Lo había llamado el conserje para advertirle que Ricardo estaba mal. Muy loco. Gilberto encontró la puerta entornada y entró al departamento pero de algún modo no se sorprendió demasiado cuando descubrió las primeras señales de la catástrofe: cristales, platos, botellas, vasos de vidrio rotos yacían trazando caminos afilados y sinuosos. Un poco después, observó que también había gotas de sangre esparcidas azarosamente. Gritó el nombre del amigo: “Ricardo… Ricardo…” El silencio respondió en un espasmo premonitorio. Se abalanzó como pudo entre los pedazos de vidrio y buscó en las habitaciones. Sólo la puerta del baño estaba cerrada. Giró el picaporte y abrió. Desde el espejo del lavabo, el rostro de Ricardo lo recibió cubierto con una servilleta ensangrentada a manera de máscara. Se volvió hacia él y dijo algo pero su voz sonaba distorsionada tras la servilleta adherida a los labios. Probó a levantársela un poco y apareció su sonrisa de bufón de siempre. Bromeó a media cara:

—¿Temiste lo peor, verdad?

Aún tenía cubierta la parte de los ojos cuando Gilberto lo tomó del brazo con suavidad.

—Vamos afuera, Ricardo —le dijo—. Hay que salir de aquí.

Ricardo se dejó llevar mientras Gilberto hacía a un lado los restos de vidrio para que pudieran caminar. Antes de entrar al elevador, se animó a separar un poco más el papel de su rostro. Asomó entonces un ojillo inflamado, una rendija apenas. Aun así, el ojillo sonreía vivaracho.

—¿Adónde vamos? Me gustaría ir al cine —dijo demasiado solemne.

Gilberto se percató de que Ricardo despedía un tufo a alcohol reconcentrado.

—Claro… vamos al cine.

—Y quiero comer un hot-dog con mucha mostaza —insistió Ricardo.

—Lo que tú quieras, pero sería mejor que terminaras de quitarte eso de la cara. Podrías tropezarte en la calle.

Ricardo obedeció y se guardó la servilleta en el pantalón. El otro ojo también parecía una rendija pero al menos no había heridas a la vista. Gilberto se inquietó: entonces, ¿de dónde provenía la sangre?

Ilustración: Izak Peón

Apenas salieron del elevador, los recibió la música del radio del conserje a medio volumen. Era una canción de moda, machacona y sentimental, que repetía un mensaje cifrado: 40 y 20.

—40 y 20 son sesenta —dijo Ricardo en un resuello, como si le costara respirar—. Tengo cuarenta pero me siento de sesenta. Sesenta siglos.

Gilberto lo miró bajar el rostro y apretar los ojos. De seguro las rendijas semejaban ahora unas líneas entrecortadas. Palmeó el hombro de Ricardo y abrió la puerta del edificio para dejarlo pasar primero.

Compraron boletos para la primera película de horario disponible. En el mostrador de comida, Ricardo pidió tres hot-dogs y cuando se los dieron dejó a Gilberto pagando y se encaminó rumbo a la sala.

La película ya había comenzado y Gilberto tuvo que buscar la silueta de Ricardo en el resplandor difuso. En una de las primeras filas devoraba sus hot-dogs con gula de muñeco de tira cómica: la boca desmesurada, los bocados inmensos, la sonrisa feliz. Gilberto pensó que más que de cuarenta o de sesenta, parecía un niño extraviado al que de pronto compensan con unos dulces para distraerlo.

Y era verdad que comenzaba a distraerse: en la cinta una pareja de jóvenes se aventuraba a explorar un paraíso perdido en una isla lejana. La belleza de los paisajes, el azul brillante del cielo y el mar, la juventud impetuosa de los protagonistas: ella y él, de escasos veintitantos, acaso sumarían un poco más de cuarenta: la edad biológica de Ricardo. Gilberto percibió de reojo que Ricardo hacía una mueca y la mantenía por un tiempo prolongado. Le preguntó al oído.

—¿Te duele algo?

Ricardo se llevó la mano al pecho.

—Aquí… —dijo apuntando el corazón—. Duele horrores.

Pero tardó todavía en relajar la cara y la mueca se mantuvo unos minutos más. Gilberto percibía la respiración cada vez más sosegada de su amigo y él mismo se fue dejando lle- var por la historia de la pantalla. Hasta que de golpe, al parejo de una escena en que la muchacha de la cinta abandonaba al protagonista a su suerte, Ricardo se levantó como un muñeco de caja de sorpresas y se precipitó hacia la salida.

