Desde el presente podemos leer Moby Dick en una clave verdaderamente ecologista; en la que conocemos con certeza el risego que atraviesa el equilibrio ambiental del mundo, como la extinción masiva de especies (y por tanto de ballenas).

¿Es lícito mirar el mar
desde las orillas de un libro?
—Margo Glantz
a Veto

Herman Melville cumple 200 años. Precisamente hace dos siglos, el escritor norteamericano llegó al mundo para cambiar el curso de su ruta y acelerar los nudos de la literatura universal, sin llegar a ver cristalizada la gloria que hoy goza.

Como un náufrago que se asoma al horizonte esperando avistar el navío que lo lleve de vuelta al puerto, así murió Melville a la espera de que su obra, encabezada por Moby Dick, tuviera el lugar que imaginó mientras escribía recluído en una cabaña. “He escrito un libro perverso, y me siento tan puro como un cordero”, le confesó Melville en una carta a su admirado amigo Nathaniel Hawthorne.

Sin embargo la critica literaria no recibió bien la novela y el disguto provocado por la poca apreciación a su libro, junto con una debacle familiar, en la que su hijo mayor se suicidó en 1867, sumergieron a Melville en una tormenta emocional de la que no pudo recuperarse. El día de su muerte, 28 de septiembre de 1891, la esquela en The New York Times recordaba al escritor “Henry” Melville, y de la manera más discreta.

Pero dos siglos después, ¿qué tanto ha cambiado el mundo en comparación con las escenas que narra Melville en sus novelas? ¿Y qué lugar tiene una novela como Moby Dick en nuestro presente? Hasta la publicación del libro cumbre de Melville —en 1851— no existía una bibliografía amplia sobre las ballenas. Algunos documentos vikingos y japoneses, junto con pasajes del Antiguo testamento, servían como referencia de una especie de la cual se sabía poco. Moby Dick, en ese sentido, es un tratado marítimo y una referencia biológica de cabecera.

En el contexto actual, la pesca de ballenas ha provocado una controversia internacional aguda. La crisis medioambiental demanda que ataquemos con mucha inteligencia escenarios como éste, donde queda clara nuestra destrucción, acaso irreversible, del planeta.

En 2016 un importante grupo de científicos llegó a la conclusión de que, después de 11,700 años, el mundo había cambiado de era. El Holoceno llegaba a su fin y el Antropoceno se convertía en el periodo que ahora caminamos en nuestra cotidianidad. Como su origen etimológico refiere, se trata de la era en la que la humanidad no solo ha incidido en la configuración y el equilibrio de los ecosistemas, sino que abiertamente está terminando con ellos.

Desde 1946 existe una Comisión Ballenera Internacional (CBI), organismo creado con la intención de disminuir y erradicar la caza desmedida de estos seres casi fantásticos. Desde su creación, países como Japón, Islandia y Noruega, han criticado las decisiones de la CBI, argumentado que atenta, de manera unilateral, contra sus valores culturales nacionales y milenarios y, aprovechando todo tipo de vacíos legales, nunca han dejado de pescar con supuestos fines científicos.

Hace un par de meses el gobierno japonés declaró que reanudaría la cacería comercial de los cetáceos, desatando una tensión medioambiental importante en la comunidad internacional. Incluso con un organismo como la CBI Japón caza al año entre 200 y 3000 ballenas.

En realidad, la cacería sólo ha sido momentáneamente frenada gracias a la acción de la Sea Shepherd Conservation Societ (CSC).Comandada por el capitán Paul Watson, la Sea Shepherd es una ONG que se ha encargado de combatir de manera directa a los barcos balleneros en alta mar.

Muy lejos han quedado los tiempos en los que el aceite de ballena era utilizado para el alumbrado público. Aquel mundo en el que jóvenes como Melville decidían trabajar en la popa de los barcos balleneros para volver con la mayor cantidad de esperma de ballena y así iluminar el adoquín del futuro. Hoy en día un gran porcentaje de la grasa de ballena se destina a la industria militar, empezando por la manufactura de misiles.

Esta razón, junto con el evidente desastre de la extinción masiva de especies —un millón están en peligro, según las estimaciones más actuales— llevaron a Watson a formar la CSC. Según su carta fundacional, “la sociedad fue fundada en 1977 por Paul Watson, uno de los primeros miembros de Greenpeace, después de una disputa con la organización sobre cómo actuar en la cacería de ballenas. Greenpeace evita interferir con la caza de ballenas, buscando crear conciencia a través de la captura de testimonios gráficos. En contraste, Sea Shepherd se dedica a la acción directa, que implica interferir con las operaciones de buques balleneros”. En aguas internacionales, donde no se disparan balas, el enfrentamiento entre los barcos de la Sea Shepherd y los inmensos balleneros evoca el duelo de las justas medievales.

La flota de la Sea Shepherd bien podría sufrir un desenlace tan romántico como el del propio Pequod en Moby Dick. Aunque su misión parece utópica, han ganado batallas sumamente importantes.

Hace poco tiempo encontraron nadando en altamar un cachalote de 250 años; es decir, una ballena de los tiempos de Melville y aún más vieja. Queda claro que la única manera de mantenerla viva está en acciones como las que hace la Sea Shepherd Society.

Aunque se trate de dos antagonistas y sus misiones sean exactamente opuestas, el capitán Watson y el capitán Ahab comparten la ilusión de conquistar lo imposible, empujados por una megalomanía personal. ¿Qué tantas posibilidades tenía el marinero cojo de vencer a un milenario gigante marino? ¿Qué tantas posibilidades tiene una flota como la de la Sea Shepherd de detener la caza internacional de ballenas?

Desde hace algunos años, Watson ha publicado libros narrando las crónicas de las hazañas marítimas de su vida. Es muy probable que, tratándose de un hombre con la afición de la lectura y la escritura, Watson se haya inspirado en Moby Dick. ¿Podrá una novela como Moby Dick seguir llevando a hombres cómo este a dedicar su vida a algo tan solitario, arriesgado y doloroso como pasar meses de inclemencias en el mar para salvar ballenas? Semejante vida de penitencias traduce perfectamente la obsesión contemporánea de nuestra generación por salvar al planeta de nosotros mismos. O, acaso, ya somos como Ahab y navegamos directo al abismo.

 

Santiago Hernández Zarauz
Internacionalista por la Universidad Iberoamericana; alumno del Master Sur Escuela de Profesiones Artísticas de Madrid.