A Delia Juárez

Mi padre acababa de irse, el hombre había llegado a la Luna y en las corcholatas de los refrescos venían las banderas de los países que ese año iban a jugar el Mundial. Vivíamos arrimados en casa de mis abuelos. Una larga escalera de piedra, un barandal de hierro retorcido y macetas renegridas en las que se desplomaban siempre los brazos alargados de los helechos. Mi familia había llegado años antes a aquella orilla de la ciudad. Un viejo caserón del siglo XIX donde, decía mi abuela, Amado Nervo había vivido antes del célebre viaje en el que la muerte le entró por los pies. Tal vez era cierto, porque todo en aquel barrio resultaba lejano y antiguo. Lo era de tal modo que en la calle se extendían los rieles de un tranvía que no pasaba más. Lo era de tal modo, que la luz iluminaba las cosas del mundo como si el mundo estuviera colocado un poco más allá.

A cierta hora de la tarde, el rumbo quedaba silencioso. Santa María se iba poblando de sombras. Atado al patio de la casa, a la escalera de piedra, inventaba viajes a la tienda o la papelería para mirar desde afuera el paso de esa luz, la caída de esas sombras. Me aventuraba por calles que fundían, no sabría decir por qué, algunos nombres de escritores con imágenes robadas del reino vegetal. Amado Nervo, Sor Juana, Díaz Mirón. Cedro, Fresno, Naranjo. La luz se iba despacio, como quien se desangra, y tras las ventanas comenzaban a aparecer, flotando entre cortinajes evanescentes, las mujeres más ancianas del rumbo: fantasmas que miraban el atardecer desde sus muros de piedra, mientras afuera se quemaba, lentamente, el último tercio del siglo.

Había una loca que cada tarde aparecía, envuelta en un rebozo, aullando por la calle. Había un hombre que compraba fierro viejo, desde el pescante de un carretón al que jalaban dos mulas. Yo caminaba por Santa María hasta el asilo de ancianos de la calle Cedro, o hasta la casa de salud mental que recordaba los viejos castillos de horror de las películas del cine Cosmos. Me gustaba caminar sin poner el pie en las rayas de la acera, y mirar a las ancianas, quietas como gárgolas, que parecían encarceladas en las fachadas de cantera.

Ilustración: Izak Peón

Mi madre se partía el lomo de mañana y tarde. Sus hermanos nos querían bien —a dos de ellos los asocio con las galletas de maíz y azúcar que mi abuela preparaba en las grandes tardes—, pero hubo otro que nos trataba como perros. Era grande, pesado, brutal. Como en el fondo odiaba todo, quería que los demás sufriéramos como él —y pueden apostar a que lo consiguió.

Aprendí a moverme sin ruido. A quedarme quieto, solo. Cuando nos envolvía aquella hora extraña, pretextaba inesperados viajes a la tienda y me ponía a buscar por los rincones las corcholatas que traían las banderas del Mundial. Inventaba también viajes a la papelería, para comprar crayolas Carmen, lápices Jungla, cuadernos Escala, gomas Pélican. Y luego, caminaba y caminaba por Santa María.

En la sala de la casa había una Stromberg-Carlson de bulbos, para uso exclusivo de los mayores. Miraban las telenovelas, El amor tiene cara de mujer, y las series gringas, El agente de Cipol, Bonanza, Combate y El Santo. Memoricé este diálogo:

—Camarada, ese hombre que está ahí nos mira con insistencia.

—Para su información, Piotr, ese hombre que está ahí es el famoso Simón Templar.

Un día matamos una rata y otro me mordió un perro. Un día mi padre fue a verme, y me compró un balón que se ponchó media hora más tarde: me senté a llorar en la glorieta de la esquina, bajo una palmera que en los años veinte hizo sembrar el general Obregón —noventa años después todavía se alza, algo decaída, en la glorieta de Lauro Aguirre.

