunidades minimizando cualquier daño posible. Que las Naciones Originarias hayan creado estos principios es también “una respuesta política al colonialismo y al papel de la producción del conocimiento en la reproducción de relaciones coloniales”, según el documento OCAP.

Una respuesta similar han tenido académicos indígenas como Joe-ann Archibald de la Nación Stó:lo y Margaret Kovach de la Nación Pasqua y Okanese que cuestionan la hegemonía metodológica de las Universidades para defender sus formas de conocimiento dentro de las instituciones, no como sujetos de estudio —como han sido tratados históricamente desde la ciencia occidental— sino como investigadores activos desde sus marcos y métodos propios: desde el diálogo, la historia oral, las relaciones familiares y comunitarias, los vínculos con la tierra y el entorno, las ceremonias, la lengua, la música y la vida en comunidad. El ámbito lingüístico, fundamental en este sentido, se encuentra gravemente amenazado: 40% de las 6,700 lenguas del mundo están en peligro de desaparición, según un registro de 2016. Es decir: tres mil formas de ver y nombrar al mundo sobreviven en la memoria de unas cuantas voces, resisten a una colonización longeva que puede destruir tanto la comunicación como los sistemas de formación y organización propios de los pueblos. La Asamblea General de la ONU proclamó el 2019  “Año Internacional de las Lenguas Indígenas” precisamente para promover y proteger esta diversidad cultural: una misión que asumió la UNESCO.

La lengua ɬaʔamɩn resiste hoy desde las historias y la creatividad para reinventar un territorio digital en el que perviva la memoria comunitaria. Desde el norte de Canadá hasta el sur de Latinoamérica los pueblos indígenas están defendiendo otras formas de entender las herramientas tecnológicas y de habitar internet.

• Elsie Paul, con Davis McKenzie, Paige Raibmon, and Harmony Johnson, Teachings (ʔəms tɑʔɑw) from the Life of a Sliammon Elder, Raven Space, UBC Press, Canadá, 2019.

 

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM-Iztapalapa. Estudia la Maestría en Comunicación y Tecnología en la Universidad de Alberta, Canadá.


1 Muchos grupos indígenas y medios de comunicación emplean el término “sobreviviente” para referirse a las Escuelas. Ver, por ejemplo, este artículo de CBC Radio. El informe de la Comisión (sig. nota) también emplea el término.

2 De acuerdo con el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá publicado en 2015, “esta política estuvo dedicada a eliminar a los pueblos aborígenes como entidades políticas y culturales diferentes, y por lo tanto debe ser descrita como lo que fue: una política de genocidio cultural”, p. 133.

3 The Aboriginal languages of First Nations people, Métis and Inuit, Gobierno de Canadá, Octubre, 2017 (6022/98-200-x2016022-eng.cfm)