1. Tlaltecatzin de Cuauhchinanco (siglo XIV)

Yo sólo me aflijo,
digo:
que no vaya yo
al lugar de los descarnados.
Mi vida es cosa preciosa.
Yo sólo soy,
yo soy un cantor,
de oro son las flores que tengo.
Ya tengo que abandonarla,
sólo contemplo mi casa,
en hilera se quedan las flores.
¿Tal vez grandes jades,
extendidos plumajes
son acaso mi precio?
Sólo tendré que marcharme,
alguna vez será,
yo sólo me voy,
iré a perderme.
A mí mismo me abandono,
Ah, mi Dios.
Digo: váyame yo,
como los muertos sea envuelto,
yo cantor,
sea así.
¿Podría alguien acaso adueñarse de mi corazón?
Yo solo así habré de irme,
con flores cubierto mi corazón.
Se destruirán los plumajes de quetzal,
los jades preciosos
que fueron labrados con arte.
En ninguna parte está su modelo
sobre la tierra.
Que sea así,
y que sea sin violencia.

 

2. Nezahualcóyotl de Tezcoco (1402 – 1472)

No acabarán mis flores,
no cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
se reparten, se esparcen.
Aun cuando las flores
se marchitan y amarillecen,
serán llevadas allá,
al interior de la casa
del ave de plumas de oro.

 

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

3. Cuacuauhtzin de Tepechpan (mediados del siglo XV)

Flores con ansia mi corazón desea.
Que estén en mis manos.
Con cantos me aflijo,
sólo ensayo cantos en la tierra.
Yo, Cuacuauhtzin,
con ansia deseo las flores,
que estén en mis manos,
yo soy desdichado.

¿Adónde en verdad iremos
que nunca tengamos que morir?
Aunque fuera yo piedra preciosa,
aunque fuera oro,
seré yo fundido,
allá en el crisol seré perforado.
Sólo tengo mi vida,
yo, Cuacuauhtzin, soy desdichado.

 

4. Nezahualpilli (1464-1515)

Así vino a perecer Huexotzinco

Estoy embriagado,
está embriagado mi corazón:
Se yergue la aurora,
ya canta el ave zacuán
sobre el vallado de escudos,
sobre el vallado de dardos.

Alégrate, tú, Tlacahuepan,
tú, nuestro vecino, cabeza rapada,
como cuexteca de cabeza rapada.
Embriagado con licor de aguas floridas,
allá en la orilla del agua de los pájaros,
cabeza rapada.

Los jades y las plumas de quetzal
con piedras han sido destruidos,
mis grandes señores,
los embriagados por la muerte,
allá en la sementeras acuáticas,
en la orilla del agua,
los mexicanos en la región de los magueyes.

El águila grita,
el jaguar da gemidos,
oh tú, mi príncipe, Macuilmalinalli,
allá en la región del humo,
en la tierra del color rojo
rectamente los mexicanos
hacen la guerra.

Yo estoy embriagado, yo cuexteca,
yo de florida cabellera rapada,
una y otra vez bebo el licor floreciente.
Que se distribuya el florido néctar precioso,
oh hijo mío,
tú, hombre joven y fuerte,
yo palidezco.

 

5. Cacamatzin de Tezcoco (1494-1520)

En el lugar donde suenan los tambores preciosos,
donde se hacen oír las bellas flautas,
del dios precioso, del dueño del cielo,
collares de plumas rojas
sobre la tierra se estremecen.

Envuelve la niebla los cantos del escudo,
sobre la tierra cae lluvia de dardos,
con ellos se oscurece el color de todas las flores,
hay truenos en el cielo.
Con escudos de oro
allá se hace la danza.

Yo sólo digo,
yo, Cacamatzin,
ahora sólo me acuerdo
del señor Nezahualpilli.
¿Acaso allá se ven,
acaso allá dialogan
él y Nezahuacóyotl
en el lugar de los atabales?
Yo de ellos ahora me acuerdo.

