La industria del entretenimiento, entre otros fenómenos de la cultura de masas, ha logrado inculcar un gusto homogéneo y nivelador que no hace más que expandirse. Un peligro preocupante para pensadores de la Escuela de Fráncfort, como T.W. Adorno.

Hace poco me enteré que la película más taquillera en la historia de México ya no es un filme producido durante la época de oro del cine mexicano, ni una de las recientes representaciones de la idiosincrasia nacional, como Nosotros los nobles o Mirreyes vs. Godinez; no, es Toy Story 4. Al parecer, Disney le tiene bien tomada la medida al público mexicano. Por lo tanto habría que preguntarnos ¿qué significa el éxito de semejantes productos culturales?;¿será que Toy Story puede decirnos más sobre el estado actual de nuestra sociedad que El laberinto de la soledad, supuesto cénit analítico de la mexicanidad?

Sobran explicaciones acerca de éxitos nacionales tan abrumadores como éste. La mayoría de ellas se sustentan en presupuestos como “libre mercado”, “globalización” o “tecnología” y, por supuesto, en el “poder monopólico global” de Disney. Vean a su alrededor y encontrarán cientos ejemplos de cómo usamos estas nociones abstractas para analizar cualquier fenómeno cultural masivo y exitoso, algo que, sin embargo, no se traduce en un mayor cuestionamiento sobre lo que son en-sí. Nuestra dependencia analítica en dichos presupuestos para explicar algo no se limita a la taquilla, podemos encontrarlos en discusiones tan variadas como los salarios que deben percibir las selecciones nacionales femeniles o lo que significan para las democracias las victorias de Trump o López Obrador. Gran parte de los argumentos que se esgrimen en estas discusiones asumen normalmente un cierto carácter natural de la tecnología y el mercado, y una inevitabilidad propia a la globalización.

Estamos acostumbrados a tratar a los medios y los conceptos como si actuaran por sí mismos y responsabilizarlos de los cambios y rumbos que toma nuestra sociedad: “el mercado determina los salarios”; “Trump es el resultado de las redes sociales”; “los popotes acabarán con el mundo”. Tratar así estas abstracciones ha provocado que los espacios verdaderamente críticos en los mass media estén en vías de extinción. Desde este panorama, Jimena Ávalos y yo decidimos hacer Estética Unisex: un podcast quincenal (en Puentes o Spotify) que busca cuestionar y  desnaturalizar los conceptos y prejuicios que, creemos, están monopolizando el discurso actual.

El análisis de la compleja relación entre la tecnología, los medios y las dinámicas del mercado ha sido problematizado desde principios del siglo XX. Este año se cumplen cincuenta años del fallecimiento de Theodor W. Adorno (1903-1969), quien junto con Max Horkheimer y Herbert Marcuse fue de las figuras más importantes de la primera Escuela de Fráncfort. Desde la década de los cuarenta, Adorno y Horkheimer comenzaron a lanzar una advertencia que seguimos ignorando: los medios son sólo eso, medios. Atribuirles agencia es el canto de la sirena del que debemos huir: deberían preocuparnos únicamente por la lógica de la eficiencia que los rige y por el tipo de sociedad que hay que esperar si la eficiencia se vuelve su eje rector. En el ámbito de la cultura, no hay que perder de vista que, en una sociedad de masas, resulta mucho más eficiente lograr que el producto se adapte al gusto de las mayorías que tratar de cambiar el gusto de las mayorías para que se adecúe al producto. La fórmula de la máxima eficiencia, entonces, es encontrar lo que ya gusta a las mayorías, e irlo modificando poco a poco para que guste a cada vez más personas. Desde 1947 Adorno y Horkheimer advertían ya de esta técnica, llevada a cabo a la perfección por los estudios de cine norteamericanos de entonces. Ambos filósofos afirmaban que “lo que Hollywood conscientemente ha puesto en práctica [es que] las imágenes sean censuradas, desde el momento de su producción, por los estándares de entendimiento que determinarán la manera en que serán contempladas por la audiencia”.1

Instituto Max Weber de Sociología en Heidelberg, abril 1964. Aparecen Siegfried Landshut
(fondo, izq.), Max Horkheimer (en frente, izq.), T.W. Adorno (en frente, dcha.) y Jürgen Habermas (fondo, dcha.). Fotografía de: Jeremy J. Shapiro, con licencia de Creative Commons CC BY-SA 3.0

Adorno y Horkheimer sugerían que los grandes estudios producen imágenes sabiendo de antemano cómo serán entendidas, no por todos, sino por el estándar: el entendimiento más común. Aquí caben por lo menos dos lecturas de lo que significarían estos “estándares de entendimiento”. Por un lado podemos pensar que el estándar sería la base, el entendimiento más simple sobre el cual se puede ir construyendo un pensamiento más complejo: el aclamado sentido común. Sin embargo, esa lectura no parece adecuada a las propuestas de Fráncfort. Soy de la idea de que debemos pensar los “estándares de entendimiento” simplemente como el modelo de entendimiento más común; el que predomina entre muchos otros posibles. Los productores de Hollywood suponían que en las masas había muchos modos de entender el mundo, y escogían hacer su película con base en uno de esos modos, el que más gente compartía; no el sentido común sino el sentido en común.

