Una lectura personalísima nos recuerda la obra del poeta cubano en el desarrollo de la poesía coloquial hispanoamericana y por qué la poesía en su mejor expresión puede y debe ser anónima.

que la poesía, en fin, sea leída como uno leyó la poesía:
porque era la vida misma, incandescente.

     —Roberto Fernández Retamar
 

Si tuviera que hablar de Roberto Fernández Retamar desde la persona que soy hoy, probablemente me referiría a su militancia en el Partido Comunista de Cuba, a la polémica que sostuvo con el singular y brillantísimo Virgilio Piñera; a sus múltiples premios como el Nacional de Literatura de 1989, a su integración a la Academia Cubana de la Lengua y la Real Academia Española, a su labor como presidente de Casa de las Américas, a su devoción —no siempre bien encausada— por la Revolución Cubana; a la influencia de T. S. Eliot en su poesía o a su teoría de “concepto-metáfora” o “personaje conceptual” que desarrolló en Caliban y donde se sirve de la oposición entre dos personajes clásicos de Shakespeare, Próspero (el colonizador, el amo) y, por supuesto Caliban (el colonizado, el esclavo) para explicar los rasgos culturales de la literatura de los países latinoamericanos desde una perspectiva historicista.

Estaría de más decir que fue uno de los pioneros de la poesía conversacional en español, que para muchos sus libros cambiaron el panaroma de la literatura latinoamericana como los de Cecilia Casanova, Ernesto Cardenal, Enirque Lihn o Juan Gelman; que su poética es un vehículo para transmitir ideas políticas, religiosas, o eróticas; que se diferencia de la antipoesía de Nicanor Parra porque en su germen se define a favor del mundo, no parte de estar en contra. O también podría caer rápidamente en el cliché de denostar desde un inicio su literatura que algunos “llaman panfletaria”, sólo porque a la menor aparición de la palabra “revolución” las buenas conciencias suelen asustarse.

Por eso prefiero hablar desde un lugar más privado, desde la persona que fui cuando lo leí por primera vez.

Roberto Fernández Retamar (derecha) junto a Roque Dalton (centro), en La Habana, 1969, bajo licencia de Creative Commons.

Tenía diecisiete o dieciocho años y la poesía era más un pulso que un “manual de usos y costumbres”. Había comprado la Antología de poesía hispanoamericana actual que compiló Julio Ortega y siglo XXI publicó por primera vez en 1987. Conocía la poesía de algunos antologados como Enrique Molina, César Moro, Alí Chumacero, Efraín Huerta, Nicanor Parra, Olga Orozco, desde luego Octavio Paz, Idea Vilariño, Tomás Segovia, Rubén Bonifaz Nuño, Blanca Varela y Jaime Sabines, este último junto con Pablo Neruda, autores que consideraba entrañables.

Trataba de leer con orden el libro, pero, por fortuna, nunca lo lograba. Así fue como un día llegué al poema “El otro”:

(enero 1, 1959)
Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?
¿quién se murió por mí en la ergástula,
quién recibió la bala mía,
la para mí, en su corazón?
¿sobre qué muerto estoy yo vivo,
sus huesos quedando en los míos,
los ojos que le arrancaron, viendo
por la mirada de mi cara,
y la mano que no es su mano,
que no es ya tampoco la mía,
escribiendo palabras rotas
donde él no está, en la sobrevida?

No sabía lo que significaba, por ejemplo, la palabra “ergástula”, pero había algo en “quién recibió la bala mía, / la para mí, en su corazón?” que me hablaba directamente. No sólo en el significado, también en la sintaxis y el ritmo. Leí el poema varias veces y comprendí que había un vínculo entre esa historia que no se me contaba, y que desconocía por falta de referencias, y mi historia personal. ¿No es acaso otra forma de la historia de la humanidad esa guerra y esa sobrevida en la que andamos todo el tiempo? La palabra, en el mundo arcaico, decía Hölderlin, era capaz de matar físicamente; en el nuestro, pensaba el poeta alemán, nos aniquilaba simbólicamente. Algo de esa trasmutación había ejercido su fuerza sobre mí cuando leí ese poema. Busqué el nombre del poeta de manera mecánica y di con Roberto Fernández Retamar, pero caí en la cuenta de que poco importaba en ese momento. Me sentía diferente, algo me había atravesado. Esa poesía compartía el brío y la fuerza propias de la juventud.

Si bien el nombre era lo de menos es porque, aun ahora, pienso que gran parte de la buena poesía es anónima ya que nos pertenece, obedece a lo indomable del lenguaje, a su carácter animal pero civilizado, rústico y salvaje. Una forma de “decir” que se va perdiendo, en ocasiones, entre los escritores más adiestrados en su ego, pero que pervive en la naturalidad de lo simbólico y los mitos religiosos que nutren al pueblo y a las culturas que se encuentran en la periferia. Porque como pensaban Heinrich Wölfflin o Paul Valéry —y de donde abreva Retamar— sería hermoso considerar “un arte sin nombres”, aunque a nuestro obcecado narcisismo le cueste trabajo.

Ilustración: David Peón

Vuelvo al que fui entonces, cuando leí el resto de los poemas de la antología: “Felices los normales”, “Un hombre y una mujer”, “Por un instante”, “Usted tenía razón Tallet, somos hombres de transición” y “Juana”. Todos me parecieron buenos poemas, se acercaban a los territorios de la poesía que en ese entonces me interesaba. Compartían algo de lo escatológico de los versos nerudeanos, mucho del coloquialismo que distingue la poesía de Sabines y del panteísmo whitmaniano. Todos parecen poemas sencillos, pero no lo son, dentro de ellos caben muchas corrientes diferentes, en esos versos hay temas de profundo dramatismo que, sin embargo, saben alejarse de cierto tipo de solemnidad arcaica. Hay una dialéctica interna, concéntrica, “círculos y círculos como los que amordazan la piedra caída al agua”.

Hace unos días le conté a un amigo que escribiría un texto sobre Fernández Retamar, y entre chistes y chismes compartió conmigo “Oyendo un disco de Benny Moré”, donde puede leerse: “Así que estas palabras no volverán luego a la boca / Que hoy pertenece a un montón de animales innombrables / Y a la tenacidad de la basura! / A la verdad, ¿quién va a creerlo? /Yo mismo, con no ser más que yo mismo, / ¿No estoy hablando ahora?”.

Debo admitir que al ser humano que soy hoy, leer y escribir poesía le interesa por otras razones que no vienen a cuento acá, también afirmo que Roberto Fernández Retamar no mentía, que en estos días sus palabras han vuelto a mi boca, a mi memoria, son animales innombrables que invitan a olvidarme de la persona en que me he convertido —lleno de mañas, enrarecido, nostálgico y ambivalente—, para tratar de reconciliarme con esta sobrevida que nos rebasa a cada momento.

 

José Pulido
Poeta y ensayista.