Hace 100 años José Juan Tablada ingresó la forma japonesa del haïkú a las aguas hispanoamericanas. Toda la poesía en español cambió con esa expropiación. Esta es su historia.

En septiembre de 1919 se publicó Un día…Poemas sintéticos, considerado el primer libro de poemas que introdujo definitivamente el haikú a Hispanoamérica. José Juan Tablada (1871-1945) no sólo siembra, cultiva e importa el haikú japonés agregándole ingredientes de su cosecha, también es un precursor del ritmo visual y del poema ideográfico. Fue, además, un embajador de la cultura japonesa toda su vida, con credenciales diplomáticas y sin ellas.

Hasta hace algunos años, la obra de José Juan Tablada se leía en México como la de un poeta modernista cuya “Misa negra” causó estragos en las mentes conservadoras del México porfirista. Tablada tenía 22 años en 1893 cuando apareció este poema en el periódico El País, para variar, de corte porfirista, donde él trabajaba:

Quiero en las gradas de tu lecho
doblar temblando la rodilla…
y hacer el ara de tu pecho
y de tu alcoba la capilla.

Y celebrar ferviente y mudo,
sobre tu cuerpo seductor
¡lleno de esencias y desnudo,
la Misa negra de mi amor!

¡Zaz! Lo que le pareció a doña Carmelita Romero Rubio una enrarecida atmósfera plena de erotismo y blasfemias le costó el trabajo al poeta.

Si bien ya Esther Hernández Palacios y Rodolfo Mata apuntan a que el primer poema que adopta la forma de Haikú es el “Hai-kai de Euclides” Alfonso Reyes en 1913: “Líneas paralelas/ -son las convergentes/ que sólo se juntan en el infinito”, sin duda el mérito de la expropiación del haikú hispanoamericano recae en Tablada.

Antes de la haikuzación de Tablada, que se reafirma casi dos décadas después de su viaje a Japón con Un díapoemas sintéticos, editado por primera vez en Caracas en 1919 y que incluye dibujos y acuarelas de su autor, Carlos Leal había puesto el dedo en la llaga al señalar que Tablada “repetía sin novedad notas ya muy oídas e imitaba tardíamente los crepúsculos del jardín de Lugones.” Sin duda la influencia fue recíproca y de alguna manera los vasos comunicantes fluían de manera natural entre los modernistas, de Darío a Lugones y de Tablada a López Velarde.

Tablada hace Un día…, parteaguas en su trayectoria como poeta, en un momento en que sus recursos poéticos parecen agotados; la escritura de estas pequeñas piezas le permite ampliar el horizonte del haikú en una lengua extranjera al japonés, reinventarse y de paso dejar atrás el excesivo adorno modernista, dotando al poema oriental de rostro mexicano. A partir de Un día… las reglas del poema modernista serán otras.

Para llegar a una concepción propia del haikú, Tablada recorre una larga trayectoria que va de sus crónicas sobre el arte, la cultura y las novedades de oriente, deteniendo su mirada en la obra artística de Hokusai e Hiroshigé. A la par, en sus viajes a París, Nueva York y otras ciudades, va reuniendo piezas, libros, xilografías y dibujos de todo lo que lo remontara al Japón. Estas incursiones llevan a Tablada a realizar tres obras fundamentales: Un día… poemas sintéticos, en primer lugar, al que siguen, en esa tónica y en un momento de intensa creatividad, la reunión de sus poemas ideográficos y visuales en Li Po y otros poemas (1920) y El jarro de flores (1922), obras que lo convierten en un auténtico haizin japonés o poeta del haikai y cuya influencia en México se refleja en algunas obras de Octavio Paz, Carlos Gutiérrez Cruz, Rafael Lozano, José Rubén Romero y por supuesto en la de Carlos Pellicer.

Tanto Tanabe como Seiko Ota coinciden en que las miniaturas poéticas japonesas de Tablada parten en principio de sus hallazgos en lengua francesa e inglesa. Incluso muchos de sus textos son paráfrasis y aproximaciones a las joyas bonsai de clásicos japoneses, como Basho e Issa, que leyó en inglés y francés. La arquitectura del haikú, compuesta en miniaturas de 17 sílabas divididas en versos de 5, 7 y 5 sílabas, a diferencia de lo que suele pasar con el soneto o la décima, no parece ser una camisa de fuerza para Tablada, quien la convierte una pieza de orfebrería con rasgos propios. O en una gota de agua seducida por la luz. Sin olvidar que la adaptación de la métrica del haikú al cómputo silábico de nuestra lengua es un verdadero reto, dado que en japonés tal conteo no existe.