Las constantes menciones a Hollywood en la Dialéctica de la Ilustración son un síntoma de la preocupación de Adorno y Horkheimer no solo por los grandes estudios de cine, sino por toda la industria cultural: el monopolio del ámbito de lo sensible basado en una estandarización esquemática de la producción estética. En la medida en que los productos de la industria cultural reflejan ese sentido en común que la mayoría comparte, se vuelven parte del archivo de la cultura: instrumentos que preservan y propagan el sentido en común. Por ende, si Hollywood hace bien su trabajo, esa mayoría reflejada en sus productos tendería siempre a incrementar. Cada nuevo producto, diferente al anterior en la superficie pero producido según el mismo modelo; ha sido modificado para ser más eficiente, no solo para poder reflejar un sentido en común más grande, sino para preservarlo y ayudar a que se reproduzca.

Por eso, un eje crítico actual debe ser el análisis de la cultura popular y no de la alta cultura, ya que en la primera se encuentran velados los principios que rigen nuestra experiencia cotidiana. Esto no significa que una sea más valiosa que la otra; Pasolini y Antonioni pueden hacernos ver la precariedad de la vida y los sistemas de explotación como nadie, pero su accesibilidad es limitada precisamente en la medida en que sus imágenes se pensaron, de antemano, a contrapelo de los “estándares de entendimiento”. Una crítica de La Rosa de Guadalupe, en cambio, puede revelarnos la estructura que permite que esos estándares aparezcan como algo naturalmente agradable. También puede evidenciar el único fin de los productos de la industria cultural: la homogeneización del entendimiento y la sensibilidad en común.

Habría que asumir una postura más crítica ante la cultura popular y no suponer que es mero entretenimiento. Tomemos como ejemplo reciente el nuevo trazo del  personaje de la princesa en las películas de Disney. Aunque resulta contraintuitivo, el hecho de que ahora la princesa sea representada como mujer independiente —que ya no espera a su príncipe azul— no sería visto por Adorno y Horkheimer como una victoria social, sino como un éxito más de la industrialización de la cultura. En realidad, la continua e incremental monopolización del sentido en común no es algo deseable, ni siquiera cuando promueve valores en los que casi todos estamos de acuerdo —como enseñarles a las niñas que sentarse a esperar a su príncipe no es un mandato natural, sino una construcción social—, porque esa monopolización es peligrosamente similar a la manera en que operaba la propaganda fascista, pero aún más perversa porque no necesita de un líder. Es un monopolio en el que contribuimos todos voluntariamente, cuyo éxito ya no emana de la censura de un “Ministerio de la verdad”, sino de la sociedad misma, desde su sentido en común.

La simbiosis entre tecnología y mercado no tiene cara, como sí la tenían las propagandas de los totalitarismos —aunque cabe decir que ya comienzan los discursos que dibujan a los Zuckerbergs y los Bezos del mundo como villanos. En tiempos de una industria cultural mundializada, la virtud de la “estandarización del entendimiento” es presentarse como libre de censura y democrática. Sin duda esto es cierto: técnicamente somos libres de pensar lo que queramos, pero pensar afuera o en contra del estándar implica enormes riesgos en tiempos de la corrección política.

La reproducción y propagación de los “estándares de entendimiento” que Adorno y Horkheimer temían no exigen nada de nosotros, no nos piden reflexión; al contrario, limitan la imaginación, la crítica y con ello el cambio. La industria cultural sabe bien que lo único indescifrable para el algoritmo de Netflix es la arritmia de la libre imaginación. Nos gusta pensar en gobiernos y corporaciones orwellianas que buscan cambiarnos para controlarlos, porque ése es el afecto en común. Pero en realidad la capacidad de controlarnos reside en que no cambiemos, en la eficiencia industrial que resulta de la homogeneidad del pensamiento. Entre más compartamos todos el mismo “estándar de entendimiento”, el control y el disciplinamiento moderno se volverán una pesadilla del pasado, y el sentido en común de la mayoría será la norma interiorizada por todos. Pensar que el consenso es el estado natural de una sociedad sana, y que juntos debemos luchar para eliminar el disenso, comprueba el avance de la homogeneización del entendimiento. En este sentido las ideas de la Escuela de Fráncfort, a medio siglo de la muerte de Adorno, siguen más vigentes que nunca.

 

William Brinkman-Clark
Académico de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, co-host del podcast sobre filosofía y género Estética Unisex y entusiasta de Rick and Morty. Twitter @WilliamBrinkman


1 He modificado la traducción al español de la cita que hace Juan José Sánchez (Trotta, 2009, p. 132) en aras de una lectura más amable. En especial, he sustituido “modelos del entendimiento” por “estándares de entendimiento”, considerando que la versión original en alemán lee “Standards des Verstandes” y en la traducción de Edmund Jephcott al inglés “standard of understanding” (Stanford University Press, 2002, p. 65).