Una exposición sobre Toledo cobra un nuevo sentido después de su muerte y nos permite asomarnos a una parte vital de su trabajo artístico y comunitario.

El caparazón del crustáceo, las alas extendidas del murciélago, el cuerpo abultado del sapo, el pene que se asoma erecto en tantos de estos animales, el esqueleto del insecto que en esa forma particular de representarlo evoca en algo al nuestro. Sin necesidad de una ficha, casi todos podemos reconocer una obra de Francisco Toledo tras haber visto la primera. Tienen un sello distintivo: las habitan animales que se han tornado mitológicos y atemporales a partir de una mirada sensible e inventiva. Aunque el abanico de técnicas que Toledo trabajó fue muy amplio, la pintura, el grabado, la escultura y una exploración riquísima de la artesanía siempre manifiestan su presencia.

Quizás se debe a los motivos animales, al uso del esténcil o a la forma inusual en la que trabaja materiales como la lana, pero si estamos parados frente a una obra de Toledo, es difícil no fijarse en el diálogo entre la composición completa y algún detalle. Ese acto tan sencillo de detener nuestra atención en algo y fijarnos nos confirma la existencia. Frente a una pieza artística, se genera un momento singular en el que nuestra manera de fijarnos se entrecruza con órdenes visuales e imaginarios que ha cartografiado alguien más. Se abre un intersticio y tenemos el privilegio de asomarnos en lo que un artista, en este caso Toledo, ha visto.

Con un énfasis particular en el trabajo que realizó con artesanos y en el diseño de objetos con una veta cotidiana o decorativa, la exposición Toledo ve en el Museo Nacional de las Culturas Populares en Coyoacán nos descubre el trabajo del artista y alude a sus procesos creativos. La exposición presenta una selección de varias décadas de su trabajo en el que podemos observar la evolución artística del crador recién fallecido. En lo particular, decisiones curatoriales como presentar una caja de jitomates frescos debajo de los cuadros que los incluyen o una silla tejida a lado de algunas piezas que usan el mismo material del asiento intervenido con pintura metálica, muestran un atisbo de la relación particular y compleja que ataba al artista con la realidad.

Uno de los papalotes diseñados por Francisco Toledo y elaborados con papel del taller Arte Papel Vista Hermosa. Fuente: Centro de las Artes de San Agustín Etla (Casa)

Hay varias coreografías para nuestra mirada en la exposición. Algunas son muy espectaculares, como la que se crea con el uso de las puertas metálicas exhibidas, y sobre todo con una de ellas que es un gigantesco conjunto de telarañas a la mitad de la sala. Esta misma sensación expansiva de la dimensión estética de objetos cotidianos vuelve en la manera en la que está exhibida una gran colección de joyería —cientos de insectos delicadamente recortados a láser en papel, decorados con tonos metálicos y terrestres. Una de estas pulseras por sí sola ya es bastante interesante, pero poder ver tantos collares y pulseras juntos al mismo tiempo genera una especie de mural maravilloso. Algo parecido sucede con los enormes tapetes que protagonizan serpientes y gusanos.

Una de estas instrucciones para nuestra mirada, que la museografía va suscitando, funciona de una manera bastante sutil, pero sugerente. Al comienzo de la exposición, si miramos al techo vemos los tan celebrados papalotes que Toledo elaboró para protestar contra la desaparición de los 43 estudiantes. El techo no es tan alto y podemos observar sin hacer ningún esfuerzo los rasgos distintivos de los retratados en cada uno de los papalotes. Un poco más adelante, prácticamente a la mitad del recorrido, encontramos otra vez papalotes, pero en este caso son los que Toledo pintó a mano sobre el papel que se produce en el taller artesanal Arte Papel Vista Hermosa de San Agustín Etla. Pulpos estirando sus tentáculos, un saltamontes sobre una rebanada de manzana, changos malabaristas y guajolotes decoran estos objetos que tienen otro tono muy distinto al primero. Los papalotes que pintó Toledo son los más caros, pero el taller artesanal también vende otros, que se producen a partir de los diseños que el maestro ha ido regalando, en un gesto renovado de apoyo a la cooperativa que él mismo impulsó. A pesar del contraste entre las fotografías impresas y los diseños coloridos, en los dos tipos de papalotes de la exposición surge la evidencia de cuánto le preocupaba la justicia y la dignidad humana a este hombre elusivo y de mirada excéntrica.

Con esta exposición de Toledo dialoga una selección pequeña de joyería de papel, en otra sala del museo. Se muestra el trabajo de Kiff Slemmons, una artista estadunidense que Toledo contactó para invitarla a trabajar con los artesanos del taller de papel antes mencionado. Toledo la convenció de donar sus diseños para que los artesanos los elaboraran y los vendieran. Este tipo de gestos, en los que Toledo tejía lazos a favor de los oaxaqueños, son tal vez lo más admirable de su quehacer artístico. ¿Cómo no admirar el compromiso que tenía por su estado natal y el cariño profundo que le tenía a la comunidad? ¿Cómo no lamentar que ya no está? ¿Cómo llenar el vacío que deja su muerte en nuestro país? Una exposición como Toledo ve era hace apenas unos días tan sólo una revisión aguda de su trabajo. Hoy, tan de repente, mirarnos en Toledo ya es una evocación nostálgica, y Toledo ve, una de las primeras semillas en el proceso de valoración de su enorme legado artístico.

Toledo ve, Sala Guillermo Bonfil Batalla, Museo Nacional de Culturas Populares, del 3 de julio al 10 de  noviembre de 2019.

 

Paulina Morales
Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.