Como parte de la actual revaloración historiográfica de la vida y obra de Humboldt, el siguiente ensayo ilumina el camino tortuoso que tuvo que recorrer su colección y reivindica su trabajo como obra colectiva y bulliciosa, contraria a la de un héroe y científico solitario.

Cómo mover una colección a través del Huancabamba … y luego a través del Atlántico

A mediados de agosto de 1802, Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland vadeaban el Huancabamba —en el actual Perú—, un río estrecho pero de corriente fuerte y traicionera, que amenazaba a cada rato con llevarse sus mulas cargadas de objetos recolectados a lo largo de un año.1 Desde comienzos de 1801, los viajeros avanzaban a paso lento hacia el sur, de Cartagena de Indias a Santa Fé de Bogotá y Quito y luego, siguiendo de cerca la impresionante red de carreteras y puentes que había articulado el poderoso imperio de los incas, a Loja, conocida por sus plantas de quinina, a Cajamarca, célebre nodo de dicho imperio, y a Hualcayoc, con sus  minas de plata, para finalmente llegar a Lima. A finales de 1802, se dirigían al puerto de Acapulco, en la costa del Pacífico de Nueva España.

Pero no nos adelantemos; volvamos a ese día, al borde del río, cuando Humboldt esperó veintisiete veces, en inquieto suspenso, que las veinte bestias de carga cruzaran una y otra vez el rápido Huancabamba. Un paso en falso, una roca inestable y las colecciones de un año serían barridas: dibujos y notas sobre la Cinchona, fruto de largas conversaciones con el botánico Celestino Mutis en Bogotá; explicaciones del calendario de los muiscas de la Nueva Granada, por el padre José Domingo Duquesne; sus primeras observaciones sobre la geografía vegetal, enriquecidas por las de José Francisco Caldas; rocas, plantas, animales y algunas antigüedades; mediciones y anotaciones de su ascenso al Chimborazo; descripciones y bocetos de ríos, senderos, volcanes, minas y vestigios prehispánicos, con glosas de leyendas locales sobre tesoros enterrados y sobre el regreso de los incas. Desde la distancia de más de dos siglos, esperemos junto a Humboldt a que la caravana de bestias y arrieros naveguen a través de un mundo de conocimiento, con precaución, una mula a la vez, un fragmento de los Andes a la vez.

Vista del Chimborazo, Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique, 1810, F. Schoell publisher. Cortesía de: Beinceke Rare Book and Manuscript Library, Yale University, Folio Q115 H84 1A.

Biógrafos y pintores han imaginado a Humboldt como un héroe solitario: un aventurero escalando montañas y cruzando selvas; un erudito aislado inventando un nuevo mundo en la intimidad de su gabinete. Hay una suposición de que los especímenes y notas que Humboldt recogió durante sus viajes americanos fueron, para tomar prestado un término del filósofo Bruno Latour, los “móviles inmutables” —es decir, objetos que se mantienen estables a través de lugares y contextos distintos—, las pruebas confiables de realidades naturales y humanas del otro lado del Atlántico, que Humboldt, de regreso en Europa, clasificó, ordenó y disciplinó a lo largo de treinta volúmenes de la edición francesa de su Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent y de numerosas otras ediciones. Los cráneos humanos extraídos de una cueva del río Orinoco, para angustia de sus guías indígenas, se convertirían en pruebas de la distribución de razas humanas; los paisajes andinos, de las estructuras botánicas y geológicas de la tierra; las antigüedades americanas, de la evolución de la humanidad.

Sin embargo, el nerviosismo de Humboldt al borde del Huancabamba nos dice que ningún objeto ha sido nunca un “móvil inmutable”, prueba, por sí misma, de las obras de la naturaleza o del hombre. Si Humboldt está preocupado, es, precisamente, porque los objetos mutan. No tienen estabilidad material u ontológica: se pueden romper, destruir, borrar, perder, barrer, robar, disputar u ocultar, en cualquier momento. Las tumultuosas aguas del Huancabamba son un recordatorio de lo que está en juego cuando una colección se traslada, no solo geográfica —de un lado del río a otro, de América a Europa—, sino también lingüística y conceptualmente. Lejos de ser la empresa de un erudito solitario, la ciencia humboldtiana era colectiva y bulliciosa, social y materialmente densa, asunto de mulas y arrieros, de guías indígenas con conocimientos profundos de senderos y cursos de ríos, de barcos, capitanes de barcos, burócratas, funcionarios de aduanas, traductores, impresores, editores y otros estudiosos. Sin embargo, las dimensiones sociales de la ciencia de Humboldt, especialmente sus experiencias en los lugares más relevantes para las ciencias en las Américas, han permanecido en gran medida inexploradas.

