Si Levi es conocido por su testimonio del holocausto, parece importante también rescatar El sistema periódico, libro que para muchos es la mejor obra de divulgación científica de todos los tiempos.

cada elemento le dice algo a alguien (algo diferente a cada quien)
como los valles montañosos o las playas visitadas en la juventud.

—Primo Levi

Es 1840. El átomo ha yacido durante cientos de millones de años en caliza, unido a tres átomos de hidrógeno y uno de calcio. Su escala de existencia es una millonésima de milímetro, su ritmo interno es una millonésima de segundo, y en esencia es invisible. Un hombre desprende al átomo con un pico. Liberado tras pasar la caliza por un horno, lo atrapa el viento y asciende. Lo aspira un halcón pero después lo expele; se disuelve en el mar, regresa a los aires y viaja de nuevo durante ocho años hasta aterrizar en la hoja de una hilera de viñas.

Las peripecias siguen: participa en fotosíntesis, se convierte en dióxido de carbono, forma parte de una molécula de glucosa, se integra a una uva y se transforma en vino; es ingerido por un humano y unos días después es expulsado tras convertirse en ácido láctico. Nuevamente libre, viaja por los caminos del aire, esta vez con los vientos del este, el átomo recorre Europa, de los Apeninos a Líbano donde después de integrarse a un venerable cedro formará parte de uno de los mil ojos de una falena. Al morir ésta, volverá al aire y dará todavía tres vueltas al planeta para reaparecer hacia 1960 en un vaso de leche, transitar del umbral intestinal a la corriente sanguínea y al cerebro de un autor, “el yo que estoy escribiendo […] guiando esta mano mía que imprime sobre el papel este punto, éste”. Es el punto final de un cuento dedicado al elemento común de toda forma de vida conocida, del libro El sistema periódico(1975) de Primo Levi.

Fotografía de Primo Levi, hacia 1960, bajo licencia de Creative Commons.

Los caminos del químico

En 1933, Levi ingresa a los 14 años al liceo D’Azzeglio —donde se vuelve alumno de Norberto Bobbio y de Cesare Pavese— y decide ser químico, tras leer Sobre la naturaleza de las cosas (1925) de Sir William Bragg.

Como comenta en los cuentos de El sistema periódico, la química le ofrecía certezas en el entorno de una Italia dominada por el fascismo. Para él la confusión y la opresión eran peores que para otros italianos ya que era judío. Y aun con este trasfondo racista Levi alguna vez comentó que también eligió ser químico “para poder crear e inventar una oportunidad para ejercitar mi nariz”.

En 1941, cuando termina el doctorado en química en la Universidad de Turín, los judíos quedaron socialmente proscritos en su propia patria. Levi sólo consiguió trabajo en una mina de extracción de níquel a las afueras de la ciudad, donde tuvo que ocultar sus orígenes familiares.

De Turín a Auschwitz

En febrero de 1944, con los aliados invadiendo el sur de Italia desde Sicilia pero con los alemanes controlando el norte tras la deposición de Mussolini (1943), Levi, quien se había unido a la Resistencia —aunque no sabía ni usar el arma de fuego que portaba— sería arrestado y deportado a Auschwitz. En ese infierno su carrera de químico profesional le salvó la vida. Trabajó once meses en Buna, la planta industrial aledaña a Auschwitz, produciendo hule sintético, metanol y otros compuestos, atestiguando el horror demencial de los exterminios nazis, hasta la entrada de las tropas del Ejército Rojo. De 650 judíos italianos deportados junto con Levi, sólo él y otros 19 más sobrevivieron.

Si bien Levi no vivió en el campo de carnicería industrial propiamente dicho, desde la cercanía de la fábrica donde era prisionero, cuando algún recién llegado le preguntaba, inocentemente, qué quemaban en aquellos hornos de Auschwitz, Levi respondía: “a nosotros”.

Pero, parafraseando a Ben Jonson cuando habló de Shakespeare, Levi no es un escritor para una era, sino para todos los tiempos.

