Siguiendo las conmemoraciones del encuentro de 1519, ofrecemos aquí una relectura crítica de la obra de Christian Duverger donde destaca su intento por resarcir a Cortés como el padre del mestizaje, un conquistador que en realidad “amó” al indio.

Por la mañana de hoy cruzo la ciudad a través del bullicioso Metro. Desde Iztapalapa, puerta de entrada del “conquistador” de México, me dirijo a entrevistar al escritor francés Christian Duverger, con motivo de la aparición de su libro Vida de Hernán Cortés (dos tomos: La espada y La pluma, México, Taurus, 2019), una edición ampliada de su biografía del extremeño.

Comienzo la conversación con la lectura de uno de sus polémicos libros, Crónica de la eternidad, que, le confieso al autor, está escrito con una pluma envidiable: 

En este principio del año de 1520, el invierno ha tomado posesión de Toledo. Un viento helado corre por las callejuelas en declive. El cielo está bajo y cargado. Amenaza con nevar. Es domingo.

La ciudad se apresura en la catedral para asistir a misa mayor. Los fieles esperan, sentados, la llegada del emperador. Desde hace ya seis meses, la Corte ha invadido Toledo, la rebelde, la antigua capital de los comuneros que se habían alzado en contra del joven poder de Carlos V. Un penetrante olor de incienso frío impregna las naves. Un rumor anuncia la llegada del soberano. Rodeado por una especie de guardia pretoriana en la que distinguimos entremezclados consejeros flamencos y miembros de la Grandeza de España, el rey avanza con dificultad. Cojea. Se dice que padece gota. En un roce de abrigos, el soberano y sus cortesanos se sientan. Se hace el silencio. La misa puede comenzar. Pero en el momento en que un chantre con sobrepelliz entona la primera salmodia, un hombre vestido de negro entra por la puerta lateral y avanza con paso firme hacia la primera fila. Sin ser de gran estatura, proyecta buena prestancia. Irradia determinación.

De los pasillos fluyen murmullos: la asistencia está sorprendida. Algunos se levantan. ¿Pero quién es ese osado personaje que se permite entrar a catedral después del rey? Helo aquí que se abre paso entre los cortesanos para ir a asentarse en un asiento vacío al lado del conde de Nassau, sentado éste a la izquierda de Carlos V. Ese hombre que públicamente desafía a su soberano es Cortés, el conquistador de México. Una leyenda viviente.

Los libros de historia no tienen por qué ser aburridos, “si los podemos hacer atractivos para el lector, ¿por qué no?”, las líneas anteriores están hechas con la “técnica de escritor”, son hasta cinematográficas: “es una descripción de una escena que pasa, unos caminan, entran, se sientan, etcétera”, me dice Duverger al terminar la recitación. 
Debo señalar que mantengo serias reservas con las ideas del autor, como con su tesis iconoclasta sobre la paternidad de la Historia verdadera, pues se la niega a Bernal Díaz del Castillo y la cede nada menos que a Hernán Cortés. No soy un lector fiel y devoto de Duverger y esta entrega no es ni una alabanza ni mucho menos, aunque tampoco tengo motivos para sumarme al coro de la crítica irrespetuosa.

Ilustraciones: Izak Peón

Se dice que la obra de Duverger es perniciosa para el gran público, porque no está basada en conocimientos “serios” sino en meras “ocurrencias”. Se habla de ella como ese oropel parisino que de cuando en cuando viene a contaminar a nuestra “buena” literatura. Pienso en Ángeles del abismo (2004) de Enrique Serna, esa novela que quiere retratar, a partir de un “serio” trabajo de investigación, los “oscuros” años del dominio colonial. A Duverger se le cuestiona que su subjetividad y ocurrencias guíen su relato, pero no a Enrique Serna, que se ha informado bien sobre esta etapa de nuestra historia, aunque su información no ha sido garantía para escribir “objetivamente”. En Ángeles del abismo, uno queda atrapado en el cliché: los españoles eran los malos/feos y los otros los buenos/bellos. Crisanta, la criolla que estelariza la novela, se frota la dentadura “con una tortilla quemada, hábito aprendido de las indias del vecindario, que llegaban a la vejez con los dientes de su mocedad”; para nada quería parecerse a las damas de la Corte, “refulgentes de joyas y brocados”, pero afeadas por una “mazorca podrida”.

Cortés “mestizo”

Días antes de la entrevista había leído esta declaración que Duverger hizo en un artículo: “Cortés rompe con el esquema clásico de la violencia y de la fuerza y es un conquistador que amó a los vencidos”. Me pareció que esta imagen tenía algo de romanticismo. Para el lector profano, quizá las palabras de Duverger no sean del todo convincentes. Del lado académico tampoco lo son, pues sólo hay que recordar que Cortés —por encima de su admiración por el mundo mesoamericano— no deja de exaltar en sus Cartas de relación la violencia brutal ejercida contra los indígenas, justo cuando la política oficial sobre la colonización se apoyaba en la teología y la jurisprudencia medieval que veía normal y hasta necesario hacer la guerra a los pueblos paganos y despojarlos de sus pertenencias. ¿Cómo decir, entonces, que Cortés “amó” al indígena y acabó con el esquema de la violencia?

Así que, con respeto, escucho de viva voz a Duverger.