“Boceto del Valle del Cauca” de Armas a Buga, del diario de Aimé Bonpland. Cortesía de la John Carter Brown Library, Brown University.

Los círculos iluminados del Nuevo Mundo o los archivos de Humboldt

En enero de 1803, Humboldt y Bonpland llegaron a Acapulco, puerta hacia las Filipinas y China. De allí viajaron hacia el norte, a través de la Sierra Madre, deteniéndose en lugares como el distrito minero de Taxco, antes de llegar a la Ciudad de México. Humboldt y Bonpland pasarían unos meses en la vibrante ciudad de los palacios, como también era conocida la capital de la Nueva España, visitando academias, salones, laboratorios y gabinetes, socializando con las élites mexicanas y organizando excursiones a ruinas cercanas y a lugares de interés geológico. Contrariamente a la leyenda negra que ha retratado a la monarquía española como ignorante, ineficiente y bárbara, la corona tenía un control estricto sobre sus colonias del Nuevo Mundo. En el siglo XVI produjo elaborados cuestionarios e instrucciones para recabar información precisa y detallada y, en última instancia, para asegurar un uso más eficiente de las riquezas naturales y culturales de sus dominios. A mediados del siglo XVIII estos esfuerzos aumentaron significativamente mediante expediciones científicas y la promoción de las ciencias en contextos locales. España desarrolló las artes de la burocracia —es decir, los mecanismos y estrategias para recopilar, organizar y guardar información— antes de cualquier otro estado europeo y se jactaba de extensos archivos sobre gran variedad de temas. La expedición de Humboldt al Nuevo Mundo  fue tan sólo una de las últimas expediciones científicas a las colonias españoles en América; por lo tanto, el prusiano pudo acceder a la información generada en el curso de expediciones anteriores, a personas que habían ayudado a producirla y a instituciones creadas expresamente para sistematizarla y centralizarla.

Anguila eléctrica, grabado por Leopold Müller, en base a dibujo de Humboldt. Cortesía de: John Carter Brown Library, Brown University.

En la Nueva España, Humboldt quedó debidamente impresionado con la Escuela de Minería, con sus hermosas colecciones de física, mecánica y mineralogía.2 Ahí se reencontró con Andrés Manuel del Río, autor de un importante libro sobre mineralogía, Elementos de La Orictognosia,  a quien había conocido en la Escuela de Minas de Freiberg. Como muestra de su amistad, del Río le regaló la famosa celta de jadeíta que se perdió en la Segunda Guerra Mundial. A unos cuantos pasos de la Escuela de Minería, en los recintos del palacio virreinal, se encontraba el Jardín Botánico, “pequeño pero extremadamente rico en producciones naturales raras”, de “mucho interés para el comercio o la industria”.3 Humboldt también tomó nota de la Real Academia de San Carlos, donde —pensó— tendría sentido exhibir antigüedades mexicanas, junto a la nutrida colección de moldes griegos y romanos.4 Al momento de su visita, la Ciudad de México era un museo arqueológico al aire libre, con antigüedades prehispánicas por todas partes, fungiendo como elementos estructurales o decorativos de edificios y puentes. Pero no todo se encontraba a simple vista. Para ver a la Coatlicue —excavada una década antes en la Plaza Mayor y enterrada de nueva cuenta al poco tiempo en un esfuerzo por extirpar supuestas idolatrías indígenas—, el viajero obtuvo apoyo de las autoridades virreinales.

Humboldt también visitó colecciones privadas, donde estudiosos criollos y peninsulares socializaban en torno a las antigüedades y a la naturaleza. Admiró la colección de Fausto de Elhúyar, director de la Escuela de Minería, y quedó impresionado con el gabinete de Ciriaco González de Carvajal, magistrado de la Real Audiencia, quien poseía “colecciones orictognósicas y geológicas muy notables” y un “excelente gabinete de conchas, formado durante su estancia en Filipinas”.5 González de Carvajal también fue un ávido coleccionista de antigüedades y promotor de las Reales Expediciones Anticuarias, que se estaban organizando en el momento de la visita de Humboldt a la Nueva España. Guillermo Dupaix, quien dirigió las expediciones entre 1806 y 1809, fue tal vez de los informantes más importantes de Humboldt sobre el pasado prehispánico de México. De origen flamenco, Dupaix había estado documentando y coleccionando artefactos antiguos desde su llegada a la Nueva España una década antes; Humboldt integraría las notas y observaciones de Dupaix en su propios escritos sobre las antigüedades americanas.

