Cualquier ejercicio crítico debería poner en una justa balanza lo desechable y lo rescatable de la obra de un autor. Con el caso de Bloom la cosa se pone muy difícil y, sin embargo, este texto lo logra a su manera.

“It is hard to go on living without some hope of encountering the extraordinary”1
—Harold Bloom

No hay forma de acercarse a Harold Bloom (1930-2019) sin ser estrecho de miras. En su obra crítica se equivocó tan vastamente y de formas tan diversas que incluso al querer contenderlo, uno ni siquiera podría encontrar una trinchera lo suficientemente amplia: entenderlo como un campeón del conservadurismo, en oposición a lo que él llamaba la Escuela del Resentimiento, sin contemplar las fallas textuales de sus interpretaciones sobre personajes shakespearianos sería un deshonor; revisar los huecos argumentativos de sus pocas teorías sin tener en mente su abierto desdén por lenguas ajenas al inglés sería un despropósito; señalar su propia constricción al construir paradójicamente ideas tan vastas sin voltear a ver la falta de diversidad entre sus lecturas (aunque se contaban por millares) se antoja corto de alcance.

Bloom será recordado por sus errores, por su falta de actualización y por su terquedad, sin duda; asimismo, por su desinterés por ampliar el espectro de sus marcos de interpretación de un mundo al que no le interesó seguirle el paso. Sin embargo, paralelamente, sería deshonesta la crítica frontal a su trabajo haciendo a un lado su pasión por defender la trascendencia de la literatura, más allá de la oportunidad periodística; su bardolatría que acercó como pocos a Shakespeare a ras de suelo; su extenuante labor como antologador (muchísimo más expansiva que el multiodiado El canon occidental); su implacable búsqueda por fuentes de sabiduría más allá del conocimiento y la información; más sugerente aún, su absoluta cuanto curiosa transparencia intelectual al pensar y escribir.

La figura de Harold Bloom en sí misma es rarísima: un crítico literario que de hecho fue leído ampliamente al grado de tener presencia constante en listas de bestsellers durante casi toda su carrera, pero que al mismo tiempo ostentaba una silla de Sterling Professor en la Universidad de Yale y que de una manera brutalmente ingenua pretendía la lectura de la literatura ajena a lo político, lo social, lo historiográfico. Esas mismas rarezas se traslapan en su obra, desde el estilo mismo.

Sus sentencias son breves y categóricas —quizá es por ello que levantó tanta ámpula  con algunas posturas más ñoñas que conservadoras—, pero siempre admiten dos puntos raros en su quehacer intelectual: por un lado, la falibilidad de lo que dice, aunada a un levantamiento de dudas constante; por el otro, lo extremadamente íntimo y personal de sus posturas. Suena raro hacer una lista de veintitantos autores que lleva por nombre “El canon occidental” o aseverar que “Shakespeare inventó lo humano” desde una autoimagen discursiva que habla abiertamente desde el “yo” y, sin embargo, Bloom lo hizo (casi)2 siempre.

Buscando transparentar sus enunciaciones, es fácil identificar en los libros del bardólatra de manera abierta sus criterios para lo que entiende como grandeza literaria: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría. Los tres son fácilmente contendibles, fácilmente desdeñables, pero frente a ello hay que admitir que no hay pretensiones no enunciadas en su trabajo (por más inoperantes que puedan ser en el trabajo académico de los estudios literarios de las últimas décadas). De igual manera, es raro encontrar en su obra algún libro que no exprese abiertamente que lo que escribe parte desde sus intereses (“wholly arbitrary and idiosyncratic”,3 como él mismo dice en la introducción a Genius) y sus caprichos. Enjuicia, sí, pero con sus criterios abiertos por delante.

Por el otro lado, tenemos a un Bloom que duda de todo lo que dice, bajo una bandera curiosa: el fracaso en la crítica literaria (sobre todo cuando de Shakespeare se trata) es inminente, pero eso sólo puede llevar al lector profesional a querer intentar fallar de formas por lo menos interesantes. Por ejemplo, en Shakespeare. The Invention of The Human hace eco de lo dicho antes que él por T. S. Eliot: frente a la obra del bardo sólo podemos esperar equivocarnos de formas nuevas.