Le comento que tengo la impresión de que en su obra la Conquista se presenta como un combate y encuentro múltiple. Se trata, le digo, de una forma creativa, pero sobre todo justa, de pensar la Conquista, porque no hay lugar más común que hablar del dominio español bajo la visión más tosca. Evocaba yo en este sentido unas líneas de Antes que anochezca (1992), donde, bajo la tónica de la censura contra todo lo que oliera a despotismo, Reinaldo Arenas denunciaba que América Latina había sido víctima desde la colonia de la “dictadura”, de esa “herencia hispánica que nos ha tocado padecer”.

Duverger señala que es innegable que hubo actos de genocidio durante el proceso de colonización en el Caribe: “en treinta años desaparece el 90% de la población… si no se llama genocidio, ¿cómo se llama eso?”, pregunta. En su opinión, la experiencia de Cortés en México es contrastante: “por ser testigo de eso durante 15 años”, el extremeño no viene a destruir sino a construir una nueva sociedad. Por otra parte, el autor tampoco quiere ser tachado de “negacionista”: en México, dice, también hubo violencia, y como pruebas están la masacre del Templo Mayor, las guerras en Centla, en la Huasteca, en Cholula, etcétera.

A Duverger no le gusta la palabra conquista, porque suele remitir al enfrentamiento entre un supuesto “ejército” español y los pueblos indígenas: “Cortés —dice Duverger— no hace una conquista, porque lo hace con quinientas personas, un grupito. Hay 12 barcos, quinientas personas y sin armamento. Entonces, a un ejército sin armamento no lo podemos llamar así”. Remarca el equipo deficiente que cargaba la tropa: “El arcabuz es una cosa increíble, que prácticamente no puede operar: la mecha es exterior, no puede funcionar bajo la lluvia, y Cortés —hay que recordar— hizo la conquista, o su entrada, durante la estación de lluvias”. Asimismo, los cañones, escopetas y caballos fueron herramientas “simbólicas”: en Europa, dice el autor, el caballo —acompañado de la alabarda— había servido como arma destructiva en la guerra, pero en México los caballos, aprovisionados de cascabeles de cobre que producían un sonido inusual al galopar, jugaron un papel simbólico, “no realmente como fuerza de destrucción, porque no estaban organizados para hacer la guerra”.

Más que las armas, en la “conquista” surgió otro recurso potencial: el mestizaje, tanto cultural como biológico.

Duverger está convencido de que Cortés actuó siguiendo un “proyecto mestizo”, en el que la revaloración de lo autóctono es esencial. La “conquista”, dice, no debe leerse como una extensión de la historia española, sino como un proceso mesoamericano, porque Cortés no ingresó al suelo indígena como un español sino apegándose a los códigos del mundo indígena.

Al entrar a México, asegura el historiador francés, Cortés ya era mestizo: “durante quince años, ha vivido a la manera indígena, se casó con una mujer indígena”. Su actuación en el escenario mesoamericano revela el mismo hecho: “Cortés decide entrar como un grupo chichimeca”, como uno más de aquellos grupos nómadas que constantemente ingresaban a los asentamientos sedentarios de Mesoamérica. Su avance hacia la capital mexica va dejando tras de sí victorias selladas por la diplomacia indígena: en Centla, por ejemplo, “Cortés gana el combate con dos caballos, y luego entra en la negociación tradicional mesoamericana, los intercambios de regalos, la ofrenda de las mujeres”.

Fuera de las prácticas idolátricas, para Cortés no había inconveniente en recuperar la cultura indígena y fundirla con la española, recurriendo, en algunos casos, a la “sustitución” de los elementos indígenas por los españoles, dice Duverger. En materia religiosa, el proyecto de Cortés implicaba sustituir el sacrificio humano por el de la misa, lo cual fue “una operación fácil: todo lo demás de la religión indígena se puede recuperar, sin problema; nada más hay que instalar la misa en lugar del sacrificio en la pirámide. La sustitución es absolutamente natural”. A propósito de esta idea, le comenté al autor del hallazgo que plantea Solange Alberro: la elección de los franciscanos de teñir sus hábitos de azul era una franca transgresión de su regla monástica de pobreza, que los obligaba a conformase con el ajado natural de la lana. Según la historiadora, los primeros franciscanos fueron ubicados por Cortés justo encima de lo que fuera el altar de Huitzilopochtli, en el Templo Mayor. ¿Qué quiere decir esto? “Pues resulta que el color asociado simbólicamente a este dios guerrero del sol en el cenit, del sur y del cielo meridiano es el azul”, observa Solange Alberro.

Esa visión elogiosa del mestizaje de manos de Cortés, y de su completo control, sintetiza a grandes rasgos las ideas de Duverger sobre la Conquista. Confieso que no estoy muy a gusto con la imagen que nos ofrece de Cortés: el hombre que todo lo sabe, que tiene un proyecto trazado, que “rompe” con los esquemas de dominación. Me recuerda a Lucas Alamán, a José María Luis Mora, esos historiadores del siglo XIX que hacen de Cortés un héroe. Tal vez estas cualidades no sean exageradas y atribuidas fantasiosamente, pero, en mi opinión (y en la de muchos otros colegas, como Gruzinski y Alberro), yo las vería en todo caso como huellas de la múltiple respuesta del Viejo Mundo frente a la otredad americana, como huellas (por hablar del supuesto mestizaje) de aquella España en la que coexisten lenguas, tradiciones y pueblos.

No le restaría interés a la obra de Duverger por el lugar que le concede al indígena, es decir, el de protagonista y no de mero objeto opuesto al cambio y a la “crueldad” de los años coloniales: como chispa que active la imaginación y el replanteamiento de nuestra historia la obra de Duverger es válida.

 

Germán Luna Santiago
Historiador, estudiante del Posgrado en Historiografía en la UAM-Azcapotzalco.