Otro día caminé por Santa María, y en vez de las viejas que solía encontrar, hallé, tras la ventana de un segundo piso, a una niña blanca de nariz respingada que miraba la calle con el mismo aire que las gárgolas que decoraban nuestras fachadas de piedra. Quiero recordarla como era ella entonces. No lo consigo. Sólo he traído hasta este mundo extraño una llama ausente, esa mirada. Clic, clic, clic. (Nada ha vuelto a ser tan claro desde entonces.)

Una vez me robé una moneda de a peso. El niño al que se la quité se murió ese año. La maestra nos dijo: “Su compañero Samuel acaba de fallecer”. Y, nuevamente, al salir de clases, me tiré a llorar en la glorieta de la esquina. Bajo esa palmera uno de mis tíos protagonizó la gesta más grande de aquel tiempo. Le decíamos Ful. En los años de la sicodelia, prefería envaselinarse el pelo. Usaba en el bolsillo del saco un pañuelo blanco, de tres puntas, y acostumbraba levantar la ceja, con júbilo y cinismo, un poco a la Dean Martin. No condescendió jamás a los secretos del nudo Windsor —de hecho, renunció muy joven al prestigio de la corbata. Doña Sara o doña Pepa, uno de los fantasmas que miraban el atardecer desde los muros de piedra, vino a decirnos que Ful se estaba enfrentando a la encarnación del Mal, al terror del barrio, un pelirrojo de cejas erizadas que tenía por mal nombre El Satanás. Cuando llegamos, corriendo, a la glorieta, Ful trazaba círculos perfectos y descargaba martillazos letales contra las cejas demoníacas, rojas, rebeldes, de su rival. Un, dos tres. Un, dos, tres.

Y luego, tres, tres, tres.

No hay nada más fácil que ser el sobrino del nuevo rey del barrio. Caminar a tus anchas por Santa María, hasta esa ventana del segundo piso donde la gárgola de piedra se animaba de pronto, como si verme pasar le hiciera cobrar vida. Clic, clic, clic. En fin, llegó el Mundial, la lesión de Onofre, el suéter a rayas de Ignacio Calderón. El Halcón Peña cobró un penalti en el minuto 13 del juego contra Bélgica. Luego, metió un autogol en cuartos de final, en el partido contra Italia. Vinieron los goles de Luigi Riva y Gianni Rivera: aquel 14 de junio que sepultó, durante años, las aspiraciones del país entero. Llegó la final en boca de Fernando Luengas: Tostao, Rivelino, Pelé… ¡otro gol de Pelé!

Llegó también mi madre, que a fines de aquel año, cuando mucho a mediados del siguiente, inició la primera de sus largas, infinitas peregrinaciones. Nos fuimos a un departamento de la Nueva Santa María. No veíamos a los abuelos más que algunos fines de semana, así que dejé de andar por las calles del barrio. Dos años más tarde volvimos a mudarnos, esta vez a la Unidad Tlatelolco, y desembarcamos en un edificio que tenía también un nombre de escritor: Vicente Riva Palacio.

Pasaron unos años. Quizá cinco. Mi madre naufragó. Partirse el lomo el día entero ayudaba poco, o no ayudaba en nada. Tuvimos que meter nuestras cosas (discos, ropa, libros) en un camión de mudanzas y regresamos a la escalera de piedra, el barandal de hierro retorcido. Las macetas renegridas donde se desplomaba siempre el ramalazo, verde, de los helechos. Algunos tíos se habían casado. Otros se habían ido. Ya nadie nos trataba como perros, pero yo me seguía sentando a mirar aquella luz que moría lentamente en el patio. Caminaba por las calles que fundían nombres de escritores con palabras procedentes del reino vegetal. Ahí estaba la loca que aullaba en las tardes. Se extendían aún los rieles de un tranvía que no pasaba más. Pero ya nunca encontraba a aquella niña blanca de nariz respingada. Hasta la tarde en que la puerta de esa casa se abrió, y una figura encorvada, con zapatos ortopédicos y dos bastones de metal (uno en cada mano), salió, y me miró, y después bajó la vista.

 

Héctor de Mauleón