La nueva película de Todd Phillips perturba y conmueve. El personaje principal lleva en sus genes un reflejo de la condición humana que claramente marcó hasta la médula al mismísmo Shakespeare.

Guasón (2019), de Todd Phillips, es incongruente. Pero eso no tiene nada de malo. Es incongruente a propósito. No en su narrativa, sino en los elementos que la construyen. Una y otra vez, chocan y se entrelazan hasta el caos la comedia y la tragedia, sin que veamos el rumbo. La incongruencia se desata, sobre todo, al adentrarnos en la vida del protagonista; esa inmersión en una psicología enfermiza nos revela el uso del arquetipo del personaje del bufón, al que pertenece el payaso titular. Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), el personaje principal, sonríe y se entristece y vuelve a sonreír y llora y ahí está precisamente el meollo: es capaz, en más de una ocasión, de llenar la sala de cine de carcajadas, de manera alarmante, por situaciones crueles.

Desde por lo menos el medievo europeo, los bufones han sido usados como personajes didácticos. Nos muestran cómo somos, cómo nos comportamos, ya sea reflejándonos en un espejo que nos enseña “la insensatez de otros [para] corregir [nuestras] propias tonterías”,1 o directamente metiéndonos en su piel, vistiéndonos con su propio atuendo, con su disfraz. Ambos recursos se siguen empleando a pesar del paso de los siglos.

El bufón de El rey Lear usa la metáfora del espejo con tal frecuencia que el profesor  Allan Shickman sugiere2 que Shakespeare lo diseñó para que llevara uno consigo en todo momento sobre el escenario. No puede ser directo con el despiadado Lear, decirle que se está comportando como un idiota, ya que muy probablemente le costaría la vida. En vez de eso, emplea el símbolo del reflejo para tratar de comunicárselo con mayor sutileza en su intento de salvarlo de la desgracia: “usted sería un excelente bufón”.

La metáfora del reflejo también acompaña al Guasón en sus diversas apariciones en cómics, cine y televisión, aunque no siempre es tan obvia. La película El caballero de la noche (2008), de Christopher Nolan, está repleta a pesar de que los espejos escasean. Algunas: al fiscal Harvey Dent se le conoce como “el caballero blanco” mientras que a Batman—criatura nocturna—como “el caballero oscuro”. Dent se transforma en el villano Dos Caras, con el rostro literalmente dividido—o reflejado—en dos. Batman se enfrenta a un grupo de justicieros disfrazados como él y, en una escena reflejo, el Guasón roba un banco con ladrones disfrazados de payasos. Hasta su comportamiento funciona en espejo: al principio de la película quiere matar a Batman, luego desenmascararlo, luego proteger su identidad y finalmente le confiesa “¡no quiero matarte! ¿Qué haría sin ti?”. El héroe y su némesis se necesitan, dependen uno del otro. En el Guasón de 2019, los reflejos son mucho más literales y prominentes: cada que Arthur Fleck da un paso más hacia la inevitable metamorfosis en el terrible payaso, hay un espejo presente. Detalle que podrán verificar cuando la vuelvan a ver.

El disfraz, la otra herramienta tradicional de los bufones, también es recurrente en el villano de Batman, de manera similar a su precursor shakespeariano. A pesar de renunciar a su trono al principio de la obra, Lear se sigue comportando y vistiendo como un monarca. Y cuando enloquece, su indumentaria cambia, sin modificarse por completo: sigue siendo digna de un rey, pero ahora está hecha de flores y yerbas, materiales de la tierra que no requieren ninguna riqueza. Además de Bruno Díaz (o Bruce Wayne, para los menores de 30 años), hay otros personajes que se disfrazan en El caballero de la noche: Jim Gordon, de policía, para engañar y atrapar al Guasón; y éste último, en el atraco al banco, de payaso, en un guiño muy similar al disfraz-que-no-es-disfraz de Lear. “No se resiste a mostrar su cara”, dicen los investigadores al ver al payaso en la cámara de seguridad. ¿Quién se disfraza para no resistirse a mostrar su cara? Alguien cuya intención no es ocultar su identidad, sino resaltarla: su sonrisa, su carcajada permanente, la mueca incongruente que representa.

Incongruencias como las que rigen al nuevo Guasón: el rostro de Arthur, serio, debajo del maquillaje sonriente. Como El Rey Lear, es una tragedia con cimientos de comedia. Ocasionalmente, en la obra de Shakespeare, nos reímos de crueldades; de la percepción del bufón del destierro de Cordelia; de Edgar actuando de loco mientras guía a su padre ciego al suicidio; de la pérdida de sanidad del viejo rey. “Siempre pensé que mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta de que es una comedia”, sentencia Arthur Fleck cuyo drama incluye varias escenas sacadas de ¿Qué pasó ayer? (2009), una de las comedias previas del director Todd Philips. La incongruencia, también, del mundo que habita, en el que, eventualmente, un adulto vestido de murciélago luchará contra uno vestido de payaso. Y la del nuestro, desde sus inicios.

Frans Hals, El bufón del laúd, óleo sobre tela, 1624, Museo del Louvre.

Cuando la ingenuidad y el idealismo de los sesenta reemplazaron a la violencia gansteril y bélica de los de los cuarenta en Estados Unidos, el Guasón, antes cruel y despiadado, también cambió. Sus crímenes se convirtieron en simples bromas pesadas que ponían de cabeza el estable mundo de los demás. Y cuando eventos como la guerra de Vietnam se vivieron sin el filtro heroico de la Segunda Guerra Mundial, y con todo el realismo de la televisión a color, el terrible payaso volvió a ser cruel y violento, adaptándose a la época, y desde entonces, con los desengaños políticos y las crisis posteriores, su crueldad y violencia solo ha ido en aumento.

Ambos juglares—el Guasón y el Bufón— son, entonces, los únicos que no aparentan lo que no son con sus disfraces. Son los únicos honestos (“Abuelo, tráete un maestro que le enseñe a mentir a tu bufón”). Sus atuendos quizá sean los más estrafalarios, pero son los que ocultan menos debajo de las apariencias; son nuestros agentes de la verdad, nuestro coro: quienes nos anclan a la realidad para no conmovernos del todo, para que no olvidemos que lo que estamos presenciando, si bien trágico, también es absurdo. En el caso de Lear, un monarca dictatorial se retira (sí, cómo no) y divide su reino voluntariamente entre sus hijas (obvio) sin darse cuenta de la evidente y manipuladora adulación de ellas, mientras destierra a la única que realmente lo ama. En el caso del Guasón, la verdad que encierra su argumento hobbesiano es igual de absurda y terrible: “sólo son tan buenos como el mundo les permite ser”, dice en El caballero de la noche. “Cuando [hay una crisis], estas personas civilizadas se comerán unos a otros”. Y, en Guasón, “¿soy yo, o las cosas están empeorando?”. Qué absurdo: el personaje que tiene la relación más inestable y cuestionable con la realidad es el que mejor refleja nuestros propios comportamientos, violentos, caóticos y amorales que sacamos a relucir cuando lo dictan las circunstancias y, a veces, a la menor provocación. Por supuesto guasones y bufones siempre son hiperbólicos, pero negar que son un reflejo de nosotros mismos, solo provocaría una sonora carcajada. Por algo nos atraen.

 

Patricio Bidault


1 Así lo estipula Nigelus Wierker en su sátira Speculum Stultorum.

2 “The Fool’s Mirror in King Lear”. Allan R. Shickman. English Literary Renaissance, vol. 21, no. 1. The University of Chicago Press. Winter, 1991. p. 76.