Este fin de semana cumple 50 años el festival de Woodstock que superó todas las expectativas. La siguiente crónica vuelve sobre aquel evento masivo y su mito fundacional para varias generaciones.

El tráfico alrededor de Bethel era lo más parecido a la autopista del sur de Cortázar, kilómetros y kilómetros de coches estacionados que servían de casas de campaña y refugios improvisados. No había suficientes baños, ni agua ni comida, y las calles colapsadas no permitían abastecer la zona. Lo único que había de sobra era marihuana y LSD, que consumían abiertamente los asistentes, en su mayoría descalzos. Rebasados en todos los sentidos, los organizadores de Woodstock tuvieron que pedir ayuda. El gobierno envió helicópteros de la fuerza aérea con víveres y cobijas. “Una zona de desastre,” decían los noticieros, intentando disuadir a otros jóvenes de ir al concierto. Pero eso poco importó. By the time we got to Woodstock, we were half a million strong, and everywhere there was song and celebration, escribiría Joni Mitchell en una canción que inmortalizaba el festival.

Meses antes, John Roberts, Joel Rosenman, Artie Kornfield y Michael Lang —un grupo de jóvenes promotores con poca experiencia en el medio— habían imaginado el festival como una forma de recaudar fondos para construir un estudio de grabación cerca de Woodstock, en el estado de Nueva York. La ciudad ya tenía fama por su comunidad artística, que incluía a Bob Dylan, entre otros. Su ubicación era ideal. Los organizadores eran optimistas y tenían buenas razones: habían logrado firmar con algunas de las mejores bandas del momento: Jefferson Airplane, the Who, the Grateful Dead, Sly and the Family Stone, Janis Joplin, Jimi Hendrix y Creedence Clearwater Revival, etc. Con ese cartel esperaban vender alrededor de 50,000 boletos.

Todo iba de maravilla hasta que unas semanas antes las autoridades de Woodstock les negaron el permiso para el evento. Tuvieron que moverlo al poblado de Bethel, a unos 80 km. Ahí encontraron a un socio improbable, Max Yasgur, un productor lechero que accedió a rentarles las 240 hectáreas de su granja. A marchas forzadas completaron el escenario en el nuevo sitio y cinco días antes del festival las primeras estimaciones de asistencia aumentaron a 200,000. Pero para cuando se abrieron las puertas el viernes 15 de agosto, más de 400,000 personas clamaban por entrar. Aquellos sin boletos saltaban las cercas, llenas de brechas y sin vigilancia, por lo que finalmente decidieron no cobrar la entrada.

Ceremonia de apertura del festival de Woodstock, el 15 de agosto de 1969. Fotografía de: Mark Goff. Dominio público.

Sobra decir que el sistema de sonido que tenían nunca estuvo contemplado para el casi medio millón de personas que llegó; la mayoría de los asistentes no pudo escuchar la música. El caos logístico tuvo que ver con la inexperiencia de los organizadores, pero cabe recordar que antes de Woodstock no había grandes referentes de conciertos a esa escala. El Monterey Pop Festival en 1967 atrajo a 8,500 personas, y el festival de Isle of Wight en 1968 había reunido a 10,000, por lo que nadie podría haber previsto lo que sucedió ese fin de semana.

Woodstock fue un evento legendario justamente porque nadie pensó que lo sería. La prensa no participó en la difusión; el concierto tomó por sorpresa a los principales canales de noticias y los periódicos no habían mandado corresponsales a cubrirlo. El festival fue un parteaguas cultural para toda una generación, pero la gente lo supo hasta que acabó el espectáculo, cuando el mito empezó a cobrar vida. Según la crónica de la revista Rolling Stone, “dejando de lado el lodo, el hambre y la sed, a pesar de la lluvia y el tráfico, más allá de los malos viajes de droga y la confusión estridente, ese fin de semana, bajo los reflectores y la cara atónita de los medios de comunicación, se fundaba una nueva nación.”