Caminaron hasta dar con una cantina. Antes de sentarse, Ricardo escudriñó el lugar. Entonces, categórico, señaló:

—Vámonos, aquí no…

Gilberto lo siguió acostumbrado a sus cambios repentinos. Como iba tras él, de pronto se dio cuenta de que Ricardo cojeaba un poco. Tal vez para evitar el dolor de un pie, abría las piernas en un andar de pato exagerado y cómico. Gilberto recordó entonces la fiesta de su último cumpleaños. La reunión había estado de lo más animada pero ya cerca de las cinco de la mañana sólo unas parejas bailaban lentas y cansadas. Incluso Lorena, su propia mujer, y Mariana, la mujer de Ricardo, se abrazaban melosas y borrachas. Lorena con sus innegables cuarenta, la otra por cumplir veinti… tantos. Acostumbrados a pensarla siempre como una escuincla, habían dejado de percibir que ella también acumulaba años. Seguía viéndose como una niña. Peter Pan en mujer, incluso tenía un aire de adolescente andrógino y el pelo corto era una afilada llama rojiza.

Gilberto creyó recordar que ambas mujeres bailaban ya sin música —Lorena le acariciaba el rostro a Mariana y la consentía—, cuando, de la nada, surgió un mambo clásico y Ricardo hizo su aparición calzando unos guantes de lana con los que bailaba como un pato de caricatura.

—¿De dónde sacaste esos guantes? —le preguntó su joven mujer fascinada.

—Estaban por ahí —contestó Ricardo al tiempo que le tendía un pie de pato enguantado, invitándola a bailar. Luego hizo lo mismo con Lorena, el propio Gilberto y las otras parejas que todavía permanecían en la sala.

En aquella fiesta, Ricardo caminaba como ahora: las piernas separadas y un vaivén acompasado qué quién sabe si de verdad le aminoraba el dolor, porque al final, un poco antes de entrar a otra cantina, se decidió por cojear abiertamente y pedir el apoyo del hombro del amigo.

—Esta sí es una cantina decente —dijo tan pronto vio la rockola que brillaba con luz propia en el fondo del local mortecino. Y caminó resuelto, sin cojear, buscando una mesa cercana al armatoste de teclas iluminadas e invitando a Gilberto a sentarse a su lado. Sólo había unos cuantos parroquianos instalados en la barra y un par de mesas ocu- padas por unos oficinistas que jugaban dominó. De pronto, se les acercó un muchacho de cejas depiladas a preguntarles qué deseaban ordenar. Ricardo pidió cervezas para él y Gilberto, y le tendió un billete de cien pesos.

—Y quédate con el cambio… —le dijo al muchacho que le devolvió una sonrisa a la vez complacida y altanera. Ya se alejaba, cuando Ricardo lo llamó de nuevo.

—Pensándolo bien, regrésame el cambio en monedas. Lo necesito para poner música.

El muchacho iba a protestar, pero de inmediato Ricardo lo atajó.

—También te voy a dedicar una a ti. ¿Cuál te gusta?

El muchacho de cejas depiladas levantó la nariz en un gesto de desprecio absoluto pero entonces reparó en los ojillos de rendijas de Ricardo, ese aire vivaracho y a la vez desamparado de niño crecido, y terminó por ceder.

—Bueno —condescendió—. Una de José José…

Tras unos instantes, el muchacho reapareció con un par de cervezas, un platito de cacahuates y las monedas para Ricardo. Gilberto permaneció expectante mientras Ricardo se pasaba las monedas de una mano a otra, sin decidir qué hacer. Por fin le dio las monedas al muchacho.

—Mejor escógelas tú… —dijo antes de levantar su botella y hacerla chocar con la de Gilberto.

El muchacho alzó más las cejas depiladas, tomó las monedas y se encaminó a la rockola. Marcó varias canciones y mientras esperaba que quedaran registradas, tamborileaba las uñas sobre el acrílico transparente.

—Pues parece que tendremos José José para rato… —suspiró Gilberto y luego añadió—. Nos guste o no, es un clásico del romancero lacrimógeno nacional.

—Pues qué intelectualoso me saliste, hermano… Te guste o no, José José forma parte de nuestras vidas —repuso Ricardo remolón.

Gilberto estaba por añadir algo cuando entró un grupo de jóvenes ruidosos y alegres. Escogieron una mesa cercana a la de Ricardo y Gilberto. Una de las mujeres del grupo, la que traía el cabello sujeto en una cola de caballo que se movía juguetonamente al ritmo de sus gestos y movimientos, venía abrazada de la cintura por un muchacho alto y de cabello largo y suelto. Los dos eran hermosos y… jóvenes.

