Los traductores suelen quedar en la sombra en la cadena de producción literaria. Sin embargo, muchos han cumplido una labor titánica durante décadas y vertido al español ciertos clásicos en verdad imprescindibles: una de ellas es Selma Ancira, cuya obra —como lo demuestra  esta conversación— es una verdadera cúspide en el arte de la traducción.

Fotografía cortesía de Acantilado


Selma Ancira (Ciudad de México, 1956) es una orfebre de la palabra: la lectura es su mina, la traducción su taller. Cada una de sus versiones castellanas es también una reinterpretación. Así con Lev Tolstói, de quien es su traductora casi por antonomasia. Muchos de los grandes autores rusos y griegos han llegado al mundo hispanohablante gracias a una labor titánica, que ahora cumple cuarenta años de trayectoria: Yannis Ritsos, Boris Pasternak, Marina Tsvietáieva, y Nikos Kazantzakis —se los debemos todos a Ancira.

Entre sus reconocimientos más destacados se encuentran el Premio de Literatura Marina Tsvietáieva (2010) y el Premio de Traducción Literaria Tomás Segovia (2012). Está de visita en México —reside en Barcelona desde 1988— para charlar acerca de sus traducciones más recientes y de los placeres de su oficio. Hace no mucho, y gracias a los buenos oficios de Pilar Irastorza, responsable del área de prensa de Colofón, tuve la oportunidad de conversar con Ancira acerca de su ingenio de minería literaria. Para cuando nos conocimos la traductora se había sometido a varias entrevistas, pero el brillo de su mirada y el entusiasmo en su voz, que divide las palabras en sílabas cuando se emociona, dejaban claro que hay pocas cosas en la vida que Selma Ancira disfruta más que la conversación literaria. A continuación presento una transcripción ligeramente editada de nuestra charla.
 
Óscar Garduño: Selma, ¿cómo es tu relación con los editores, con las editoriales para las que trabajas?

Selma Ancira: ¡Mag-ní-fi-ca! Con todos mis editores. No tengo queja de nadie.

OG: Cuéntame un poco más de tus inicios como traductora, ¿cómo llegas a tan valioso oficio?

SA: Mira, yo entiendo que un traductor sin sus editores no es nadie. Somos un equipo. Yo propongo el libro y ellos están abiertos a lo que propongo. Y yo comencé mi trabajo como traductora con Jaime García Terrés como director del Fondo de Cultura Económica. La relación fue estupenda. Él confió en mí porque yo apenas empezaba, aunque antes ya había publicado una primera traducción, y fue también el primer libro por el cual yo me hice traductora, ese me lo publicó don Arnaldo Orfila en la editorial Siglo XXI.

OG: ¿Cuál era?

SA: Cartas del verano de 1926 de Marina Tsvietáieva por ahí del 79, 80. Es un librito que para mí es el más querido porque fue el primer libro que traduje tras mi llegada a México. Yo estudiaba en Rusia y ahí fue donde lo descubrí. Me puse a traducir sin haber traducido nunca porque yo no estudié traducción, y creo firmemente que a traducir se aprende traduciendo.

OG: Además de que tuviste grandes maestros…

SA: Claro, como fue Sergio Pitol, quien era agregado cultural en Moscú cuando yo estudiaba, y cuando yo le dije que estaba traduciendo tuvo una generosidad increíble: me dio consejos que hasta la fecha sigo tomando en cuenta, me apoyaba, me guiaba. Otro gran maestro que tuve y al cual amo con pasión fue Emilio Carballido. Yo he traducido mucho teatro y Emilio me enseñó muchas cosas. Entonces uno va aprendiendo en el camino: vas traduciendo y vas aprendiendo.

OG: ¿Cómo es que llegas a las propuestas de traducción? ¿Tú sugieres el título porque te gustó o es la editorial la que te llama y te lo da?

SA: Yo, en general, no traduzco a autores vivos, traduzco a autores clásicos, como Lev Tolstói, y me mantengo muy al tanto: viajo mucho a Rusia, a Grecia, para hablar con gente que está en lo mismo que yo, para hablar en los museos, con los especialistas y, claro, conocer las nuevas ediciones. Un traductor tiene que estar muy bien enterado de la cultura del país que traslada a su cultura, porque si no se queda más en la parte teórica. Y la traducción es mucho más que trasladar palabras, eso lo hace Google y lo hace muy mal: hay que hacer un trabajo muy grande.

OG: De alguna manera los viajes son parte de las herramientas de un traductor.

SA: ¡Por supuesto! A mí me encanta viajar. Por ejemplo, esta novela [señala Loxandra de la griega María Iordanidu] me llevó a Estambul. Porque, claro, de pronto tenía que traducir un postre turco hecho a base de pechuga de pollo y me dije: “A ver, ¿un postre de pechuga de pollo?” A mí no me cabía en la cabeza, pero cuando estás en el lugar te impregnas de él, lo conoces, conoces sus sabores, te sientas en un restaurante y te ofrecen de postre la pechuga de pollo y entonces te parece ya natural. Y ya no lo traduces con estupor, sino con naturalidad. Y tú, como lector, lo recibes de la misma forma. En cambio, si el traductor no sabe bien por dónde se está moviendo, la traducción puede resultar —en un plano teórico y desde mi particular punto de vista, porque hay muchas maneras de entender la traducción— si yo he caminado por los lugares que traduzco, si yo he visto la mina en la que trabajaba Kazantzakis con Zorba el griego, si yo conozco esos sitios en ese momento siento la soltura para describir con conocimiento de causa y no desde las palabras únicamente. Y cuando me invitan a dar charlas acerca de la traducción es un punto que les repito a los muchachos que asisten: es importante que sepan qué camino están pisando, qué es lo que están traduciendo y saber que cada terreno es diferente y tiene sus propias necesidades.

