Para estas fechas patrias, ofrecemos el siguiente adelanto de Nuevas instrucciones para vivir en México (2019), la sexta antología de la editorial Gris Tormenta. En ella, veinte autores mexicanos y extranjeros —que viven o vivieron en México— reflexionan sobre los rasgos de nuestra sociedad actual. La interrogante y el título se inspiran de las columnas satíricas que publicaba Jorge Ibargüengoitia en Excélsior entre 1969 y 1976, en las que criticó y perfiló al mexicano de entonces.

En el siguiente texto Antonio Ortuño —otro de los invitados a la antología— medita sobre unos versos indescifrables de Jorge Negrete y recuerda un festival escolar de su infancia. Al igual que Ibargüengoitia, Ortuño observa con asombro y recelo la idiosincrasia mexicana que, al parecer, poco ha cambiado en estas cinco décadas.

Hace treinta años, cuando era estudiante de una primaria federal (la 129 de Zapopan, si queremos ser precisos), unos compañeritos míos bailaron una canción típica en el festival del 10 de mayo, es decir, el del Día de las Madres (eran tiempos más píos que estos y aún nadie había puesto en duda que las madres fueran seres felicísimos, y los mocosos, criaturas adorables). Iban vestidos como charritos, los unos, y chinas poblanas, las otras (tampoco habíamos llegado al punto de poner esto en cuestión: cosas de la inercia). La cosa salió bien: los chamacos cosecharon palmas de parte de los padres de familia y así se ganaron las envidias de nosotros, el resto de los niños, que no sabíamos bailar ni teníamos trajecitos regionales a mano. Creo que ese tipo de numeritos ya se extinguió en las escuelas (me parece que ahora se espera que el alumno promedio programe apps para salir del hoyo), pero recordar el que montaron mis amigos hace tres decenios me puso meditabundo.

La canción que acompañó aquel zapateo era famosa. La entonaba Jorge Negrete (quien llevaba ya muchos años muerto, desde luego, pero aún triunfaba en la radio y los acetatos) y llevaba por título Me he de comer esa tuna. ¿Qué tiene de especial la dichosa pieza? Pues que su letra es un galimatías digno de Alicia en el país de las maravillas. Es decir, puro delirio. Repasémosla. La copla comienza por afirmar una tragedia y profetiza sus consecuencias inmediatas: “Ya se cayó el arbolito donde dormía el pavorreal: ora dormirá en el suelo como cualquier animal”. Y no se conforma con eso, sino que se pone aún más rara: “La águila [sic], siendo animal, se retrató en el dinero”. Esta frase, que tiene un error de concordancia notable, en el fondo resulta bastante misteriosa, porque, enseguida y en aparente contradicción del triunfo consignado, coloca al ave en una perspectiva de sumisión desoladora: “Para subir al nopal pidió permiso primero”. Nunca he tenido la menor idea de qué quiere decir esto. ¿Significa que una bestia irracional puede aspirar a la gloria, pero solamente si la dejan? ¿Será que todo en la vida es cochupo y pudrición y no se salvan ni las águilas, pese a que tienen fama de imperiales?

Luego, como quien no quiere la cosa, la canción dictamina la única verdad de su contenido: “Guadalajara en un llano, México en una laguna”, que, sin embargo, repentinamente vira del naturalismo geográfico al voluntarismo schopenhaueriano para concluir la estrofa con un: “Me he de comer esa tuna, aunque me espine la mano”, que parece ser la frase con la que un charro cualquiera le informa a la dueña de sus quereres que, aunque se le ponga rejega, él se le impondrá (y nos lleva a reflexionar, naturalmente, que el carácter alardeante y acosador del mexicano tiene raíces muy profundas).

La cosa, como no podía ser más, empeora. Negrete (o, bueno, el compositor de la pieza, atribuida a don Luis Martínez Serrano) se nos pone confesional, aunque en realidad su confidencia no parece corresponder en absoluto al calificativo negro que se atribuye: “Dicen que soy hombre malo, malo y mal averiguado porque me comí un durazno de corazón colorao”. Luego, sin solución de continuidad, volvemos al águila que pidió permiso y fue exaltada a las monedas. El desconcierto, faltaba más, se vuelve irremediable. La gran filóloga Margit Frenk, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, intitulado Charla de pájaros o las aves en la poesía folklórica mexicana, manifestó su asombro al respecto:

Si nos detenemos a analizar esta famosa copla, debemos confesar que no entendemos nada: ¿por qué, siendo animal, el águila fue y se tomó la foto? ¿Por qué “se subió” al nopal, si se supone que llegó a él volando? Y, sobre todo, ¿a quién o por qué tuvo que pedirle permiso? Si no tiene otro misterio —por ejemplo, que ya estuviera de por medio el congreso estadounidense—, detrás de esta copla adivinamos a un inventor burlón, que fabula a su arbitrio y nos lleva tras sí.

Tampoco tiene explicación el hecho de que, cuando terminó aquel festival escolar que referí al principio, los celosos y cizañosos que habíamos quedado al margen le cayéramos a sapes entre todos al principal bailarín y le echáramos el sombrero de charro por encima de la barda (en la finca de al lado vendían pollos fritos). Ni que él, en respuesta, nos persiguiera por el patio de la escuela agitando un machete que resultó ser de verdad, y milagro que no nos cortara una mano. O la cabeza.

Nada: si Margit Frenk no pudo encontrar luz en este tema, pues quién es uno para pretenderlo.

 

• V.v. a. a., Nuevas instrucciones para vivir en México. Veinte autores ensayan alrededor de Jorge Ibargüengoitia y las peculiaridades de nuestra vida contemporánea, prólogo de Guillermo Núñez Jáuregui, Querétaro, Gris Tormenta, 2019, 160 p. Los autores aquí recopilados son Jazmina Barrera, Ana V. Clavel, Jorge Comensal, Yuri Herrera, Tedi López Mills y Daniela Tarazona, entre otros.

 

Antonio Ortuño
Periodista y escritor. Es autor de novelas y cuentos, como El jardín japonés, La vaga ambición, Recursos humanos y, recientemente, Olinka. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

 

 

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