Las cafeterías, paraísos del ocio y hasta de la ensoñación moderna, se han convertido en espantosas oficinas donde los productivos no quieren perder su tiempo. Un espacio para misántropos que quieren que los dejen en paz, pero acompañados. Como siempre, esto nos hace felices, felices, felices.

Ir al café ya no es lo que era. Antes uno salía de la oficina y podía ir a un café y fantasear con la época y las geografías en las que ir al café lo convertía a uno en un partícipe activo de la cultura, pero no como un administrador ni un mero consumidor, sino como alguien que disfruta de pequeños placeres: alguien ocioso. Entonces, y no fue hace tanto, uno podía ir al café, pedirse un café, platicar rápida e inteligentemente antes de abrir el periódico para desaparecer en las páginas ¡de la sección de cultura! ¡Como lo hacían los austriacos del siglo pasado! Pero ya no más. Ahora uno va al café y el panorama alcanza apenas para imaginarse o desear un descanso del trabajo. Porque ya ni eso hay: ni hay secciones de cultura en los periódicos y ni los cafés son cafés; esto todo mundo lo sabe, ahora son expendios de psicotónicos legales donde no se descansa de la oficina sino que se sigue trabajando. Están las oficinas disfrazadas de parques de recreo, por un lado, y las oficinas disfrazadas de cafeterías, por otro. Y en algún lugar entre esos dos puntos de actividad acelerada, hay una habitación con una cama donde uno puede ir a dormir mal. “Bienvenido”, citaba Lawrence Fishburne en su papel de Morfeo, “al desierto de lo real”.

Los cafés que más me conmueven, en este sentido, son los que aún se atreven a decorar sus espacios con sillas Thonet (un diseño de 1859) y mesas de mármol. Es un guiño ya medio ridículo hacia una época que está completamente extinta. ¿Y qué época es ésa? Cuando la gente hablaba en los cafés sin la necesidad de mirar las pantallas de sus teléfonos inteligentes. En esa época Eduard Pötzl escribió “Junto a la ventana del café” (1906). Más acorde a nuestros tiempos son los cafés que ya de plano meten unas mesas largas para que la gente las comparta (que es un decir, porque nadie pela a nadie que no esté conectado en línea), bajan las luces hasta hacer del entorno un lugar “cálido” (una forma de darle protagonismo a la luz de los monitores) y dan una tacita de wifi con la taza de cafeína que se pagó.

Ilustración: Raquel Moreno

La gente productiva —es decir, explotada y cansada— se ha apoderado de los cafés. Uno lo entendía de los estudiantes, que al menos tenían la decencia de llevar un libro y un cuaderno de apuntes. ¡Se estaban preparando y necesitaban aprovechar el tiempo! Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué ahora se celebran, incluso, teleconferencias y juntas de trabajo en un Starbucks? ¿Cuántos negocios se han malogrado junto a una tacita de Illy? Todo esto se presta a confusiones. Si uno lee la “Teoría del Café Central” de Alfred Polgar, creerá que no han cambiado mucho las cosas —en cuanto a cafeterías se refiere— desde 1926:

El Café Central está ubicado bajo el grado de latitud vienés, en el meridiano de la soledad. Sus habitantes son, en la mayoría de los casos, personas cuya misantropía es tan intensa como su anhelo por relacionarse con los demás; personas que quieren estar solas pero que para ello necesitan compañía.

Francamente, esta descripción bien podría ayudar a definir al tipo de trabajadores del cognitariado que hoy se reúnen en los Tierra Garat: también son misántropos que sólo quieren que los dejen en paz, rodeados de gente. Pero si uno se fija en esas cabezas conectadas a audífonos, se dará cuenta de que quieren que los dejen en paz para trabajar. Es gente que no está tranquila (trabajando) en casa ni (trabajando) en la oficina. Así que para “distraerse” se va a un café (a llenar el Excel). Ya más adelante en su artículo (que pueden encontrar en la antología La eternidad de un día, Acantilado, 2016) Polgar señala que el café es “un asilo para aquellos que necesitan matar el tiempo y evitar que el tiempo les mate a ellos”. Si en el Café Central se encontraba una organización de desorganizados, hoy en cualquier café con conexión a Internet se encuentra gente híper-organizada, a quienes el tiempo ya ha matado.

Parece que ya nadie pierde el tiempo. Se cree que cuando uno visita el café Blom está perdiendo el tiempo, pero sólo está trabajando en su imagen de Instagram. Y ya sé, volver a insistir en estas ideas masticadas por Bifo, Byung Chul-Han y otros filósofos de los cubículos y los trabajos de mierda, es un poco cansado: más que ideas son bolo alimenticio. Pero no creo que la opción sea claudicar y negar la desagradable impresión que causa que alguien se siente en un lugar destinado a perder el tiempo para, en lugar de eso, ponerse a trabajar. Es como ver a un cocinero comiendo. O a gente dándose abrazos no de consuelo sino de alegría en una funeraria. Si nos distraemos, pronto la gente trabajará también en la cantina, durante las vacaciones, y otros lugares donde “la ausencia de fines justifica la estancia”, y ahí sí ya no sabría qué pensar.

 

Guillermo Núñez Jaúregui
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.

 

 

Un comentario en “La horrible proliferación de los cafés productivos

  1. Tenéis razón. Es algo en lo que ya me había fijado. Tacitas de café pegadas en el mejor sentido, de portátiles Mac. Y muchas veces me he preguntado: realmente puedes hacer trabajo de oficina pesado ahí? O ellos reservan el trabajo ligero para la hora del café? En tono de broma me pregunto porque no veo Alienware’s ahí, haciendo compañía a las Mac? Hago un posgrado y muchas veces, la hora del café es muy preciada en mi laboratorio, prefiero mil veces café del barato hecho con nuestra cafetera americana y charlar con los compañeros, intercambiando ideas o la tertulia sabrosa que estar en un Starbucks jugando al iSer 😉 en todo caso un Café genérico donde sirvan buenos frappes!

    Me ha gustado mucho la columna, a ver si vuelve a traernos una reflexión igual de interesante sobre el mundo del café.