Gilberto pensó que la muchacha de seguro iba a gustarle a Ricardo. Y el chico sin lugar a dudas le había gustado al mesero que se había puesto a su lado apenas se acomodaron para preguntarle a él en particular qué quería tomar.

—¿Ya escucharon? —dijo de pronto uno de los chicos del grupo. Y, ante el gesto de sorpresa de los otros, prosiguió—. La canción… ¿Oyeron? Acaba de decir “polvo enamorado”.

—¿Polvo enamorado? —preguntó incrédulo el muchacho que venía con la chica de la cola de caballo—. En lo que vino a parar don Francisco de Quevedo, el gran poeta conceptista español y, reverencia, patrón de mi santuario personal: “Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día…”.

La chica de la cola de caballo aplaudió el desplante, pero el resto lo abucheó con sorna.

—No, joven, si me permite —intervino, solícito, el mesero de las cejas depiladas—. Esa canción no es de ningún señor Quevedo. Es del único y magnífico Príncipe de la Canción. ¿Qué va a ordenar?

Ricardo observó que el grupo de amigos tuvo que apretar los labios para no reírse en la cara del mesero. Pero cuando ya se alejaba a surtir la orden, dejaron escapar unas risitas explosivas y burlonas. Gilberto lo descubrió de pronto contemplando a la pareja que permanecía abrazada y feliz.

—Se ven contentos… —dijo Ricardo en una mezcla de fascinación y envidia—. Supongo que Mariana y yo nos vimos así alguna vez. Bueno, con la diferencia de edades. ¿Recuerdas que cuando quise regalarle un coche, el tipo de la agencia nos recomendó uno muy práctico “para mi hija”? A mí por supuesto me dio risa. Y a Mariana también. Ya lo decía Picasso: un hombre tiene la edad de la mujer que ama. Y es verdad, con ella me sentía de veinte.

—¿De veinte? Pero si tú eres un eterno adolescente… —dijo Gilberto sin ocultar una sonrisa de franca admiración.

Ricardo no pareció reparar en el comentario y prosiguió después de darle un largo trago a su cerveza:

—Era una niña y era una mujer. Y era delicioso hacerle el amor, besar su pubis de piel de ángel, escuchar su risa nerviosa cuando llegaba al clímax. ¿Sabes que poco a poco fue perdiendo el interés sexual? Y claro, yo me volvía loco… Cuando ella no cedía me daban ganas de violarla. Por supuesto, después era mucho peor: un día se hizo un tatuaje espantoso, una cabeza de Medusa en la espalda. Otro día se cortó las pestañas y se rasuró las cejas. Otro día se tiñó el cabello de azul eléctrico y no pudo acompañarme a la entrega de premios de publicidad. Peleábamos y discutíamos todo el tiempo. Hasta que también perdió el apetito y comencé a llevarla al psicoanalista. Entonces dejó de hablar conmigo. Con decirte que llegué a extrañar nuestras peleas… Bueno, tú y Lorena han sido testigos de todo esto. De hecho tu mujer fue la que le consiguió la cita con el terapeuta.

—Sí, ese hijo de puta que le da terapia intensiva a sus pacientes llevándoselas a la cama… —dijo Gilberto apretando las mandíbulas. Ricardo abrió un poco las rendijas que tenía por ojos y dejó escapar un brillo de sorpresa. Gilberto se dio cuenta y repuso en tono bajo—: No me digas que no estabas enterado.

Ricardo hizo un puchero y negó con la cabeza. Su rostro de súbito era el de un anciano, con marcas y arrugas pronunciadas. Gilberto pensó que de verdad tenía sesenta siglos. Sólo los ojillos seguían vivarachos el movimiento de mesa en mesa del muchacho de cejas depiladas. Cuando se volvió a verlo, le pidió otra ronda de cervezas.

—Claro, yo tuve la culpa de todo. No podía soportar la idea de perderla. Comencé a mimarla y a darle todo lo que me pedía. Primero quiso un piano, luego una cámara de cine, después un hijo, luego un perro, después un amante. Yo le dije que sí a todo pero el piano no le sirvió demasiado porque ella quería hacerse famosa cantando ópera y yo sólo podía conseguirle anuncios comerciales. Tampoco la cámara funcionó porque producir una película como ella la quería era demasiado costoso y ni mis amigos con dinero pudieron apoyarla. Del hijo, nunca logró embarazarse. Y el perro y el amante —o los amantes— sólo los tuvo un tiempo para fastidiarme.

