Desde Méliès y Julio Verne hasta el intenso reportaje de Norman Mailer, el sueño de pisar la luna y su realización han permeado el imaginario cultural y político de occidente. Esta crónica presenta el desarrollo de ese logro.

Lo que Julio Verne nunca imaginó fue que sus novelas De la Tierra a la Luna (1865) y Alrededor de la luna (1870) eran premonitorias de algo que sucedería cien años después: la llegada del hombre a la luna. Mientras la primera historia se centra en los problemas de un equipo de científicos —miembros del Gun-Club— que pretenden enviar al espacio un proyectil de aluminio, impulsado con ayuda de un cañón de novecientos pies de longitud, el segundo libro trata de la manera en que finalmente se cumplió un viejo sueño: explorar la luna.

En el título original de la primera historia, Verne estimó que el trayecto del proyectil —o nave— duraría 97 horas, equivalentes a 4 días y 1 hora. Cuando la NASA llevó a cabo el primer viaje tripulado a la luna, justo al cuarto día dieron con el astro. El sitio que el novelista francés elige para el despegue está situado en Florida, muy cerca de Cabo Cañaveral. En esta increíble aventura, el proyectil sufre una desviación, pero se ubica cerca de la luna para ser atrapado por su gravedad y poder rodearla, siguiendo una órbita elíptica. Contra todo pronóstico, los viajeros logran escapar de la gravedad cuando recurren a los cohetes que tenían pensando emplear durante el alunizaje. De esta manera, la nave retorna a la Tierra y cae en el Pacífico.

Ilustración: Adrián Pérez

“La luna avanzaba en un firmamento de límpida pureza, apagando al pasar el centelleo de las estrellas. Recorría entonces la constelación de Géminis, y se hallaba casi a la mitad del camino del horizonte y el cenit. No había, pues, quien no pudiese comprender fácilmente que se apuntaba delante del objeto, como apunta el cazador delante de la liebre que quiere matar y no a la liebre misma”, escribe Verne.

En ambas novelas de Verne figuran tres exploradores, célebres por su capacidad de enfrentar momentos decisivos y salir adelante: el capitán Nicholl, Barbicane y Michel Ardan. Al cumplirse medio siglo de la llegada del hombre a la Luna, también recordamos a tres hombres: Neil Armstrong, Edwin Buzz Aldrin y Michael Collins.

Verne habla de una hermandad entre las naciones, cuyo propósito es unir esfuerzos para que se desarrollen las mejores herramientas y así el ser humano tenga la posibilidad de cruzar el espacio. Esa cofradía en pos de la tecnología nada tiene en común con la carrera espacial establecida entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que inició en 1957 con el lanzamiento del primer cohete que puso en órbita un satélite, el Sputnik. La competencia de ambas naciones por el espacio exterior se manifestó primero en colocar satélites —para mejorar la comunicación, el espionaje y con fines bélicos—, luego en lograr que el ser humano viajara fuera de la órbita terrestre y finalmente en tocar la luna. En los años setenta, el objetivo ya no era la luna sino obtener fotografías de la superficie de Marte. Durante la década de los ochenta sucedió, a la vista de todos, el accidente del transbordador espacial Challenger, un hecho que quizá desaceleró esa persecución. Después del fin de la guerra fría, en 1991, las incursiones al espacio exterior fueron menos frecuentes.

Aunque en lo narrado por Verne no se pudo concluir con el ansiado alunizaje, es gracias a Georges Méliès, inspirado en Verne, que el hombre arribó a la luna en 1902, en su Viaje a la luna. Méliès, para muchos considerado el mago que convirtió el cine en arte, filma el primer alunizaje con la siguiente trama: un club astronómico se congrega para llevar a seis expedicionarios que —guiados por Barbenfouillis— dentro de una cápsula espacial serán lanzados por un enorme cañón hacia la luna. Los tripulantes pasan la noche, pero algo les impide conciliar el sueño y dormir en la aparente quietud lunar; de pronto los sorprende la presencia de los selenitas, seres inquietos que brincan como chapulines a la menor provocación. Tras un breve enfrentamiento entre los viajeros y los selenitas, logran escapar y regresar a la Tierra hasta que la nave cae en el océano.

Pionero en efectos especiales, el cineasta francés obtiene una entrañable paráfrasis de la llegada a la luna en la narrativa verniana. Si revisamos ese famoso viaje, podremos hallar valiosos momentos que ya son parte de la historia del cine mundial y no dejan de asombrarnos por la manera en que pudo resolver la ambientación de la película, tomando en cuenta la escasez de material y herramientas para llevarla a cabo. Una de las imágenes emblemáticas del siglo XX es precisamente el rostro de la luna ideado por Méliès, el cohete clavado en el ojo derecho, acaso como un guiño de bienvenida a no pocas páginas que —tanto en ficción, poesía o crónica— se han escrito sobre el arribo del hombre a la luna.

