Esta carta hace una airada defensa de la más reciente producción de Quentin Tarantino, un elogio nostálgico y mordaz de la época dorada de Hollywood.

Estimado lector cinéfilo que encuentras tu nostalgia en la sonrisita bruta de un DiCaprio sesentero:

Recuerdo que, desde muy niño, me la pasé jugando con muñecos. Quién no. Me encantaba inventar melodrámaticas historias de acción con mis G. I. Joes y mis luchadores, mis caballeros del zodiaco y, cómo no, las Barbies de mi hermana Antonia —que siempre me regañaba por desnudarlas y hacerles crestas punk. Llegado el tiempo de espantos de la edad adulta me convertí en un cinéfilo de coctel con la consiguiente debilidad especial por el género de acción y esa inconfundible brillantina del cine pop: las diatribas de los gángsters y los vaqueros y el ritmo desenfrenado del cine de kung fu me devolvían a ese país del nunca jamás que es la infancia. Qué nostalgia por esos atascones de golosinas o pizzerolas y esas rebobinadas noventeras de los casetes del VHS con un tenedor para repetir una y otra vez las películas de Bruce Lee o los clásicos de la mafia italoamericana con sus emotivos baños de sangre y prognatas padrotes. Mi admiración desde aquellos años por el cine de Quentin Tarantino ha sido incondicional y sincera y, como era de esperarse, me formé para ver su nueva película con altas expectativas y para no quedarme fuera de todas las inmundas pláticas de sobremesa.

Para mí, estimado cinéfilo, Érase una vez en Hollywood fue como un colorido carrusel mecánico que meció mis fantasías y, al concluir la función, me quedé embelesado; entendí que mi infancia, gracias a Hollywood y a los G.I Joes, es una preciosa producción de masas. ¡Qué democratización mundial aquélla!

Y es que más allá del género, el tema y la manufactura de primer nivel —y de primer presupuesto—, los protagonistas tienen una potencia tan demoledora (como es costumbre en el gran Quentin) que dejarán boquiabierto hasta al más indolente y escéptico esnob. Se trata de dos héroes trágicos y solitarios, un par de cowboys modernos, un cruza especial de Don Quijote y Sancho con Tango y Cash situados en el lejano oeste de los estudios hollywoodenses. Por un lado está el adorable Rick Dalton, interpretado con una genialidad inaudita por Leonardo Dicaprio y su infaltable sonrisita bruta; Dalton es un narcisista frustrado por el inevitable ocaso de una carrera que empezó como vedette exclusiva, continuó como protagonista de spaghetti western y promete concluir como villano en películas de serie B. Es un tipo sensible, frágil y en constante conflicto existencial —¡cuánta profundidad, carajo!; sufre con desgarro la pesadilla inminente de convertirse en un Has been y sería capaz de desahogarse llorando en una sincera conversación con una pequeña actriz de ocho años. Por otro lado está su inseparable doble, chofer y amigo, Cliff Boot, un veterano de guerra sospechoso de haber asesinado a su propia esposa y que Brad Pitt interpreta con desenvoltura y la madurez de los mejores vinos. Dalton Boot es un hombre de acción que no piensa mucho antes de actuar: ya sea para subirse al techo de una casa y arreglar una antena sin los materiales apropiados, o bien para entrar en combate con Bruce Lee tras una banal discusión sobre el honor mancillado de Mohammed Ali. Hay ídolos que no se tocan, ni en su crepúsculo.

Estamos en Los Ángeles, una ciudad cuyos sudores y lágrimas giran en torno a la máquina de sueños del séptimo arte. Nos transportamos en deslumbrantes Mustangs, Porsches y Corvettes dejando atrás la aridez del paisaje, y nos adentramos en los sets de rodaje o en el condominio más lujoso de la capital californiana. Vemos desfilar un cortejo de estrellas que van desde ese arrogante Bruce Lee hasta un Steve Mcqueen viril y silencioso. Somos vecinos de Roman Polanski y Sharon Tate, esa pareja perfecta del jetset que sufrió la tragedia más retorcida de la época, a manos de los despiadados discípulos enfermitos de Charles Manson. Estamos en 1969, avistamos de lejos una contracultura bastante chic —nunca fueron términos contradictorios, amigos (lo sé, es triste)— encarnada en la figura de hermosas hippies californianas de la highschool que piden aventón en las encrucijadas (y que, por supuesto, me remiten a las Barbies de mi hermana Antonia, cuando yo las dejaba bien tatuadas con esmalte para uñas).

Así es, querido cinéfilo que ya te haces chavorruco, el relato que nos cuenta Tarantino es fabuloso no solo por su título sino porque pone en jaque a la historia oficial (lo que “realmente sucedió”, sea lo que sea que eso quiera decir). Sus pistas ambiguas y sus flashbacks suspensivos juegan magistralmente con las expectativas del público. Probablemente habrá en la sala hombres llorando, abuelos riendo y mujeres babeando con este banquete visual y sorpresivo (por cierto: ¡todos estos verbos pueden intercambiarse a beneficio de su corrección política!). De hecho, incluso un gran lector de la novela policíaca como yo, que conozco al dedillo los falsos indicios en los libros de Arsène Lupin, Sherlock Holmes y Filiberto García, nunca hubiera sospechado el giro dramático y el sadismo sutil de la escena culmen.

Por eso insisto, estimado cómplice y detractor de Hollywood. El universo pintoresco de Érase una vez en Hollywood es una obra maestra, un resumen perfecto de la teoría y la práctica cinematográfica del excéntrico director. Sus referencias, su ambientación histórica perfecta y hasta el más mínimo detalle de época están ajustados con una precisión tan neurótica que me puso nervioso y por momentos dudé de la realidad de un paraíso semejante. Ahora mismo recuerdo el síndrome de abstinencia que me invadió al enterarme de que pronto habrá una miniserie compuesta por todas las escenas inéditas de la versión proyectada en salas de cine (obvio la verán en alguna de sus plataformas de bingewatchers). Tarantino lo ha hecho de nuevo y esta vez nos ha mostrado que puede jugar con sus propias películas como yo jugaba con mis juguetes (y los de mi hermana) cuando era niño. No todo está perdido cuando la nostalgia invade la pantalla. Lo supo Cuarón, solemne y politiquito; lo sabe Tarantino, cínico y desmesurado como su tierra de adopción.

 

Roberto Galván
Lector a deshoras y cinéfilo de clóset.