La historiografía nacionalista de las independencias americanas suele glorificar las hazañas de ciertos “machos-alfa”: Bolívar, Miranda, San Martín. Este texto reivindica y analiza el papel de otras protagonistas.

¿Cómo alejarnos de la versión laica, masculina, de la Historia Sagrada de las independencias de América? Una forma de hacerlo es analizando la aportación de las mujeres a la lucha por la emancipación, pero desde una perspectiva que nos permita verlas en sus propios términos en lugar de como esposas, hijas, hermanas, o amantes de hombres ilustres.

La historia oficial mitificó a las mujeres de las independencias con miras a crear un ejemplo para las ciudadanas de las nuevas republicas. La independencia nacional, sin embargo, hizo poco por la independencia de las mujeres: su entrega a la causa patriota, al responder a circunstancias excepcionales, no podía servir como norma de conducta. No se podía pedir que todas emularan a la boliviana Juana Azurduy, capaz de reclutar hombres y manejar la espada como una amazona.

Ilustraciones: Víctor Solís

Traspasar barreras

La América virreinal estaba muy lejos de la igualdad de género. Las desigualdades se perpetuaban con el modelo concreto de la familia patriarcal, que reproducía, a pequeña escala, el del rey y sus súbditos. El monarca, según la teoría política tradicional, ejerce como padre. En el entorno doméstico, el hombre, como el soberano en su reino, ostenta la autoridad y vela por la protección y el mantenimiento económico de los suyos.

Pero poco a poco se abría paso una mayor sensibilidad acerca de la educación femenina. El primero en interesarse por el tema de manera sistemática fue Juan Wenceslao Sánchez de la Barquera, un intelectual del grupo reunido en torno al Diario de México. De la Barquera influyó en José Joaquín Fernández de Lizardi, autor, en 1818, de una novela con inquietudes pedagógicas, La Quijotita y su prima. La protagonista, Pomposa, llamada “la Quijotita” por “sus extravagancias”, representa la frivolidad y el egoísmo. Su prima, Pudenciana, encarna los valores contrarios. Sus derroteros se opondrán hasta llegar a un desenlace moral. La primera, despilfarradora, querrá salir de su clase social y casarse con un aristócrata. Finalmente, paga con la muerte una existencia desatinada. La segunda, en cambio, contrae matrimonio con un hombre al gusto de sus padres y consigue ser feliz y útil a la sociedad.

Cuando los criollos reclamaban “Libertad” se referían a la libertad política respecto a España, no a una transformación que produjera una sociedad más igualitaria. Eso explica los términos tradicionales utilizados en México por ciertos discursos independentistas, destinados a convencer a las “damas” para que se sumaran al proyecto emancipador. El texto “A las Damas de México” —publicado en el Semanario Patriótico Americano en noviembre de 1812— pedía a las mexicanas que rechazaran a cualquier pretendiente español: “no os sacrifiquéis ya por más tiempo a su ambición y grosería”. Los denominados “gachupines” representaban al poder opresor, que estaba creando una pobreza cada vez mayor entre los novohispanos. Y si ellos no tenían medios para subsistir, a las mujeres les iba a ser imposible encontrar “un marido legítimo”, un apoyo seguro para su honor.

Nos hallamos ante un discurso excluyente, dirigido a las blancas acomodadas. Quedan al margen de la nación las pobres, las mestizas, las indígenas. Se pide a las “damas” que ayuden a la nación con el arma de su belleza y sus encantos, pero esta intervención ha de limitarse sólo a las circunstancias excepcionales de la contienda. Después, su obligación es regresar a la privacidad del hogar.

La participación femenina en las guerras de liberación dependía del medio social. Así, entre las clases altas, tenemos a las conspiradoras que utilizaban las habituales formas de sociabilidad en salones y tertulias para tratar temas actuales o fraguar planes independentistas. Entre las clases populares, en cambio, encontramos un colectivo de mujeres que recibe denominaciones según la zona: rabonas, troperas, juanas o guarichas. Fueron combatientes, espías o correos, pero, más que un impulso patriótico, parece haberlas guiado el cumplimiento de su deber tradicional. No en vano, al servicio de sus maridos, amantes, padres o hijos, se encargaron de cocinar, lavar o remendar, cubriendo así unas necesidades que nadie en su sano juicio hubiera confiado a una administración militar.

Las “seductoras”, por su parte, procuraban que un enemigo o varios se pasaran al propio bando. No hablamos necesariamente de sexo, aunque tampoco podemos excluirlo. Una “seductora”, en este contexto, es alguien que hace proselitismo entre el enemigo para convencerlo de que cambie de bando. “Seducir”, en el lenguaje de la época, significaba convencer, engañar, manipular.

