La novela más reciente de Enrique Serna ha despertado un vivo interés en los medios de comunicación por convertir en materia literaria uno de los periodos más oscuros del periodismo mexicano, a través de un personaje tan siniestro como brillante.

El único lugar en el que Carlos Denegri podía ser vulnerable era dentro de su casa. Entre 1940 y 1970 fue uno de los periodistas más poderosos del país. Creció en una familia de diplomáticos. Vivió en Alemania, Suiza y Bélgica; su infancia cosmopolita facilitó que fuera políglota. Tras su paso por la Escuela Nacional Preparatoria ingresó al periódico Excélsior a trabajar como cablista. Empezó ganando quince pesos y en poco tiempo llegó a cobrar cheques con varios ceros más. Encontró los atajos necesarios para convertirse en uno de los estelares del “periódico de la vida nacional” y para congraciarse con el poder.

Carlos Monsiváis se refirió a él como alguien que “hace reverencia a los poderosos y se comporta caciquilmente”. Hizo de la impunidad y el “chayote” una forma de vida. El único lugar sin la protección del manto de sus influencias, de la clase política, era su casa y fue ahí donde su tercera esposa Herlinda Mendoza lo asesinó con un calibre .38. Más que lo que significó su muerte la vida de Denegri representa una época oscura del periodismo mexicano. Cuando la información era moneda de cambio y se usaba para la extorsión o el chantaje.

Atento observador de las pulsiones ocasionadas por el poder, Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) encontró en “el gato de angora del periodismo nacional”, al personaje idóneo para hablar de la corrupción en un régimen que construyó su legitimidad gracias a la complicidad de los medios de comunicación. El resultado de su trabajo es la novela El vendedor de silencio (agosto, 2019).

Héctor González: “El mejor y el más vil de los periodistas”, así definió Julio Scherer a Carlos Denegri.

Enrique Serna: Fue el mejor porque era culto, políglota y supo tejer una red de contactos impresionante. Tuvo acceso a todo mundo, entrevistó a Gandhi, a Kennedy, a Luther King. Fue hijo de un político prominente, Ramón P. Denegri, y vivió en Alemania, Bélgica y Nueva York. Dominar varios idiomas le dio una enorme ventaja sobre sus compañeros. Colaboró en Life y Time. Fue el gato de angora del periodismo nacional.

HG: Pero también fue el vivo reflejo de una de las épocas más oscuras del periodismo mexicano.

ES: Su vida es indisociable de la época dorada de la dictadura priista. Su machismo patológico tiene una clara correspondencia con el carácter autoritario del régimen al que sirvió. Convivió con muchos capos del hampa institucional como Maximino Ávila Camacho y el magnate Jorge Pasquel, rey del contrabando durante el sexenio alemanista. A diferencia de ellos, Denegri era un hombre vulnerable y con un talón de Aquiles más poderoso que la ambición.

HG: A él le tocó ser una especie de bisagra en el periodo del influyentismo descarado y el periodismo combativo de Scherer

El escritor Enrique Serna, en septiembre de 2019. Fotografía de: Héctor González

ES: Los últimos años de Denegri coincidieron con los primeros años de Scherer en el Excélsior, el diario más leído e influyente. Coincidió con una generación de periodistas éticos que buscaban dignificar su profesión. Scherer, Granados Chapa y Vicente Leñero intentaron limpiar al periódico de los personajes indeseables de la vieja guardia y particularmente de Denegri, quien era un vocero extraoficial de la presidencia. El choque de ambos estilos resultó letal porque coincidió con su debacle profesional.

HG: Una debacle gestionada por él mismo. Siempre tuvo plena conciencia del terreno que pisaba.

ES: Claro, porque tenía una propensión a la autodestrucción, esa es una de las razones por las que se me hacía un personaje tan seductor. Su soberbia y su enorme amor propio eran incluso menores a su tendencia autodestructiva. Cuando empezó a ver con repugnancia al círculo de Maximino Ávila Camacho asumió con resignación su rol. Sabía que a la larga eso le ocasionaría mucho daño y, no obstante, prefirió seguir la ruta de la corrupción con tal de alcanzar lo que para él era el éxito. Como muchos de sus colegas, Denegri se entregó alegremente a la deshonra. En esa época había un refrán muy común: “embute que no te corrompe tómalo”. Muchos periodistas recibían sobres con dinero y Denegri se enfiló hacia esa prensa mercenaria a sabiendas de que en el futuro le acarrearía graves consecuencias.

HG: Quizá tomó esa decisión por la misma soberbia. Se sentía por encima incluso de muchos políticos, entre ellos Luis Echeverría.

ES: A través de la novela quería retratar a la clase política de la época. Un personaje como Denegri sólo era posible dentro de un régimen de dictadura de partido. El episodio con Echeverría es interesante. Durante los años treinta ambos coincidieron en una tertulia literaria encabezada por Porfirio Barba Jacob. La impartía en un cuartito del Hotel Sevilla. Por aquellos años Echeverría tenía inquietudes literarias y tuvo un desencuentro con Denegri, quien nunca se imaginó que ese nerd de lentes llegaría a ser presidente de la República.

HG: La novela se apuntala en el proceso degenerativo del priismo.

ES: Me interesaba mostrar como telón de fondo la decadencia de un régimen que llegó al poder a balazos. El PRI creó un monolito político invencible y una aplanadora electoral que lo mantuvo setenta años en el poder. Únicamente tuvo un paréntesis ético en el sexenio de Lázaro Cárdenas, pero nunca pudo renunciar a su ADN autoritario. Para conseguir su objetivo necesitaba de una prensa servil y aduladora, y de medios que difundieran la sensación de apoyo unánime por parte de la población.

HG: ¿Qué hace falta para erradicar las prácticas de la “prensa mercenaria”, como tú la llamas?

ES: El modus vivendi de Carlos Denegri persiste. Durante el sexenio pasado, Peña Nieto gastó tres mil millones de dólares en publicidad y sobornos a periodistas. Hay cosas que permanecen como el uso de los medios para el chantaje. No obstante, el periodismo mexicano ha cambiado para bien. Ahora los mejores reporteros o columnistas no son los más viles, sino los independientes, libres y quienes mantienen distancia con el poder.

HG: ¿Qué tipo de relación observas entre el gobierno de López Obrador y el periodismo?

ES: El drástico recorte del gasto publicitario por parte del gobierno ha causado crisis en muchos medios. Sin embargo, creo que era algo necesario. A López Obrador como a todos los presidentes, no le gusta la crítica, pero a diferencia de sexenios pasados ahora no encuentro actos de censura. Si el presidente quiere responder o denostar a sus críticos está en su derecho siempre que no limite la libertad de expresión, aunque es verdad que tal vez abuse de la palabra y se prodigue mucho a la hora de hablar. Su gran amor a los micrófonos y a los reflectores no es ilegal.

HG: Buena parte de tu literatura se ubica en el México de mediados de siglo XX, ¿por qué te interesa tanto esa época?

ES: Es un periodo al que le tengo gran nostalgia, pese a que no me tocó vivirlo. Me hubiera encantado conocer la vida nocturna de entonces. Había una pléyade de cantantes y compositores. Fueron los mejores años del bolero y la canción ranchera. La Ciudad de México era más hospitalaria y habitable. Zambullirme en la investigación para la reconstrucción de esa época me fascina.

• Enrique Serna, El vendedor de silencio, México, Alfaguara, 2019, 488 p.

 

Héctor González
Periodista Cultural.

 

 

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Entrevista con Enrique Serna