Nuevos hábitos de consumo imperan en la industria cinematográfica e incluso se replican en la industria cultural. Todo indica que el Fan, como figura de proa, ha tomado las riendas de las primeras décadas del siglo XXI, con los riesgos que eso conlleva.

Quizás no sucedió con la inmediatez de un chasquido de dedos de Thanos o de Iron-Man, o acaso sin utilizar el mítico Guantelete del Infinito, pero Disney ha logrado depurar a su conveniencia el universo de la exhibición de cine en un periodo de 15 años.

El poder de la nostalgia

Tanto esta compañía como el resto de los poderosos súperestudios de Hollywood (Universal, Warner Bros., Sony, Paramount y, hasta hace poco, 21th Century Fox) que encabezan la millonaria industria global del cine en el siglo actual, le han dado prioridad ante todo a lo económico y así han sido capaces de desaparecer, de manera muy significativa, el contenido original de las salas de cine y construir una industria y una cultura de consumo alrededor del fan. Explotando la mayor debilidad de este último: la nostalgia.

Ilustración: Belén Garcia Monroy

La nostalgia es el sentimiento más relevante en la competencia de productos de entretenimiento en la industria global del cine hoy. Apelar a lo emotivo y personal de los recuerdos del público es oro molido. Distintas generaciones hemos transformado aquellos fenómenos, diversiones, preferencias y gustos de nuestra infancia y adolescencia en genuinas religiones compartidas, ya sea que hablemos de Star Wars, de superhéroes, series de televisión, videojuegos, libros, películas, músicos, grupos, etc.

Si este texto, por ejemplo, fuera una franquicia a lo Disney, habría que pedirles a nuestros lectores que regresen en unos meses para conocer —a cambio de otro monetizable click—el verdadero origen de esta época, la precuela de todo: una historia que, dependiendo de cada quien, nos remontaría pocas o bastantes décadas en el tiempo.

La relación que establecemos con estas narraciones y personajes pasa por lo visceral y lo emocional, creando un profundo vínculo psicológico. Se construye principalmente cuando nuestra naturaleza infantil, adolescente o juvenil nos empuja a ser admiradores ardientes y entusiastas; en buena medida también acríticos, ciegamente fieles y desconfiados de quienes no aprecian tanto algo como nosotros. Como se trata de años fundamentales para el desarrollo individual, de descubrimiento y definición la personalidad, los recuerdos de etapas así de importantes son algo enormemente valioso.

Ahí radica tanto el origen como el poder evocativo que deja indefensa a la mayoría ante un tsunami de nuevos productos de entretenimiento inspirados en recuerdos tan significativos, que nos convierten en las máquinas de consumo que los estudios prefieren.

El modelo Disney

La piedra angular sobre la que está construida esta nueva etapa de la industria es algo llamado Propiedad Intelectual (PI). La PI se refiere a cualquier narración o personaje que posee un estudio o una compañía, a menudo conocidos desde hace años, con cierto nivel de popularidad. El potencial económico de una PI es directamente proporcional a la intensidad y fidelidad de sus fans.

Inspirados por éxitos de taquilla como la trilogía de El Señor de los Anillos, las primeras entregas de la saga Harry Potter, la llegada de Spider-Man y el regreso de Star Wars a la pantalla grande, los grandes estudios vislumbraron el futuro de la industria en el amanecer del siglo XXI. Aunque por condiciones muy distintas, el hecho de que esas historias y personajes contaran previamente con seguidores por millones fue una variable importantísima en su éxito.

Esto es mucho más evidente si observamos la obsesión reciente por adaptar al cine cada fenómeno literario, entendido como bestseller y generador de legiones de aguerridos y vocales fans, desde Los Juegos del Hambre y la saga Crepúsculo hasta 50 Sombras de Grey. Lo mismo aplica para fenómenos televisivos, de videojuegos, de cómics, etc.

Disney, uno de los protagonistas históricos de la industria del entretenimiento por mérito propio y dueño durante los últimos 70 años de una importante variedad y cantidad de narraciones y personajes ultra populares a nivel mundial, estableció la ruta hacia una nueva cúspide de liderazgo total. Marcó una novedosa dinámica de industria al adquirir, en la década pasada, un catálogo de propiedades intelectuales con un potencial de explotación infinito: entre otras, el universo Star Wars, gran parte del de Marvel, además de Pixar. En el ámbito de la cultura popular clásica y reciente es difícil encontrar referentes más masivos, y todos se encontraban ya bajo el control de una sola empresa. El 20 de marzo pasado Disney compró 21st Century Fox y, con ello, otro importante catálogo de la cultura pop reciente, incluidas las treinta temporadas existentes de Los Simpson.