Una mexicana que brilló como “seductora” fue Carmen Camacho. Su táctica consistía en invitar a los soldados realistas a beber, mientras bromeaba y coqueteaba con ellos. Cuando el alcohol soltaba las lenguas, llegaba el momento de preguntarle a los hombres sus pronósticos acerca de la guerra. Así averiguaba su sentir ideológico y aprovechaba entonces para defender con vivos colores la superioridad del bando rebelde. Al mismo tiempo, prometía ascensos y tierras a los que pasaran a colocarse del lado de los patriotas.

La historia nacionalista ha ensalzado a las que se sacrificaron heroicamente por su país. Pero si atendemos el día a día encontramos toda una gama de matices, en la que el idealismo patriótico pugna con las consideraciones pragmáticas y prosaicas de la supervivencia. Una madre de familia podía tener sus preferencias políticas, pero lo más probable es que priorizara el bienestar de los suyos. Las mujeres demostraron su fortaleza en circunstancias muy complicadas, pero también se sirvieron con habilidad y astucia de los tópicos que las presentaban como seres desvalidos. Por ejemplo, cuando exponían una reclamación ante las autoridades, al solicitar las pensiones económicas a las que tenían derecho como esposas o parientes de los héroes caídos en el campo de batalla.

El camino de la libertad

Entre las muchas heroínas del momento sobresale Mariana Rodríguez del Toro. Ella y su esposo, el acaudalado empresario Manuel Lazarín y Lazo de la Vega, copropietario de la mina más rica de Nueva España, se movían en los ambientes de la alta sociedad, con amistades encumbradas, como el mismísimo virrey Iturrigaray.

El matrimonio, sin embargo, tenía un lado menos confesable. Como partidarios de la autonomía de México, los cónyuges intervenían en conspiraciones. Por ello, instaron al virrey a que encabezara un gobierno de la Colonia, pero Iturrigaray acabó depuesto por un golpe el 15 de octubre de 1808 en el que los peninsulares lo apresaron acusándolo de traición a la metrópoli.

Durante la represión política de los meses posteriores, Mariana y su esposo procuraron no hacerse notar. Como mucho, organizaron alguna tertulia “literaria” en la que los criollos disidentes trataban temas políticos. 1810 pareció el momento de pasar de las palabras a los hechos, y se preparó una rebelión armada. Por entonces, la Regencia de Cádiz, el organismo encargado de gobernar España durante la cautividad de Fernando VII en Francia, nombró a un nuevo virrey con justa fama de inflexible, Francisco Xavier Venegas. Su llegada a Veracruz aceleró los proyectos insurgentes: el cura Miguel Hidalgo se alzó en la madrugada del 16 de septiembre.

Mariana Rodríguez del Toro y Miguel Lazarín no dudaron en apoyar a Hidalgo, ya fuera con dinero o recogiendo información sobre los movimientos del ejército realista. El lunes santo de 1811 tenían que presidir otra de sus reuniones sociales. A eso de las ocho y media de la noche llegaron malas noticias: los españoles habían capturado a Hidalgo. En medio del desánimo general de sus invitados, Mariana propuso un plan audaz para liberar al ilustre prisionero. Sugirió secuestrar al Virrey y canjearlo por el cura. Nuestra heroína no consiguió que los asistentes mostraran un entusiasmo excesivo, así que trató de enardecerlos apelando a su hombría. La conspiración se puso entonces en marcha, pero acabó por venirse abajo. Mariana no delató a ninguno de sus compañeros, pero ellos sí que la señalaron como líder del plan. Pasó, como su marido, los siguientes nueve años en la cárcel.

Una de las damas que asistía a sus tertulias fue Leona Vicario, destinada a adquirir un protagonismo extraordinario por su apoyo a la emancipación. Era la hija única de Gaspar Martín Vicario, un acomodado comerciante español, y Camila Fernández de San Salvador y Montiel, aristócrata indígena. Por la diversidad de sus progenitores Leona tuvo una educación europea, con incidencia en los clásicos grecolatinos y autores dieciochescos como Feijoo. Su formación resultó igualmente esmerada en la cultura prehispánica: además del náhuatl, aprendió historia, literatura y ciencia.