La nación Woodstock (Woodstock Nation) era la comunidad que había nacido espontáneamente, nutrida de mucha música y muchas drogas, que le enseñaba al mundo la posibilidad de una convivencia pacífica y amorosa.  Max Yasgur lo resumió perfectamente cuando subió al escenario el domingo por la tarde y, con voz temblorosa, le dijo a la multitud:

No sé hablar con 20 personas, mucho menos con todos ustedes. Ustedes son el grupo más grande de personas que se haya reunido en un solo lugar a la vez. No teníamos idea de que vendrían tantos… y han demostrado algo al mundo: que medio millón de jóvenes pueden reunirse para pasarla bien y escuchar música, y hacer justo eso: divertirse y escuchar música.

Tenía toda la razón; para ser un festival masivo, solo se reportaron dos muertes, una por sobredosis y otra accidental, cuando un joven fue arrollado por un tractor mientras dormía envuelto en su sleeping.

El evento debía finalizar el domingo a medianoche, pero se alargó hasta la mañana del lunes, cuando Jimi Hendrix finalmente subió al escenario. El momento en que tocó el himno de Estados Unidos con su guitarra distorsionada fue visto por menos de 30,000 personas, pero esa secuencia quedó inmortalizada en el documental que se estrenó al año siguiente. Aunque Woodstock había dejado a sus promotores casi en bancarrota, los derechos de la película sobre el festival y todo el material grabado compensaron las pérdidas. El lanzamiento de un LP doble con una selección de los temas más icónicos y el estreno del documental en 1970 terminaron de cimentar la fama de Woodstock en el imaginario colectivo. Filmada por Michael Wadleigh y editada por Thelma Schoonmaker y Martin Scorsese, entre otros, la película fue un éxito rotundo de taquilla y recibió el Oscar al mejor documental. El filme incluía muchos actos en vivo, tomas del montaje, de los preparativos y de la convivencia juvenil. Más que un documental de rock ‘n’ roll es una película sobre el lugar del mito hippie en la cultura estadunidense.

Temprano en la mañana del 16 de agosto de 1969, tráfico detenido en la carretera 17B para llegar al festival. Foto de: James Shelley. Bajo licencia de Creative Commons.

“Woodstock parecía señalar el comienzo de algo. Tal vez marcó el final,” escribió el crítico de cine Roger Ebert en su reseña de la película, 25 años después del estreno. Nadie reconoce hoy el poder que la música solía tener. No hay bandas nuevas capaces de movilizar a cientos de miles, de llenar estadios y liderar movimientos sociales. En 1969, los artistas estaban ensanchando los límites de la cultura y tenían una fuerza que dinamitaba todo a su paso. La música era el estandarte para una generación que estaba en contra de la guerra de Vietnam y a favor de los derechos civiles, y que veía en las drogas una forma combinada de gozo y manifestación.

Según Joni Mitchell, los jóvenes en esa época buscaban en sus ídolos musicales una figura de liderazgo, alguien que planteara el camino a seguir. Ella misma iba a presentarse en Woodstock, pero su mánager David Geffen le aconsejó que se quedara en Nueva York, pues tenía una presentación en el Dick Cavett Show y corría el riesgo de no regresar a tiempo. Mitchell vio la cobertura del festival desde un cuarto de hotel y Crosby, Stills, Nash & Young, le contaron el fenómeno que habían visto cuando regresaron de tocar.

Es raro que la canción más famosa sobre Woodstock venga de alguien que ni siquiera estuvo ahí, pero Mitchell tenía una perspectiva diferente.1 Había abandonado la religión hacía mucho tiempo, pero Woodstock, por alguna razón, le pareció un ejemplo de milagro moderno, “como la versión actualizada de la multiplicación de los peces y los panes. Tanta gente reunida, cooperando, con un optimismo tremendo —ahí nació la canción", confiesa la compositora. Llena de frustración por habérselo perdido, escribió el tema para darle voz a todos los que desearían haber estado ahí.

A 50 años del festival, ha vuelto la pregunta de cómo sería un Woodstock contemporáneo. El intento fallido por organizar una edición de aniversario es un buen indicador de que difícilmente podríamos convencer a medio millón de personas de ir a acampar en un lodazal, sin agua, comida ni baños durante tres días. La música no sería suficiente. Ya no.

 

María Emilia Fernández
Curadora de arte.


1 “Woodstock” fue lanzado como sencillo en marzo de 1970 por Crosby, Stills, Nash & Young, y también se convirtió en un éxito internacional en 1971 a través de una grabación de Matthews Southern Comfort.