Querido Francisco:

Hay orfandades naturales y las hay  elegidas. Perder a los padres rompe ciclos y lacera. Perder figuras cuya sangre no es la misma duele de otra forma. Las orfandades escogidas, siempre pocas, rompen la vida. Golpean con fuerza y desordenan. Se van voz y figura, se fragmenta un espacio. Los días se desasean y finaliza la oportunidad de hablar con quien se quiere y necesita hablar.

La muerte siempre es, y será, un espacio sui géneris. Cuando aún no hay rastros de su presencia, i.e., enfermedades terminales, pocas veces alcanzan las palabras, los guiños y los  sollozos para destejer los incontables rincones de la muerte y aceptar su infinita presencia.

Ahora escribo en plural. Decirle adiós querido Francisco nos rebasa. Las orfandades hieren, paralizan; se llevan esperanzas y sepultan ciclos que no deberían finalizar. México sin Toledo será otro México. Oaxaca sin Toledo será diferente.

Hablar con usted era un regalo de la vida. Conversar sobre integridad significaba hablar sobre Toledo: “¿Cuántos premios ha rechazado?”, le pregunté en una ocasión: “No puedo aceptar nada que provenga del gobierno”, respondió. Hacia el final, antes de saber de la enfermedad que lo llevó a la tumba, solía comentar sobre su absoluta desesperanza en relación con nuestros políticos. Sus palabras traducían su dolor. Bregó, quizás como nadie, por su Oaxaca, por sus amores a la Tierra que lo parió y por su incondicional entrega donde más falta hacían sus manos, sus palabras, su altruismo.

Querido Francisco:

Las orfandades elegidas duelen de muchas formas. Nos hemos quedado sin su voz. Quienes tanto lo admiramos sabemos que la orfandad dolerá y tardará en disiparse. Hay muertes comprensibles y necesarias, y hay finales incomprensibles. La suya significa un enorme reto para quienes a su lado, pensamos como usted, acerca de la injusticia que cada día sepulta y corroe más a nuestra nación. Su muerte abre en México un enorme hueco. Asoma el vacío. Lo extrañaremos.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.