La vida pública y profesional así como la obra del historiador mexicano son un hito único, irrepetible, en nuestro país.

Un buen día el poeta y ensayista Luis Cardoza y Aragón se sentó a escuchar una plática de Miguel León-Portilla por la que supo sin lugar a dudas que Bernal Díaz del Castillo murió en Antigua, a los 89 años, el 3 de febrero de 1584. Cardoza era de Antigua, mas su Popol Vuh lo fue a descubrir en el París de los novecientos veinte, y le llevaba veintidós años a León-Portilla. Al término de la exposición, con su generosidad habitual, León-Portilla le dio más detalles, “entre ellos el número del legajo en el Archivo de Indias donde se descubrió la fecha” de la muerte de Díaz del Castillo, “el nombre del investigador” que diera con ese documento “y otros pormenores”. A la postre fue por medio de los estudios de León-Portilla que Cardoza entendió que el indio actual “sabe más de hoy que de su ayer” y que la antropología y la historia de la segunda mitad del siglo xx mexicano, en las que León-Portilla fue activo protagonista, hicieron emerger transformado al Cristo de Bartolomé de las Casas.

Ilustración: Adriana Quezada

León-Portilla, como traductor y editor de las crónicas y cantares de los antiguos mexicanos, participó en la transformación de los estudios sobre el pasado de Mesoamérica. Muy temprano asumió la obligación de dominar el mexicano o náhuatl como un requisito indispensable para el estudio de la civilización y cultura de los mexicas, gracias a las enseñanzas de Ángel Ma. Garibay, quien a su vez asumió tal premisa de Francisco del Paso y Troncoso.

La pasión de León-Portilla por la literatura, en primer lugar, más el dominio creciente del amplio y disperso universo de las fuentes escritas primarias, el conocimiento de la lengua y la historia de los pueblos originarios fue el origen de títulos como Filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, La visión de los vencidos, El reverso de la conquista, Trece poetas del mundo azteca, Toltecáyotl. Aspectos de la cultura náhuatl y Literaturas de Mesoamérica, los cuales él mismo se encargó de pulir y aumentar en sus numerosas ediciones posteriores. A finales de los novecientos sesenta, León-Portilla dirigió al equipo de trabajo que se encargó de una nueva edición de la Monarquía indiana de fray Juan de Torquemada y a principios de los novecientos noventa del que traduciría y editaría uno de los documentos más importantes de la antigüedad mexicana: Cantares mexicanos.

León-Portilla fue un prolífico ensayista, tanto en la señera revista de Estudios de Cultura Náhuatl, fundada por él, como en los estudios introductorios que añadió a las obras de otros, como la Idea de una nueva historia general de la América septentrional de Lorenzo Boturini, la Historia de la Antigua o Baja California de Francisco Xavier Clavijero y la Historia de la literatura náhuatl de Garibay. Rostro y corazón de Anáhuac, además de raro, es un libro en el que depositó un sugerente conjunto de ensayos dispersos. El ensayo biográfico fue herramienta que empleó para contar las vidas de Bernardino de Sahagún y Francisco Tenamzatle, por ejemplo, y en obra se quedó uno más sobre Netzahualcóyotl. En colaboración con Carmen Aguilera realizó el estudio del Mapa de México Tenochtitlan y sus alrededores hacia 1550, el cual vio una reedición apenas hace un año.

La figura pública de León-Portilla se encargó en buena medida de que ninguno de sus trabajos pasara inadvertido. Raro privilegio en un historiador. Y así como discutió con Amos Segala sobre la literatura de los aztecas, no dudó un instante, tras el levantamiento zapatista en 1994, en trabajar en el manuscrito de un libro al que José Emilio Pacheco se referiría como “la visión de los alzados”: La flecha en el blanco. Francisco Tanamaztle y Bartolomé de las Casas en lucha por los derechos de los indígenas 1541-1556. “Alguien deberá aprovechar cuanto León-Portilla rescata aquí de los archivos para hacer la novela histórica, el poema épico o dramático que reclaman la grandeza y tragedia de Tanamaztle”, escribió Pacheco, sin olvidar que él mismo había sacado provecho en su poesía (en “Manuscrito de Tlatelolco”) de las traducciones de León-Portilla. Asimismo cabe destacar el agudo olfato profesional que siempre caracterizó tanto al historiador como al catedrático, mismo que le permitió percibir y anticipar el horizonte de futuro de trabajos en proceso, en sus discípulos, por un lado, y por otro en el propio espacio de la investigación, como las excavaciones en Templo Mayor, encabezadas por Eduardo Matos Moctezuma, las que siguió puntual y minuciosamente a lo largo de cuarenta años, entusiasmado por el desbarate —como escribe Díaz del Castillo— causado por el trabajo arqueológico en el campo de los estudios históricos.

La fe en la precisión de las fuentes escritas hizo de León-Portilla un agudo profesor de lectura, en cuya cátedra se formaron varias generaciones de traductores, lectores y editores. 

 

Antonio Saborit