Ilustraciones: Oldemar González

El mejor libro de divulgación

El sistema periódico1 no es quizás una de sus obras más conocidas, pero en octubre de 2006 fue elegida como la mejor obra de divulgación de todos los tiempos, tras una amplia consulta entre científicos, escritores y destacadas personalidades realizada por la Royal Institution de Gran Bretaña. Una lista larga de títulos2 se había reducido a la proverbial short list de cuatro obras: The Selfish Gene (1976) de Richard Dawkins, etólogo y biólogo de la evolución; Arcadia (1993) del dramaturgo Tom Stoppard; King Solomon’s Ring (1949) de Konrad Lorenz, zoólogo, etólogo y ornitólogo; y el libro ganador.

¿Por qué de entre tantas obras resultó elegida la de Levi? La palabra clave es humildad, y por tanto apego a la verdadera divulgación. Este factor inclinó los votos a su favor. El libro, absolutamente ameno y accesible, propone una visión inédita de la vida a través de la química, donde Levi convierte en poesía el sistema de Mendeléyev, siguiendo el legado de otros poetas como Coleridge, Novalis, Shelley, o incluso Goethe, quien plantea en Las afinidades electivas que las pasiones humanas están reguladas, metafóricamente, por las relaciones entre los elementos químicos.

Oscilando entre la ficción, la narración histórica o la escritura autobiográfica, la prosa de Levi es lúcida, sencilla, impecable en su variada arquitectura. El autor siempre es testigo, hace lo posible por no juzgar, busca explicar y a la vez reconocer lo inexplicable, como la Shoah. Y si bien hay horrores y dolores insondables en algunos pasajes, en la obra entera destella aquí y allá el sentido del humor más saludable. En “Nitrógeno”, aparece un Levi recién casado y urgido de ingresos que trabaja, ya en la posguerra, para un excéntrico empresario que busca fortuna con el lápiz labial. Levi le explica que el elemento ideal del lipstick podría encontrarse en la caca de gallina. Ante las dificultades para tratar la caca de gallina en el laboratorio, Levi piensa utilizar en cambio excremento de pitón, definitivamente más higiénica y fácil de manipular que la de aves de corral. Así que acude animado a una exhibición de serpientes esperando hacerse de un buen kilo de heces viperinas. El cuento alcanza cimas más desternillantes aun que aquella sátira de Maquiavelo, El diablo toma esposa.

Levi dejó además un manuscrito divulgativo inédito, titulado El doble vínculo. De haberse formalizado en un libro, habría sido a la química orgánica lo que El sistema periódico fue para la química inorgánica.

Cuando Philip Roth entrevistó al autor concluyó que era “un hombre mágicamente entrañable”, que “[del] pozo de Auschwitz nos trajo de vuelta no sólo la verdad sobre la maldad humana, sino pruebas de la bondad humana”.

Primo Michele Levi dejó este mundo el 13 de abril de 1987 al caer del tercer piso del edificio de su departamento turinés. Había padecido depresión desde meses antes, y para muchos fue un suicidio —aunque el hecho siga debatiéndose. Un titular dio entonces la vuelta al mundo, aprovechando un comentario de Elie Wiesel: “Primo Levi murió en Auschwitz, cuarenta años después”. Pero son mucho mejores las palabras de su biógrafa Carole Angier: “La muerte de Levi fue personal. Fue una tragedia, pero no fue una victoria para Auschwitz”.

La victoria es para nosotros que podemos leerlo aún y entrever la magnífica microhistoria de un átomo de carbono.

 

Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor.


1 El sistema periódico consta de 21 capítulos, y cada uno corresponde a un elemento (de 118 que conforman la tabla actualizada).

2 Integraban la long list de la Royal Institution: James Watson, La doble hélice; Bertold Brecht, La vida de Galileo; Peter Medawar, La república de Platón; Charles Darwin, El viaje del Beagle; Steven Pinker, La pizarra en blanco; Oliver Sacks, Un pie para sostenerse; Daniel Dennet, La conciencia explicada; Roger Penrose, Sombras de la mente; D’Arcy Wentworth Thompson, Sobre crecimiento y forma; Norbert Wiener, Invención; Douglas Hofstadter, Gödel, Escher, Bach; Saunders Mac Lane, Matemáticas, forma y función; G. H. Hardy, La disculpa de un matemático; Oliver Sacks, El hombre que confundió a su esposa con un sombrero; Paul Davies, Cómo construir una máquina del tiempo; Thomas Pynchon, Mason & Dixie; Richard Feynman, ¡Seguramente bromea, Sr. Feynman!; Thomas Schelling, La estrategia del conflicto; y Paul de Kruif, Los cazadores de microbios.