A partir del significado del haikú, considerado juego o broma (tawamure), chunga o chiste (odoke) y humorismo (kokkei), Tablada hace sus propias versiones. El resultado no siempre es el haikú clásico, sino una especie de híbrido bonsai, instante, fuga o relámpago capturado por el poeta. A López Velarde Un día… le parece un libro perfecto debido a lo que llama su “médula vital” y por lo acertado de sus modalidades expresivas, que se hacen distinguir de “la grasa dicción de la ralea”. Paz encuentra en las infusiones de Tablada una “ventana hacia una perspectiva desconocida”.

Portada de la edición facsimilar, publicada en 2008

Cabe señalar que el haikú de Tablada mantiene su fidelidad a una palabra clave en el haikú japonés: la figura del kigo o ki, regla de versificación de haikú que tiene que ver con la presencia, evidenciada o sugerida, de las estaciones en el poema. El haizin mexicano sigue una ruta más personal para alcanzar la cumbre del poema: el resultado final es casi siempre un verso sorpresa, una palabra-valija o una partitura leve de humor. No podría ser de otra manera, dado que para Tablada el arte no es algo estético y definitivo, sino aquello que está en movimiento perpetuo. Idea que retoma de Basho, para quien el haikú debe ser escrito en el momento en que el poeta siente el fulgor de las cosas en su corazón, ya que “las cosas cambian a cada instante”. El prólogo de Tablada a Itinerario contemplativo de Francisco Monterde, publicado en 1923, da una idea clara de su poética japonista:

El ahijin es el poeta de haikai
Que, disociando el panorama, ve
El trazo sutil del pincel de Hokusai
Y el jocundo color de Hiroshigé.

Gracias las indagaciones de Zerge I. Zaïtzeff en “Apuntes sobre José Juan Tablada en Colombia”, y de Juan Calzadilla en “José Juan Tablada, el pequeño milagro de lo cotidiano” (inédito), sabemos que un Un día… y algunos textos de El Jarro de flores fueron escritos en La Esperanza, población ubicada al noreste de la Mesa, Cundinamarca, Colombia, entre febrero y marzo de 1919. Y que los dibujos de Un día… fueron hechos en Caracas, a donde viaja a finales de junio. Ahí, el 1º. de septiembre de 1919 salen a la luz sus poemas sintéticos en la Imprenta Bolívar, con un tiraje de 200 ejemplares. Tablada llega a Colombia en enero de 1919 como miembro del servicio exterior mexicano. Tiene 48 años y recién se ha casado con Nina Cabrera de 22. En las tonalidades verdes de La Esperanza, la flora y la fauna del lugar, 19 años después de su viaje a Japón, el poeta parece encontrar una atmósfera muy parecida a la de Yokohama, la antigua ciudad en la que vivió durante seis meses en su viaje a oriente.

Parte del material conservado por Tablada: reproducciones del arte japonés, primeras ediciones de sus libro, obra gráfica de sus contemporáneos y de él mismo, imágenes del teatro kabuki, libros ilustrados, acuarelas y fotografías, se aprecia en la exposición Pasajero 21. El Japón de Tablada, que se exhibe hasta el 13 de octubre en el Palacio de Bellas Artes. El resto, sobre todo sus piezas de arte oriental (ukiyoe), se perdió durante la Revolución Mexicana, cuando es destruido su jardín japonés en su casa de Coyoacán y el vanguardista mexicano se ve obligado a exiliarse en Nueva York.

Sin duda las breverías de Tablada, que a partir de Un día…, alcanzan su primer siglo de vida son la mejor ocasión para que el lector se deje envolver por el breve destello intenso de sus textos, en tiempos en que las formas breves son parte ya de lo que conocemos como twitteratura.

• José Juan Tablada, Un día… Poemas sintéticos, edición facsimilar, con prólogo de Rodolfo Mata, México, Conaculta, 2008.
Pasajero 21. El Japón de Tablada, Palacio de Bellas Artes, hasta el 13 de octubre.

 

Margarito Cuéllar
Escritor. Su obra más reciente es Poemas en los que nunca es de noche (Grupo Editorial Ibáñez, Bogotá, 2019).