OG: Pero la labor del traductor es castigada económicamente, ¿no crees?

SA: Yo siempre les digo que tengo la fortuna de haber nacido en México y que el gobierno mexicano tiene un sistema de becas con el cual apoya a sus artistas. No sé si todos, pero un porcentaje altísimo de los libros que yo he traducido ha sido gracias a los estímulos que he recibido por parte del FONCA…

OG:Sería importante subrayarlo ahora que se discute tanto el tema de los apoyos, ¿verdad?

SA: Por eso te lo digo… porque, perdona, ni los diarios de Tolstói, ni las cartas, ni los aforismos… a ver, espérame…  [toma otro libro de la mesa y lee en voz alta]: “Esta obra se realizó gracias al apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes” [la misma frase aparece en la mayoría de los libros de la mesa]. Y cuando me preguntan cómo le hago para viajar, les contesto: pues el dinero de las becas o de los estímulos —o de los apoyos, o como se llamen— lo he invertido en nuevas traducciones para traer al español libros que de otra manera serían im-pen-sa-bles, porque hay que invertir mucho tiempo y evidentemente no ganamos para eso.

OG: Creo que tu caso muestra muy bien, como lo acabamos de ver, cuántos libros, cuántas obras se pueden traducir gracias a los estímulos del gobierno federal. ¿Qué se siente ser este enorme puente, hacer esa labor titánica, que trae a muchos de los grandes autores rusos a los lectores de habla hispana? Porque seguramente no traduces a ningún autor por el que no sientas gran admiración.

SA: ¡Evidente! Es uno de mis principios. Y sí, es una labora titánica, como bien dices. Por ejemplo, la traducción de los Diarios (Acantilado, 2002) y la Correspondencia (Acantilado, 2008) de Tolstói me tomó diez años… ¡diez años!

OG: Además de que tras un gran traductor siempre hay una gran responsabilidad.

SA: Sí, porque yo no traduzco, por ejemplo, El Selecciones, no: traduzco los Diarios de Tolstói y de mí depende cómo entiendas tú la personalidad de Tolstói. Sí, es una gran responsabilidad. Por eso también es una gran satisfacción cuando te das cuenta de que tus libros, tus traducciones, llegan realmente a los lectores. Fíjate, yo era totalmente anti-redes sociales y de pronto, uno de mis colegas franceses me dijo que las redes eran un muy buen instrumento de trabajo y probé con Facebook y con Twitter. Y de pronto me llegan comentarios de los lectores en Venezuela, en España. Lectores que comentan los libros, que me dan las gracias, ¿y sabes qué?, es una comunicación que antes no teníamos: un lector le escribía de pronto una carta a la editorial y ellos me la hacían llegar. ¡Y ahora es inmediato! Tú pones en tu Twitter que ayer salió tal libro, y de pronto pasan unas cuantas semanas y la gente te dice: ‘ya lo leí, ¡es una maravilla!’, y sientes una gran alegría, una punzada en el estómago, porque lo que yo quería, a fin de cuentas, era compartir, porque creo, desde mi particular punto de vista, que una de las características más importantes del traductor es la de compartir. Entonces tú lees algo… [de la mesa toma una de sus más recientes traducciones: Aforismos (Fondo de Cultura Económica, 2019) de Tolstói, donde además Selma realiza la selección, la traducción y el prólogo, lo sostiene en sus manos, lo alza, hace como que lee] y lo que quiero yo es que el lector vea aquellas escenas maravillosas que Tolstói describe en el lago, lo traduzco, luego a la gente le gusta y dices: ‘¡qué bueno que puedo compartir lo que a mí me gusta!’

OG: Sabemos que Tolstói tuvo múltiples personalidades, por decirlo de alguna manera. No es el mismo de sus primeras novelas, que el de sus correspondencias o diarios, ¿a cuál de todos los Tolstói vamos a encontrarnos en Aforismos?

SA: El libro de Aforismos está constituido por 31 capítulos. La idea de Tolstói es que el lector lea un capítulo por día y lo reflexione en el transcurso del mismo. En cada uno de los capítulos Tolstói nos habla del alma, del amor, de la fe, de la lujuria, y se vale de los aforismos. Y reflexionas, por ejemplo, todo el día acerca del alma. Y al día siguiente acerca del amor. Y al cabo de 31 días, según el planteamiento de Tolstói, ya tu cabeza funciona de distinta manera.

Al terminar la charla, Selma Ancira me obsequia un ejemplar de Aforismos. Se levanta de la mesa y me agradece; hago lo mismo. Nos estrechamos las manos. Salgo del lugar donde se hizo la entrevista. Afuera, la tarde lentamente se desmorona cerca del mediodía.

 

Óscar Garduño Nájera:
Periodista. Sus artículos han aparecido en: Forbes, Letras Libres, Milenio y Newsweek (en español), entre otros.