Entre tanta catástrofe, una buena noticia: hay una flamante reedición de Memorias de España de Elena Garro. Motivo de alegría, sí, pero del que no podemos obviar toda una serie de tribulaciones editoriales aquí narradas.

Alégrate, lector desocupado, entusiasta de los libros raros y el chisme sórdido, porque la editorial mexicana Paralelo 21 publicó una nueva edición de Memorias de España 1937, el libro de viajes en el que una muy jovenElena Garro registró sus impresiones de la Guerra Civil Española. Esto es una buena noticia porque la nueva edición, además de rescatar el texto del olvido, apuesta por una alternativa a la estética con portadas aniñadas y diseños trillados en la que sellos como el Fondo de Cultura Económica y Penguin Random House parecen querer encasillar a Garro. Detrás de tan inocente noticia, sin embargo, se esconde una enredadera tragicómica poblada por libreros rapaces, editores heroicos y abogados sibilinos —una historia casi tan accidentada como la que narra la obra.

A primera vista Memorias de España 1937 se nos presenta como una crónica del Segundo Congreso de Intelectuales Antifascistas, la célebre reunión de “escritores comprometidos” a la que asistieron desde Pablo Neruda hasta César Vallejo. El nombre de Garro, sin embargo, no figura en la lista de participantes. La autora asistió al Congreso no como escritora mujer sino como la mujer de un escritor. Memorias de España, entonces, es mucho más que una colección de anécdotas literarias vistas con una mirada irónica: se trata de una crítica mordaz al patriarcado intelectual de la época, cuando más de un futuro ganador del Premio Nobel de Literatura — entre ellos el entonces esposo de Garro, un tal Octavio Paz — resultó incapaz de distinguir a una escritora de un florero.

La ironía aparece desde el comienzo del libro: “Yo nunca había oído hablar de Karl Marx,” escribe Garro. “En casa y en la Facultad de Filosofía y Letras estudiábamos a los griegos, a los romanos, a los franceses, a los románticos alemanes, a los clásicos españoles, a los mexicanos, pero a Marx, ¡no!” Más adelante el lector descubre que la autora conoce no sólo a Marx sino también a sus críticos y seguidores; no es que no entienda, sino que se hace la desentendida: “Yo, sin saber cómo ni por qué, iba a un Congreso de Intelectuales Antifascistas, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco, sólo era estudiante y coreógrafa universitaria”.

Al adoptar una voz narrativa que finge el tipo de ingenuidad que los invitados al Congreso parecen esperar de ella, Garro contempla a las luminarias culturales con suficiente distancia para descubrir que detrás de todo gran hombre se esconde un pequeño patriarca tan orgulloso como patético. Los intelectuales que Garro describe en Memorias son solemnes hasta lo ridículo: no bailan ni duermen, no van a la playa ni al mar. Visitan España para ver un pedacito de guerra, con la esperanza de que les sellen la cartilla de artista comprometido. Así, un compositor consagrado aparece como un borracho impertinente y un poeta insigne como un charlatán estrafalario. Pocos, si no es que ninguno, de los Grandes Hombres que desfilan pavoneándose por la pasarela del antifascismo salen ilesos de las críticas de Garro.

Primera edición de Memorias de España 1937, Siglo XXI editores, 1992

De allí, tal vez, la accidentada historia editorial de Memorias de España. A decir de la investigadora Liliana Pedroza, Garro escribió el libro décadas después de los sucesos narrados, en medio de una crisis monetaria. Esta situación se agravó por el rechazo de agentes como Carmen Balcells, que se negó a promover el texto. Memorias no apareció sino hasta 1992, seis años antes de la muerte de Garro, en una fugaz edición a cargo de Siglo XXI. A diferencia de otro libro publicado ese mismo año, Tinísima de Elena Poniatowska, que ha gozado de mejor prensa y varias reimpresiones, Memorias de España pasó sin pena ni gloria yterminó arrumbado en bodegas sin apenas haber encontrado lectores, como dan cuenta las exiguas reseñas que aparecieron en esos años, y en librerías de viejo, donde los libreros triplican su precio so pretexto de tratarse de una primera edición —primera por única. Para empeorar las cosas, el contrato entre Siglo XXI y la autora fue poco menos que turbio. A contracorriente de las mejores prácticas de la industria, el acuerdo entre Garro y sus editores carecía de fecha de expiración. De no haber sido por una serie de eventos inesperados, es muy posible que Memorias de España hubiera languidecido en una esquina polvorienta del catálogo de una casa editorial a la que parecía importarle poco, sino es que nada.

Para fortuna nuestra y de Garro, el desenlace fue otro. A decir de Natalia Rodríguez Priego, una de las editoras responsables del rescate del libro, todo empezó con una plática casual en la Plaza del Sol, el mismo lugar que Elena Garro atravesara corriendo en medio de un bombardeo hace casi ochenta años. Tras entrevistarse con los albaceas literarios de Garro, Rodríguez Priego y sus colegas pusieron manos a la obra. El resultado es una edición ejemplar, tanto por la transparencia del acuerdo con los herederos como por el cuidado editorial. Así como elegir los textos que se publican es siempre una toma de postura, las decisiones detrás de los elementos paratextuales de un libro son de vital importancia, pues influyen en la actitud con la que el lector se aproxima a la obra. Las portadas de buena parte de las ediciones de Garro lucen imágenes casi infantiles de la autora, como si, más que una escritora adulta, Garro fuera una niña bonita que de vez en cuando juega a escribir.  La primera edición de Memorias de España 1937, por ejemplo,muestra una fotografía en la que Garro aparece detrás de una serie de manchas coloridas, enfundada en un vestido que tiene algo de colegiala —o quizás de florero.

Ahora bien, es probable que dicho diseño haya sido producto de la prisa, del gusto de la época, o de un capricho editorial, no de un intento consciente de infantilizar a Garro. El resultado, sin embargo, es el mismo. Juzgar un libro por su portada no da una interpretación completa de la obra, pero tampoco es desperdicio. Al presentar a la autora rodeada de orbes technicolor, de perfil y no de frente, y de niña en lugar de adulta, la primera edición de Memorias de España comete el mismo error que los asistentes del Segundo Congreso de Escritores Antifascistas: subestimar a una de las más grandes escritoras del siglo pasado. La buena noticia es que ahora, gracias a los oficios de Paralelo 21, podemos disfrutar de la ironía implícita en esa triste situación a sabiendas de que Garro tiene por fin los editores que se merece.

• Elena Garro, Memorias de España, México, Paralelo 21, 2019, 188 p.

 

Ana de Anda
Estudiante de maestría en Letras Hispánicas en la FFyL.