Estos fueron los círculos inmediatos que hicieron posible que Humboldt reuniera objetos e información sobre el Nuevo Mundo. Al regresar a Europa llevaba con él, no tanto fragmentos de una realidad desconocida, sino objetos producidos a través de procesos de traslado, intercambio e interpretación. Sus publicaciones constituían una traducción más —entre tantas otras—, que aspiraba a hacer legibles las realidades naturales y culturales de las Américas desde los lenguajes y las categorías de la ciencia europea del siglo XIX.

Diosas mexicanas y egipcias: hacia una ciencia universal del hombre

Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique (1810-1813), el llamativo álbum de Humboldt de sesenta y nueve “vistas” de “monumentos” naturales y artificiales, se abre con un grabado de la escultura de una “sacerdotisa azteca” de la colección de Guillermo Dupaix (fig. 4). La “sacerdotisa” le recuerda a Humboldt las representaciones de deidades en el mundo clásico. Su tocado, piensa, es como el de la estatua griega de Isis que vio en la Villa Ludovisi en Roma, en su viaje a Italia, poco después de regresar de América. Su cabeza se parece, además, a aquéllas incrustadas en los capiteles de las columnas del Templo de Hathor en Dendera, Egipto.

¿Cómo interpretar las lecturas de Humboldt sobre la “sacerdotisa azteca” a través de objetos del Viejo Mundo? Es una estrategia analítica muy presente a lo largo de la obra de Humboldt, como cuando compara, por ejemplo, el calendario muisca y el azteca con los calendarios de los tibetanos y los egipcios. El antiguo Egipto había sido un punto de referencia para los cronistas del Nuevo Mundo desde que los artefactos exóticos de las Américas comenzaron a circular en Europa en el siglo XVI. Pero, en el siglo XIX, después de las campañas de Napoleón en el norte de África —en las que el joven Alexander había querido participar—, tales comparaciones se estaban llevando a cabo en un contexto de interés popular y académico sin precedentes en todas las cosas egipcias.

“Sacerdotisa azteca”, en Researches concerning the institutions and monuments of the ancient inhabitants of America (translation of Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique), London, Longman, Hurst, Rees, 1814. Cortesía de: John Carter Brown Library, Brown University.

Más allá de estas circunstancias inmediatas, Humboldt miró hacia Egipto, en particular hacia la categoría de estilo, con el fin de encontrar el sentido, no sólo de las antigüedades prehispánicas que se presentaban ante sus ojos como una “multitud de formas extrañas y fantásticas”,6 sino también, más ampliamente, de las civilizaciones que dejaron tales vestigios. Medio siglo antes, el historiador de arte Johann Joachim Winckelmann había postulado que el arte evoluciona, de manera uniforme, a través de estilos de representación de la figura humana. Para Winckelmann, los griegos alcanzaron el estilo perfecto con su representación del desnudo masculino; en esta historia evolutiva, los egipcios y los etruscos lograron producir preludios imperfectos, mientras que la estatuaria romana fungió como un momento final del periodo cuando el arte llegó a su apogeo. Basándose en la idea de Winckelmann, Humboldt propuso que la “tosquedad de estilo y la falta de corrección” de las antigüedades americanas —es decir, su desviación del ideal clásico de la figura humana— eran efecto, por un lado, de la ausencia de libertad individual y, por el otro, de factores climáticos y geográficos, particularmente, del estado de guerra perpetua que enfrentaba a los pueblos americanos contra “una naturaleza perennemente salvaje y agitada”.7 Al juntar monumentos naturales con monumentos de los pueblos indígenas en un solo libro, Humboldt ve la forma de las antigüedades a través de la masiva topografía americana: “volcanes con sus cráteres rodeados de nieve eterna […], valles con sus flancos surcados, imponentes cascadas”.8 Aunque pensaba que las antigüedades americanas carecían de valor estético, Humboldt no las consideró “indignas de atención”.9 Al igual que los artefactos producidos por los egipcios, los etruscos o los tibetanos, los vestigios americanos serían particularmente valiosos como objetos epistemológicos al “ofrecer a nuestros ojos una imagen de la marcha uniforme y progresiva del espíritu humano”.10

Mediante la práctica de una antropología de la diversidad —para usar la expresión acuñada por Marie-Noëlle Bourguet— Humboldt creó un lugar para el pasado antiguo del Nuevo Mundo en la historia universal de la humanidad y contribuyó a que sus vestigios adquirieran sentidos epistemológicos, comerciales y políticos. Humboldt llevó consigo pocas antigüedades americanas a Europa. Vues de cordillères, sin embargo, pronto se convirtió en referencia obligatoria para el estudio del pasado antiguo de América.

