Las creaciones escatológicas gozan de cabal salud y tradición en la lengua española. Tan es así que el mayor poeta del Siglo de Oro tiene ejemplos variopintos como el que se explica a continuación.


Tacaño, bergante y embustero lector:

Quieran Vuesa Merced y las caprichosas musas evocar a aquel noble caballero de la Orden de Santiago, Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, quien otrora y entre desemejantes cosas fuera amigo del conde de Osuna, cojo pendenciero, más capaz de facer entuertos que de desfacerlos, cegatón por naturaleza, visionario por conocimiento, e inigualable poeta. En estas fechas de su tricentésimo septuagésimo cuarto aniversario luctuoso, tengamos a bien recordar a dos de sus obras que nuestra triste edad, ya no de bronce, sino de plomo, o quizás estaño, o más bien de despojos e inmundicias tiene infaustamente olvidadas: su acerado Discurso de todos los diablos y las no menos oscuras y sin embargo diáfanas Gracias y desgracias del ojo del culo.

Esta omisión, lector desalmado, es trágica dos veces: la primera porque la vida es terrible y cualquier texto capaz de hacernos reír vale su peso en oro; la segunda, porque nuestra insistencia en ignorar los textos cagados de Don Francisco arriesga dejarnos con una imagen incompleta de aquel altivo hidalgo de nariz para nada excesiva e impecable limpieza de sangre. Puede que hoy en día lo recordemos como el autor de los famosos Sueños y de la inigualable Vida del Buscón, pero lo cierto es que la etapa más prolífica de la vida literaria de Don Francisco discurrió entre travesuras estudiantiles por los años 1621 a 1628. Si dudas de mí, lector de poca fe, sugiero que consultes los doctos tratados de Don Fernando Cabo Aseguinolaza, insigne catedrático de Teoría de la literatura y Literatura comparada en la Universidad de Santiago de Compostela. Allí encontrarás evidencia irrefutable de que Don Francisco publicó buena parte de sus textos canónicos —el Buscón, la Política de Dios, y los Sueños— entre 1626 y 27, apenas terminada su estancia en Zaragoza.

Lo mismo puede decirse de los ensayos de tipo festivo que nos ocupan hoy. Los temas de estos opúsculos, a decir del mismo Don Francisco, son “vuestras vidas, muertes, costumbres y memorias”. La genialidad de Don Francisco consiste en que, aún hoy, a siglos de distancia, resulta difícil leerlos sin sentirse aludido por esa segunda persona del plural. El ser humano, después de todo, es tal que nunca ha dejado ni dejará de serlo.

Comencemos, pues, con el Discurso de todos los diablos, también conocido como El entremetido y  la dueña y el soplón. Se trata, lector, de un divertimento tan punzante que el muy santo Fray Diego Niseno tuvo a bien censurarlo; decisión a todas luces injusta que sólo se explica postulando que el padrecito, como muchos de sus contemporáneos, debió reconocerse quemado en el fuego satírico de Don Francisco. Nuestro poeta, conocedor de los trajines de la vida, entendía que no hay averno más oscuro que el reino de este mundo, y no dudó en echar mano de la poesía, el ensayo y la narración para ofrecernos un panorama del infierno terrenal. El texto resultante es un retrato tan vívido de las carencias, abundancias, excelencias y ruindades de la sociedad de la época que sabios más doctos que el humilde corresponsal de Vuestra Merced han tenido a bien en hermanarlo con los dichosos Sueños, llegando incluso a concederle mayor virtud en vista de la riqueza de su lenguaje y la agudeza de sus observaciones.

Al transitar por las páginas del Discurso, pulcro lector, descubrirás con entusiasmo tu imagen reflejada en mil espejos, como aquel pasaje donde los diablos increpan a los quejumbrosos que suspiran por una segunda oportunidad:

Ladrones, embusteros, infames, que estáis quebrándonos las cabezas con si volviérades a nacer —si volviérades a nacer mil veces, cada vez tornárades a morir peor, y a palos no os podremos echar de aquí. Mas para que se vea quién sois, ya tenemos orden para que volváis a nacer. Ea, picaños, alto a nacer, alto a nacer.

Mención y honor aparte merecen las Gracias y desgracias del ojo del culo, pero no dejes, mojigato lector, que el título te cause apoplejías de viejecilla santurrona. Confía, mejor, en las palabras de aliento con las que Don Francisco abre su docto tratado:

No se espantarán de que el culo sea tan desgraciado los que supieren que todas las cosas aventajadas en nobleza y virtud, corren esta fortuna de ser despreciadas della, y él en particular por tener más imperio y veneración que los demás miembros del cuerpo”, pues si hacemos caso “bien mirado es el más perfecto y bien colocado dél, y más favorecido de la Naturaleza, pues su forma es circular, como la esfera, y dividido en un diámetro o zodíaco como ella.

Vuesa Merced hará bien en recordar que Don Francisco tuvo a bien hacer esta disertación no con miras a espantar a los burgueses, como harían siglos más tarde sus herederos en la literatura de las heces, sino para esparcimiento propio y ajeno. Lo escatológico, atolondrado lector, era tema usual en unos y otros autores de la época, quienes lo tenían por heredero de la Antigüedad y de la Edad Media. Aquellos terroristas que insisten en separar el ojo del culo de las obras supuestamente “serias” de Don Francisco caen en un error tan grave que no exagero al llamarlo herejía, ya que en este discurso satírico el ingenio verbal y la maestría lingüística brillan con mayor intensidad que en muchos de los textos “mayores” de nuestro tullido autor.

Esto se debe, lector atolondrado, a que este opúsculo enrevesado es mucho más que una mera cornucopia de guasa soez. Se trata, también, de un tratado de filosofía irónica. El culo, nos dice el autor, es capaz de “hacer lo que ninguno nunca hizo ni pudo: pues en este mundo todos hemos menester a otros para ser proveídos: el alguacil al corregidor, el corregidor al oidor, el oidor al presidente, el presidente al rey.” En palabras más infelices y pobres: el culo, antonomasia de lo corpóreo, es soberano de sí mismo y no obedece otra ley que la que le dictan los misterios de la digestión.

Y bueno, ¿qué puedo decirte, lector? Me queda claro que existen almas infelices a quienes los chistes de heces y la metafísica de la interdependencia de los entes los dejan fríos o les curan el insomnio. Si este es tu caso, no temas, hipócrita lector, que El ojo del culo contiene un verdadero tesoro semántico: un catálogo de los diversos y curiosos nombres de aquel nobilísimo esfínter. ¿Y si la idea de una lista de apodos barrocos para el ombligo de retaguardia no te arranca ni una sonrisa? En ese caso, amargado lector, me confieso preocupado, pues problemas son mucho más grandes y serios que una falta de apreciación por lo mejor de la sonorosa lengua castellana.

Queda mucho por decir, pero el tiempo apremia y el excusado aguarda. Si Vuesa Merced se sintió complacida por este mal intento y breve recorrido por dos de las luminosas obras de nuestro poeta, le ruego disculpe el atrevimiento de invitarlo a que busque la grata compañía de los Diablos y a que le pase —eso sí: muy despacio y a raíz del paladar— a examinar con detenimiento las Gracias de Don Francisco. Y si mi texto le fuese de tal disgusto que le provocó dolores intestinales, lo invitó a sentarse en el único lugar donde uno es rey de sí mismo, límpiese con él y béseme muy apretadamente.

 

José Pulido
Poeta y ensayista.