Cuenta Genaro García, uno de sus biógrafos, que acostumbraba a reunir en su domicilio a partidarios de la independencia. Durante la velada se entusiasmaba tanto que salía a la ventana a gritar: “Vivan mis hermanos los insurgentes”. Sus propios compañeros, en más de una ocasión, tuvieron que refrenar su pasión desbordante por la libertad patria. Leona también contribuyó a su causa como eficaz espía. Al proporcionar noticias a los jefes insurgentes evitó victorias decisivas de las fuerzas realistas. Esas informaciones las adquiría a base de una importante inversión tanto en dinero como en riesgo. De esta forma, se convirtió en un conducto que utilizaban los patriotas para comunicarse entre sí.

Tampoco faltaron las que lucharon en el campo de batalla. Un centenar de mujeres, armadas con piedras, cuchillos y garrotes, tomaron el cuartel de San Andrés Miahuatlán. Ese día los partidarios del Rey perdieron, además de papeles judiciales, las armas que allí se custodiaban. Por otra parte, María Fermina Rivera acompañó al combate a su esposo, el coronel patriota José María Rivera. No se limitó a cuidar a los heridos, también tomó el fusil y demostró el mismo valor que cualquier luchador experimentado.

El compromiso con la independencia no salió gratis. Supuso, en muchas ocasiones, arriesgarse a la represión realista, lo cual significó la prisión e incluso la pena de muerte. Muchas veces las perseguidas no lo fueron por sus actos, sino por su parentesco o relación de pareja con un rebelde. De esta forma se ejercía una presión intolerable sobre el insurgente para propiciar así su rendición y la petición de indulto.

Las enemigas

Una historia de la mujer durante el periodo de la independencia no estaría completa sin las que lucharon a favor de España. En México encontramos a las “patriotas marianas”, un grupo de gran visibilidad que, en su momento de mayor auge, llegó a reunir a dos mil quinientas. Mientras los hombres se alistaban en favor de Fernando VII, ellas se ocupaban de velar por turnos a la Virgen. Con el tiempo su entusiasmo se enfrió y muchas prefirieron pagar a una sustituta, a una mujer pobre pero piadosa que podía ganar algún dinero sin ver en entredicho su decencia.

Un impreso de 1811, titulado Leva sagrada de patriotas marianas, propone a las mexicanas formar un ejército espiritual, puesto que sin el cumplimiento de los valores cristianos de nada sirven en la guerra las tropas numerosas y las armas superiores. La independencia, desde esta óptica, es el castigo de un Dios irritado con la vida ociosa y frívola de las mujeres, artífices de excesos que se habrían originado con Eva y no acabarían hasta el fin de los tiempos. Si deseaba redimir estos pecados, la población femenina debía olvidar “los mal fundados derechos”. Para evitar el desastre, no quedaba otro remedio que la oración, en grupos de tres mujeres, vela en mano, durante casi una hora en el día del mes establecido. Así, el “devoto sexo” cumplía con su obligación mientras los hombres corrían al campo de batalla.

Las “patriotas marianas”, en realidad, se dedicaron a mucho más que rezar. Contribuyeron a la propaganda monárquica con panfletos a favor de Fernando VII y se dedicaron al acopio de fondos y la asistencia social, ayudando a las esposas de los soldados realistas.

Derechos sin reconocer

Constituidas las nuevas repúblicas, las mujeres regresaron al espacio doméstico en un mundo configurado a partir de parámetros masculinos. Por contradictorio que parezca, bajo los nuevos gobiernos republicanos tuvieron menos derechos que en la época colonial. Evelyn Cherpak, gran conocedora de la época, escribió que “los códigos civiles formulados por los hombres en la época posterior a la independencia tendían a restringir y no a ampliar los derechos de las mujeres en muchos aspectos en la América del Sur”.

Las repúblicas, en búsqueda de legitimidad política, organizan sus respectivos cultos a los héroes patrióticos: Francisco de Miranda, Simón Bolívar, etc. Entre los que son de verdad importantes, no aparecen mujeres. Ellas no están enteramente ausentes, pero, por lo general se las relega a una función secundaria. De todas formas, serán las únicas americanas que cuenten con una presencia pública en el siglo XIX. Como señala Barbara Potthast no fue el feminismo, sino la búsqueda de símbolos nacionales “lo que elevó a algunas mujeres al panteón de los héroes de la nación”. Dichos modelos ofrecían un ejemplo de virtud y de valores femeninos que contribuyeron a reforzar los roles tradicionales de género.

(Nota editorial: la investigación completa alrededor de este tema pertenece al libro, del mismo autor, Las libertadoras, Bogotá, Crítica, 2018.)

 

Francisco Martínez Hoyos
Doctor en Historia. Autor de Breve historia de Hernán CortésLos españoles iban de gris y Kennedy, entre otros libros.