¿Quién en verdad no tendrá que ir allá?
¿Si es jade, si es oro,
acaso no tendrá que ir allá?
¿Soy yo acaso escudo de turquesas,
una vez más cual mosaico volveré a ser incrustado?
¿Volveré a salir sobre la tierra?
¿Con mantas finas seré amortajado?
Todavía sobre la tierra, cerca del lugar de los atabales,
de ellos yo me acuerdo.

 

6. Tochihuitzin Coyolchiuhqui (finales del siglo XIV – mediados del siglo XV)

Vinimos a soñar

Así lo dejó dicho Tochihuitzin,
Así lo dejó dicho Coyolchiuhqui:
           De pronto salimos del sueño,
           sólo vinimos a soñar,
           no es cierto, no es cierto,
           que vinimos a vivir sobre la tierra.
           Como yerba en primavera
           es nuestro ser.
           Nuestro corazón hace nacer, germinan
           flores de nuestra carne.
           Algunas abren sus corolas,
           luego se secan.
Así lo dejó dicho Tochihuitzin.

 

7. Axayácatl (1449-1481)

Ha bajado aquí a la tierra la muerte florida,
se acerca ya aquí,
en la Región del color rojo la inventaron
quienes antes estuvieron con nosotros.
Va elevándose el llanto,
hacia allá son impelidas las gentes,
en el interior del cielo hay cantos tristes,
con ellos va uno a la región donde de algún modo se existe.

Eras festejado,
divinas palabras hiciste,
a pesar de ello, has muerto.
El que tiene compasión de los hombres, hace torcida invención.
Tú así lo hiciste.
¿Acaso no habló así un hombre?
El que persiste, llega a cansarse.
A nadie más forjará el Dador de la vida.
Día de llanto, día de lágrimas.
Tu corazón está triste.
¿Por segunda vez habrán de venir los señores?
Sólo recuerdo a Itzcóatl,
por ello la tristeza invade mi corazón.
¿Es que ya estaba cansado,
venció acaso la fatiga al Dueño de la casa,
al Dador de la vida?
A nadie hace él resistente sobre la tierra.
¿Adónde tendremos que ir?
Por ello la tristeza invade mi corazón.

 

8. Macuilxochitzin (poetisa, hija de Tlacaélel, mediados del siglo XV)

Elevo mis cantos,
Yo, Macuilxóchitl,
con ellos alegro al Dador de la vida,
comience la danza.

¿Adonde de algún modo se existe,
a la casa de Él
se llevan los cantos?
¿O sólo aquí
están vuestras flores?
Comience la danza.

El matlatzinca
es tu merecimiento de gentes, señor Itzcóatl:
Axayacatzin, tú conquistaste
la ciudad de Tlacotépec.
Allá fueron a hacer giros tus flores,
tus mariposas.
Con esto has causado alegría.
El matlatzinca
está en Toluca, en Tlacotépec.

Lentamente hace ofrenda
de flores y plumas
al Dador de la vida.
Pone los escudos de las águilas
en los brazos de los hombres,
allá donde arde la guerra,
en el interior de la llanura.
Como nuestros cantos,
como nuestras flores,
así, tú, el guerrero de cabeza rapada,
das alegría al Dador de la vida.

 

9. Temilotzin de Tlatelolco (fines del siglo XV – 1525)

He venido, oh amigos nuestros:
con collares ciño,
con plumajes de tzinitzcan doy cimiento,
con plumajes de guacamaya rodeo,
pinto con los colores del oro,
con trepidantes plumas de quetzal enlazo
al conjunto de los amigos.
Con cantos circundo a la comunidad.
La haré entrar al palacio,
allí todos nosotros estaremos,
hasta que nos hayamos ido a la región de los muertos.
Así nos habremos dado en préstamo los unos a los otros.

Ya he venido,
me pongo de pie,
haré que los cantos broten,
para vosotros, amigos nuestros.
Soy enviado de Dios,
soy poseedor de las flores,
yo soy Temilotzin,
he venido a hacer amigos aquí.