¿Estas rarezas excusan la pereza de Bloom ante la inclusión de teorías extra literarias en ámbitos académicos? Me imagino que la respuesta inmediata es que no y que de hecho pueden funcionar como puntos de crítica a su quehacer intelectual. ¿Justifican su postura frente a los aparatos literarios? Se me difumina un poco la claridad para responderlo en este caso. Pero creo que partiendo de estos puntos es que uno se puede acercar a momentos que me parecen francamente fascinantes de su obra: los libros Shakespeare. The Invention of the Human y Where Shall Wisdom Be Found?.

William Blake, Los sueños malignos de Job, acuarela, junio de 1805, ilustración para El libro de Job, The Morgan Library Museum, Nueva York.

En su Shakespeare, una obra que al ser publicada en 1998 se convirtió en un éxito de ventas asi como en objeto de burlas de expertos shakespearianos (por la aseveración de que el bardo inventó lo humano),4 se encuentra quizá el más honesto e intimista de los Blooms: uno perplejo, absolutamente embelesado e hipnotizado por una figura que por más que lo estudia, escapa a su entendimiento: “the plays read me better than I read them”,5 sentencia en las primeras páginas, por ejemplo. “He is a system of northern lights, an aurora borealis visible where most of us will never go”,6 sigue. Llega incluso al extremo de afirmar que Shakespeare más que “imitar a la vida”, de hecho la está creando con sus versos. Como interpretación, sin duda es fallida. Como trabajo académico suena incluso irrisorio. Pero hay algo detrás de la ingenuidad de Bloom que me parece fascinante y entrañable: hay una forma bestial de acercarse a la literatura en esos términos. Si uno le acepta la apuesta inicial —sin tomárselo demasiado en serio—, puede llegar a explorar un mundo literario al que su misma erudición abre las puertas.

Por el otro lado, Where Shall Wisdom Be Found? (2004) es un libro avasallador desde su concepción: siguiendo a Job, Bloom se pregunta de una manera no irónica dónde se hallará la sabiduría. Desde el principio lo avisa: es una necesidad personal, para él, preguntárselo, después de recuperarse de episodios tremendos de mala salud, de la pérdida de amigos queridos, de lidiar con su proceso de envejecimiento y para tratar de encontrar vasos comunicantes entre las literaturas que a él le han regalado sabiduría, que no confort. Es una invitación íntima a la búsqueda no de la salvación, sino de mantener viva la pregunta misma. En ambos casos, no puedo sino pensar en cómo la aventura está condenada al fracaso desde un inicio. Y quizá el mismo Bloom lo sabría. Pero claro: qué importa.

Bloom será recordado por sus errores, por su falta de actualización y por su terquedad. Será recordado por pelear contra molinos de viento sin realmente darse cuenta de ello. O sí, da igual. Es muy probable que su obra, que de un tiempo para acá empezaba a cachar polvo, sea olvidada. En los próximos días, si no es que ya está sucediendo, se dedicarán cantidades de bytes y tinta para explicar todas las fallas de sus propuestas literarias y de su miopía social. Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar en el ingenioso Harold como un Quijote más que tranquilo de haberse ido entre sus delirios y obsesiones. Pero no hay forma de acercarse a Harold Bloom sin ser estrecho de miras.

 

Raúl Bravo Aduna
Editor.


1 “Es difícil seguir viviendo sin alguna esperanza de encontrarse con lo extraordinario”. Las traducciones en este texto son del autor.

2 Algo que falta muy notoriamente en su primer libro, The Anxiety of Influence, una suerte de teoría sobre la sucesión poética entre lo que él llama “grandes” autores, que curiosamente es de sus obras peor interpretadas y que suele ser más bien denostada desde la caricatura, más allá de muchísimas de sus fallas argumentativas.

3 “Completamente arbitrarias e idiosincráticas”.

4 El libro Harold Bloom’s Shakespeare, editado por Christy Desmet y Robert Sawyer, pone sobre la balanza un montón de puntos ciegos del libro de Bloom, pero también ideas que valdría la pena rescatar, sobre todo tomando en consideración el apasionado acercamiento del crítico al bardo.

5 “Sus obras me leen mejor de lo que yo puedo leerlas”.

6 “Él es un sistema de auroras polares, auroras boreales visibles que vienen desde lugares a los que ninguno de nosotros podrá acceder”.