En tiempos en que reinan la imagen y la red social, al escritor ya no le exigimos que escriba, sino que hable y hable. Vaya desgracia.

Como pasa cada tanto, alguien va y me invita y me pide que hable de un libro o que discuta alguna idea; cosa que me obliga, a veces, a leer libros y luego a pensar en algo que pueda decir en público sin avergonzarme. Se me ocurrió, sentado allí, a punto de hablar ante el público, que igual y nos iría mejor con escritores mudos. Cuando la memoria del mundo se le ha confiado a Google, y cuando la imagen y no la palabra ocupa el centro de la cultura, hablar mal de los escritores es como patear a los caídos. Pero igual debe decirse algo sobre cómo el escritor se comporta en público, me temo.

Ilustración: Kathia Recio

En realidad, que los escritores escriban cada vez menos y hablen cada vez más es un síntoma de la época. Parecía sólo un capítulo más en el prolongado coqueteo entre los escritores y las artes escénicas, pero en realidad ¡es una auténtica crisis! Del escritor ya no se espera que escriba literatura, o que solamente haga eso: también se le pide que opine en columnas, que administre una cuenta de Instagram, otra de Twitter, y un muro de Facebook. ¿TikTok? Venga. Si pudiera ser guapo y aparecer en la televisión, genial. Si no es guapo, pues en la radio. Y si no habla bien, algo (cualquier cosa) se le podrá exprimir durante los dos minutos que dure su video en YouTube, ¿no es cierto? Algún gesto, alguna broma, se le rellena con animación, qué más da. Con tanto trabajo para el escritor (aunque mal remunerado) lo que sale sobrando es escribir literatura.

Y da igual: ya nadie lee literatura. En nuestro ecosistema cultural se consume diseño, se asiste a inauguraciones de exposiciones, se opina sobre libros a partir de comunicados de prensa, sobre series de televisión, sobre películas, a veces se repiten opiniones sobre política; pero lo que se dice leer literatura, pues ya no tanto. Además ya se escribió mucha, igual y no hace falta nueva literatura. Lo que sí hace falta es con qué entretener a la gente, y como los comediantes cobran, igual que los conferencistas (¿no es lo mismo?), pues ahí están los escritores. ¿Qué diferencia hay entre un comediante y un escritor? Que unos cobran y hacen reír, y los otros no cobran, pero lo hacen de buena gana, ¡riendo! ¿Pero por qué se alegran los escritores? ¿Por hablar en público? Pues sí, por haber sido tomados en cuenta. Supongo que aquí opera la misma confusión que hace que el público esté más dispuesto a escuchar que a leer a un escritor: se toma por sentado que la palabra literaria y la palabra que comunica (con la que se dicen cosas en público) es la misma. Puesto en la lengua prístina de nuestra época: sale más barato (en tiempo y en dinero) escuchar a un escritor (en la radio, en un centro cultural, en una “cápsula”) que leerlo.

Tanto hablamos hoy los escritores que hemos empezado a escribir como hablamos. Y la gente, aceptémoslo, en general no habla con estilo. Es un trecho muy corto el que recorre la ocurrencia del hemisferio izquierdo a la bocota. Lo noto ahora mismo, al escribir estas líneas: las suelto como si fueran opiniones. Casi que ni estoy cuidando estas oraciones. ¿Pero qué podría cuidarse? ¿El estilo? ¿Existe aún? ¿La mítica frase redonda? ¿No es ese el terreno de Juan Villoro? ¿La ortografía? Bueno, puede ser. ¿Las ideas? Ah, ya nos adentramos al pantanoso terreno de la metafísica y el pensamiento complejo, que comúnmente brillan por su ausencia durante las intervenciones radiales, televisivas, etcétera. A menos, tal vez, de que hablemos de la vida pública académica, que creo que existe. Pero si se celebran coloquios y simposios, si académicos ilustres se reúnen en un salón y alguien del público los escucha, ¿existen? Es un misterio.

Nuestra atención está en otro lado, en las fuerzas del mercado —independiente o trasnacional—, que obligan al coctel, a la charla con cervecita (“pero bueno, ya hablamos mucho, mejor hay que platicar más en corto con una chelita”) y a la entrevista improvisada. ¿Oradores? ¿Un Quintiliano entre nosotros? Imposible detectarlo entre el pajar de comunicadores. ¿Para qué moverle a la fórmula si funciona? Una anécdota, una opinión sacada de la manga, la fotito para el Twitter, y vámonos, a cobrar el capital simbólico.

Aquí se asoma la queja auténtica: al escritor no se le ve como el trabajador que es. Sería preferible mantenerlo así, como un artista del hambre. Lo malo con los escritores, en suma, es que tienen cuerpos, y esos cuerpos exigen sustento. ¡A nuestra época le iría mejor no un escritor mudo sino uno sin tracto digestivo! Pero ah, el artista, ese eterno disidente, se presenta y nos recuerda: también yo, escritor, tengo que cobrar por mi trabajo (aunque lo que produzca, objeto casi inmaterial, salga de mí como la seda sale del gusano). ¿Y entonces? Pues aquí tenemos que si el escritor habla en público no es porque quiere, sino porque lleva esa doble vida diagnosticada por André Schiffrin en La edición sin editores: el escritor encima es profesor o crítico o periodista cultural y, por lo tanto, debe, además de escribir, opinar, compartir su columna, participar en ferias, dar clases, dar talleres, y abrir la boca.

 

Guillermo Núñez Jáuregui
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.