Un parlamento de cosas

Regresemos, por última vez, a la imagen de Humboldt en el borde del Huancabamba, para preguntar, una vez más, cómo se transmiten las cosas de un lugar a otro, de los Andes a museos en Berlín, de los salones de la Ciudad de México a sus Vues des cordillères. ¿Tiene sentido seguir estudiando y mostrando objetos de ciencia y de colección como ontológicamente puros y estables y no como el ensamblaje de la variedad de actores, humanos y no humanos, que los transportan y traducen?

Hace más de una década, Bruno Latour (2005) reflexionó sobre la palabra Ding como raíz común para decir “cosa” y “parlamento”. Describe específicamente el Thingvellir, parlamento islandés, que celebró sus asambleas, entre los siglos X y XIII, en el espacio de encuentro de las placas tectónicas americanas y euroasiáticas, donde se reunían por igual legisladores, para disponer el orden entre personas y cosas, y la gente común, comerciantes, artesanos, artistas, para intercambiar bienes. El cuerpo político —nos recuerda Latour—, es “grueso con objetos” y la gente se reúne alrededor de éstos, no porque sus significados sean fijos, sino porque sus significados preocupan y dividen a sus usuarios.11

Humboldt no sabía de la tectónica de placas. Pero, al igual que el Thingvellir en Islandia, donde Europa se encuentra con América, sus escritos son espacios para el montaje, sitios para la conversación y el desacuerdo sobre maneras de ver, conocer, nombrar y usar objetos. Es hora de que prestemos atención a la poética y la política que conforman e informan la ciencia de Humboldt, no sólo por curiosidad anticuaria o placer histórico, sino porque es más urgente que nunca reconocer que los objetos siguen siendo asuntos de preocupación: críticos, densos, vibrantes, locales, globales. Necesitamos hoy, como en los viejos tiempos islandeses o en los libros de Humboldt, parlamentos para hacer posible el encuentro y la expresión de múltiples afectos y formas de uso de las cosas que nos constituyen como cuerpo político.

 

(Nota editorial: este texto es una versión en español de una conferencia que dictó la autora en el Humboldt Forum en Berlín con la ocasión del aniversario 250 del nacimiento de Humboldt.)

 

Miruna Achim
Profesora-investigadora de la UAM-Cuajimalpa, sus investigaciones han abordado la historia de las ciencias, con particular interés en su cultura material. Su libro más reciente es: From Idols to Antiquity: Forging the National Museum of Mexico (2017).


1 Alexander von Humboldt, “The plateau of Caxamarca,” en Views of Nature, or contemplations on the sublime phenomena of creation, vol. 3, London, Henry Bohn, 1850, pp. 398-399.

2 Humboldt, Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, vol. 2, París, F. Schoell, 1811, p. 121.

3 Ibid., 123.

4 Ibid., 119.

5 Ibid., 146.

6 Humboldt, Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique, op. cit., p. 48.

7 Ibid., 3.

8 Ibid., 4.

9 Ibid., 2.

10 Ibid.

11 Latour, “From Realpolitik to Dingpolitik: and introduction to making things public”, en Making Things Public: Atmosphere of Democracy, Bruno Latour  Peter Weibel (eds.), Cambridge, MIT Press, 2005, p. 6.

 

 

2 comentarios en “Los objetos de Humboldt: una colección para un mundo global

  1. Humboldt no era científico y tampoco se le puede considerar ciencia a su labor, simplemente porque ese es un término anacrónico. Humboldt fue naturalista. Uno de los más grandes que han existido.

  2. Hay un abismo entre el texto de Miruna y su comentadora Sofía. Me parece que M. ha descrito las intenciones y contexto de Humboldt de un modo ejemplar, como debe interpretarse la ciencia de ayer y de hoy. Es una respuesta valiente y educada a tanta palabrería ruidosa sobre ‘ojos imperiales’, y eurocentrismo, sobre romanismo prejuiciado, etc. No solo usó su viaje para hacer ciencia, recolectar datos y divulgar sus conocimientos a todo el mundo, sino para ‘apreciar’ la civilización prehispánica e hispánica. Lucharía contra los prejuicios europeos sobre el arte y la naturaleza sociedad americanas, defendería la ciencia ‘virreinal, conectará entre sí sabios mundiales y locales, y se divirtió de manera ejemplar. Hurra por Miruna!