En la mesa de al lado, se había iniciado una discusión. Gilberto se dio cuenta porque cuando el mesero les sirvió las nuevas cervezas, estuvo a punto de dejar caer una de las botellas. Absorto, no dejaba de mirar a la pareja que antes había estado abrazada y ahora se reclamaba algo airadamente. Discutían sobre la simpleza, unos, o la radical sabiduría, otros, que marcaba la diferencia entre “Amar y querer”, a la sazón el tema melódico que se escuchaba en ese momento. Pero Ricardo no se percató de que peleaban o no quiso darse cuenta. En todo caso, empinó la botella y no la soltó hasta que le hizo falta respirar.

—Y lo último: tú sabes, porque Lorena la ayudó a empacar, que hace quince días se fue de la casa. A mí el orgullo me funciona y no la fui a buscar. Pero ayer, ayer por la noche la encontré en un bar. Acompañada…

Gilberto miraba alternativamente el rostro de la chica de cola de caballo, crispada y altiva como una serpiente a punto del ataque, desaparecido ya todo su aspecto angelical, y el gesto cada vez más abatido de un Ricardo que seguía haciendo cuentas con la vida.

—De verdad te digo, te juro y te aseguro que no fue verla besándose con otra mujer lo que más me pudo. No…

Ricardo hizo una pausa para llamar al muchacho de cejas depiladas. Cuando lo tuvo enfrente le reclamó:

—Oye, princesa de la canción… Ya se van a terminar las canciones de tu príncipe, y nomás no sale la que más me llega ahora…

El mesero suspiró sin decidirse a mandarlo al diablo o compadecerse de él. Gilberto sacó un billete y se lo tendió con un gesto de reconvención.

—¿Cuál quieres que te ponga entonces? —dijo dirigiéndose a un Ricardo que se recargaba de codos en la mesa y ladeaba una sonrisa como un niño a punto de salirse con la suya.

—Ésa que está ahora de moda y que repite “40 y 20”, “40 y 20”, “40 y 20” como un disco rayado… —contestó Ricardo moviendo a un lado y otro la cabeza, como un muñeco con la cuerda trabada.

En respuesta, el muchacho de las cejas depiladas lanzó una carcajada que llamó la atención de todos:

—Pues esa sí que no se va a poder. Como es nueva, todavía no la ponen en el repertorio… Pero si quieres te la canto. Una probadita nomás: “Dicen que tú eres dulce primavera. No saben que guardo un verano, que cuando te miro te quemas. Cuarenta y veinte…”.

Durante unos momentos, en la mesa de junto, el grupo de muchachos guardó silencio y la pelea de la chica de cola de caballo con su pareja también quedó en suspenso esperando que el mesero continuara cantando. No lo hacía mal, era entonado e imitaba bien el estilo de José José.

Al finalizar, hizo un gesto coqueto y recatado y terminó por alejarse con una charola de botellas vacías. La discusión en la mesa contigua prosiguió, y Ricardo retomó su queja:

—No, Gilberto, te juro que no fue verla besándose con otra mujer lo que más me pudo. Sino a quién escogió para sustituirme. Una cuarentona inmensamente rica. Tú también debes conocer a Betsabé Reyes y los caudales que le heredó su padre. Ella sí podrá pagarle su lanzamiento como cantante, su película de cine de arte, su niño de probeta, su harem de jóvenes eunucos y doncellas pervertidas. Cuarenta y veinte… Betsabé de cuarenta y tantos, Mariana de veintitantos… Aunque pensándolo bien ya casi suman setenta entre las dos…

Ricardo pareció reanimarse como si un foco de luz se le dibujara por encima de la cabeza.

—Tal vez debiera buscar a Mariana para advertirle —dijo con ánimo de caballero esforzado—. Verla para decirle que aproveche… Sin ninguna mala intención, porque en realidad le queda muy poco para que Betsabé le cumpla sus caprichos. A Betsabé sólo le gustan las de veinte.

Gilberto se levantó para ir al baño, pero le pidió a Ricardo que no se moviera de ahí, que mejor se fueran a dormir a su departamento porque ni pensar en regresar al de Ricardo con toda aquella catástrofe de vidrios y sangre. Ricardo dijo que lo esperaría pero sólo para que lo acompañara a buscar a Mariana y advertirle.

Minutos después, cuando Gilberto regresó al salón, descubrió que los muchachos de la mesa de junto se habían marchado y que Ricardo dormía recostado en la mesa. Inerme y confiado, había vuelto a ser el niño de siempre. Ni cuarenta, ni veinte, pensó Gilberto. Debía de estar soñando algo divertido porque sonreía con los ojos cerrados, y hasta el mesero de cejas depiladas, tras recoger las botellas de la mesa y verlo derrumbado, dijo con un mohín compasivo:

—Parece un ángel, el muy desgraciado.

 

Ana Clavel