 

10. Tecayehuatzin de Huexotzinco (segunda mitad del siglo XV – principios del siglo XVI)

El Tamoanchan de las águilas,
la Casa de la noche de los tigres
están en Huexotzinco.
Allá está el lugar de la muerte
del quien hizo merecimientos, Tlacahuepan.
Allá se alegran
las flores que son la comunidad de los príncipes,
los señores, en sus casas de primavera.
Con flores de cacao,
exclama y viene veloz,
allá con las flores se alegra
en el interior de las aguas.
Viene de prisa con su escudo de oro.
Que con abanicos
con el cayado de flores rojas,
con banderas de pluma de quetzal
vengamos a dar alegría
en el interior de las casas de la primavera.

 

11. Ayocuan Cuetzpaltzin (segunda mitad del siglo XV – principios del siglo XVI)

Del interior del cielo vienen
las bellas flores, los bellos cantos.
Los afea nuestro anhelo,
nuestra inventiva los echa a perder,
a no ser los del príncipe chichimeca Tecayehuatzin.
Con los de él, alegraos.

La amistad es lluvia de flores preciosas.
Blancas vedijas de plumas de garza,
se entrelazan con preciosas flores rojas,
en las ramas de los árboles,
bajo ellas andan y liban
los señores y los nobles.

[…]

Esfuércese, quiera mi corazón,
las flores del escudo,
las flores del Dador de la vida.
¿Qué podrá hacer mi corazón?
En vano hemos llegado,
hemos brotado en la tierra.
¿Sólo así he de irme
como las flores que perecieron?
¿Nada quedará de mi nombre?
¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
Al menos flores, al menos cantos.
¿Qué podrá hacer mi corazón?
En vano hemos llegado,
hemos brotado en la tierra.

Gocemos, oh amigos,
haya abrazos aquí.
Ahora andamos sobre la tierra florida.
Nadie hará terminar aquí
las flores y los cantos,
ellos perduran en la casa del Dador de la vida.

Aquí en la tierra es la región del momento fugaz.
¿También es así en el lugar
donde de algún modo se vive?
¿Allá se alegra uno?
¿Hay allá amistad?
¿O sólo aquí en la tierra
hemos venido a conocer nuestros rostros?

 

12. Xicohténcatl el Viejo (hacia 1425 – 1522)

Yo lo digo, yo el señor Xicohténcatl:
que no vayan en vano,
toma tu escudo: cántaro de agua florida.
Tu ollita de asa,
ya está en pie tu precioso cántaro color de obsidiana,
con ellos a cuestas llevaremos el agua,
vamos a acarrearla allá a México,
desde Chapolco, en la orilla del lago.

No vayais en vano
mi sobrino, mis hijos pequeños, sobrinos míos,
vosotros, hijos del agua.
Hago correr el agua,
señor Cuauhtencoztli,
vayamos todos,
a cuestas llevaremos el agua,
vamos a acarrearla en verdad.

[…]

Nosotros juntos vamos a tomar,
nos acercamos a la aguas preciosas.
Van cayendo, llueven gotas,
allá junto a los pequeños canales.

El que acarrea mi agua florida, Huanitzin,
ya viene a dármela,
oh mis tíos, tlaxcaltecas, chichimecas.
No vayais en vano.

La guerra florida, la flor del escudo
han abierto su corola.
Están haciendo estrépito,
llueven las flores bien olientes,
así tal vez él,
por esto vino a esconder el oro y la plata,
por esto toma los libros de pinturas del año.
Mi pequeño canal, con mi cántaro va el agua.

 

13. Chichicuepon de Chalco (siglo XV)

¿Acaso en la región de los muertos
habrán de proferirse
el aliento y las palabras de los príncipes?

¿Trepidarán los jades,
se agitarán los plumajes de quetzal
en la región de los descarnados,
en donde de algún modo se vive?

Sólo allá son felices los señores, los príncipes:
Tlaltécatl, Xoquahuatzin, Tozmaquetzin, Nequametzin.
Para siempre los ilumina el Dador de la vida.
Por merecemiento estás allá,
príncipe Cuatéotl,
el que hace brillar a las cosas.

Piensa, llora,
recuerda al señor Toteoci,
ya va a hundirse
en las aguas del misterio:
brota el sauce precioso.
La palabra de Tezozomoctli
nunca perece.

 

Fuente: Miguel León-Portilla, Trece poetas del mundo azteca. UNAM, 1967; segunda reimpresión, 1978.