Como lo explican a detalle Anne Thompson y Anita Elberse en The $11 Billion Year: From Sundance to the Oscars, an Inside Look at the Changing Hollywood System y Blockbusters —respectivos libros de 2014— con estas adquisiciones y estrategias Disney y el resto de los grandes estudios confirmaron lo que es significativamente más redituable como negocio globalizado:

a) concentrar su presupuesto en pocos pero gigantescos y carísimos proyectos;
b) que dichas narraciones/personajes provengan de probadas propiedades intelectuales; y
c) que estas películas son más exitosas si son concebidas para su exhibición como parte de una saga o franquicia que se prolonga durante años.

Desde lo financiero-económico no hay motivo ni argumento para hacer algo distinto. En estos tiempos, menos riesgo en las propuestas significa más ganancia.

El usuario de reddit RedWindTurtle realizó una infografía que muestra las 25 películas más taquilleras por año, de 1980 a 2018, en Estados Unidos, agrupadas en tres categorías: películas originales; películas basadas en obras de ficción previamente existentes; y películas basadas en personajes o eventos reales.

[OC] Originality of the Top 25 Highest Grossing Film By Year (Domestic) from r/dataisbeautiful

De algo más de un 40%, en promedio, durante la década de los 80, las películas basadas en obras existentes crecieron hasta cerca de un 70% para la primera década de este siglo. En 2018, 21 de las 25 películas con mejor taquilla (84%) fueron adaptaciones o remakes de propiedades intelectuales existentes. Ni Thanos habría desaparecido tan rápido el cine de ideas y argumentos originales.

El siglo de los nerds

Hay otro factor en el reacomodo de dinámicas sociales de estos últimos 20 años que ha ayudado a consolidar esta tendencia y el actual estado de la industria de la exhibición de cine: la reivindicación del Nerd.

A partir de la segunda mitad de la década de 1990, la imagen del líder y del hombre exitoso sufrió ajustes considerables. Con la llegada de internet y la popularización de las computadoras personales, el nerd, el geek y el cerebrito pasaron de ser el personaje secundario, víctima de los gañanes populares de la secundaria o la preparatoria de un par de décadas atrás, al nuevo protagonista adulto millonario que estaba revolucionando al mundo.

Los gustos de ese geek redimido se popularizaron mientras ganaban reconocimiento los fans apasionados de historietas, personajes de ficción, cómics, películas o series.

Por una parte, eran más los que podían conectar con estas referencias y experiencias de la infancia y la adolescencia que con las de otros perfiles de hombres exitosos y líderes de épocas previas. Pero lo más relevante es que establecieron una cultura donde se podía reconocer y compartir por mero gusto, sin pudor ni temor, aquello que desde la nostalgia tenía un valor especial.

El éxito, la popularidad e incluso la relevancia de una serie como The Bing Bang Theory son la prueba de esa nueva imagen del nerd muy difundida y aceptada, en la que exponer y presumir nuestro lado fan tiene todo un valor social y cultural. Si soy fan de algo ya no tengo que mantenerlo en secreto, provocar vergüenza, burlas o menosprecio; ahora es una cuestión de orgullo, sobre la que tengo casi una obligación de manifestarme públicamente, aún más en la época de las redes sociales.

Manipulados por el poder de la nostalgia, condicionados por nuestros fanatismos, hemos alimentado la codicia económica globalizada de la industria del entretenimiento y, de paso, hemos amenazado con erradicar para siempre la diversidad de los estrenos de cine o la posibilidad de ver algo original.

En el primer semestre de este año Disney logró acaparar más del 37% de la recaudación total en cines en Estados Unidos; en 2018 se hizo de casi el 20% de la taquilla global con un nuevo récord histórico de $7,300 millones de dólares. Ni a Disney ni a los estudios de Hollywood, que siguen entusiastas su ejemplo, les interesa invertir una fortuna en un producto que no tenga ya una audiencia fiel, interesada y masiva.

A estas empresas les interesa más bien que seas fan, porque además de ver la película comprarás otros productos relacionados con la misma. ¿Qué clase de fan eres si no tienes otras cosas que lo demuestren? Mínimo deberás tener una playera, un juguete o algún tipo de producto oficial. Con un poco más de tiempo y presupuesto, quizá visitarás su atracción en un parque de diversiones. Esas son las motivaciones hoy para hacer un filme. Las películas, como tales, ya son lo de menos. Te gusten o no, las vas a ver. O pregúntenle a los nostálgicos y explotados fans de Star Wars, franquicia que seguirá siendo un negociazo sin importar a qué lejana galaxia lleve el futuro de esta ficción.

Curiosamente, la única nostalgia que no será recompensada en el futuro del cine es la de quienes recuerdan románticamente aquellas épocas en las que había una florida cantidad de opciones en cartelera con propuesta temáticas, estilísticas o narrativas interesada en algo más que el entretenimiento y la taquilla.

Nuestros recuerdos y gustos le abrieron la puerta a un capitalismo rampante basado en la nostalgia y nuestro fan interior ha contribuido a cambiar las reglas del juego de la exhibición del cine, posiblemente para siempre.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.