Bajo la mirada de Acuarius

Mucho se ha escrito sobre lo que ocurrió el 20 de julio de 1969. Si bien ya no es fácil conseguir los libros con testimonios de los astronautas, han circulado volúmenes firmados por ingenieros de la NASA y periodistas que recopilaron información al respecto. Pero nada se compara con lo que hizo Norman Mailler en Moonfire. El viaje épico del Apolo 11 (Tashen, 2019), reportaje de bajo encargo de la revista Life. Mailer aceptó, tomando en cuenta que sólo a Hemingway le habían dado tantas páginas de Life, para que publicara su novela corta, El viejo y el mar. En su relato, Mailer se hace llamar Acuarius, porque nació bajo ese signo y, a fin de cuentas, ese heterónimo le funciona para ser un crítico feroz, agudo observador de la realidad contemporánea. Antes de la misión Apolo 11, los tripulantes de la nave ya habían participado en otros proyectos relacionados con la encomienda espacial, diez años atrás; una de esas misiones se llamó Gemini. Ahora la voz de Acuarius narraba el antes y después de la aventura más importante de sus vidas, y de paso entregaba a sus lectores uno de sus mejores reportajes, una clase magistral del nuevo periodismo. A Mailer le habría encantado ser parte de la tripulación del Apolo 11, así que en su relato procuró ser una especie de cuarto compañero a bordo.

En la preparación que debían realizar los astronautas, conviene señalar lo certera que es la mirada de otro escritor, Ray Bradbury: “Allí, en las espaciosas salas, yacen los módulos, como almejas de cuyas valvas cerradas nacen hombres en lugar de perlas”.

Mailer describe a cada uno de los tripulantes, más allá de sus habilidades en el espacio exterior. De Armstrong aprecia su sentido del humor, aunque lo reconoce como provinciano; también lo compara con un animal modesto más que con un hombre, “por sus insinuaciones de todos los temores selváticos, desde el puma hasta el gato y hasta los lamentos de la hiena, parecían merodear al borde de aquel claro de bosque de ciudad pequeña”. De Buzz Aldrin dice que “emanaba una estólida confianza en sí mismo, la del hombre que sabe que los problemas pueden ser resueltos si se atacan de la manera apropiada”. Y a Collins lo retrata con una risa nerviosa y “grácil tensión de un hombre que moriría sereno con tal de conservar el estilo”.

En una conferencia de prensa previa al lanzamiento en la NASA, Mailer refiere que un periodista le preguntó —a boca de jarro— a Neil Armstrong qué sucedería si el módulo lunar no conseguiría despegar de la superficie de la luna. “Si tal cosa ocurriera, hasta el momento no tenemos una solución”, respondió el comandante del Apolo 11. En otra entrevista, alguien le dijo a Armstrong que si pudiera llevar un recuerdo o algo personal al viaje, qué sería. A lo que el astronauta no reparó en contestar: “Más combustible”.

Tanto en la película First Man (Damien Chazelle, 2018), protagonizada por Ryan Gosling, como en el documental que Tom Jennings hizo para National Geographic, el comandante Armstrong es retratado como un hombre comprometido con su trabajo, responsable, que nunca pudo superar la muerte de su primogénita. Armstrong en medio del Mar de la Tranquilidad arroja al espacio la pulsera que le dieron a su hija el día que nació, en donde trae visiblemente su nombre, medidas, fecha y hora de nacimiento. En ese momento la ficción invade a la realidad y el espectador se conmueve por la escena dramática de un padre que pierde a su hija por una terrible enfermedad. Aunque los Armstrong decidieron tener otro hijo y así la familia siguió con cuatro integrantes, como el modelo del american way of life de esos años —papá, mamá y dos hijos—, la vida del astronauta jamás volvió a ser igual. El dolor del padre se ve agudizado por los ataques de ansiedad y nervios que vive su esposa, pues en más de una década fue presa de un considerable desgaste emocional debido a los riesgos que Armstrong debía enfrentar día a día en un trabajo vida y muerte. Con los años, el matrimonio Armstrong se disolvió y el comandante contrajo nupcias por segunda ocasión.

Volviendo a Mailer, él sabía que si insistían en convertir a Armstrong en un héroe, estaría dispuesto a serlo, pero dictando él sus condiciones. “Solo había habido un Cristóbal Colón, pero astronautas había por lo menos diez que podían hacer lo que él y cientos más de hombres ayudándoles en su empresa. Él era simplemente el representante de la voluntad colectiva”. El novelista estadounidense no duda en sentenciar que Armstrong parecía el más cercano a la santidad.

Para el momento de la misión, las diferencias entre Buzz Aldrin y Neil Armstrong ya estaban saldadas. Semanas antes de la misión, Buzz exigió a sus superiores que indicaran quién de los dos astronautas pisaría primero la luna, si él o Armstrong. La indicación llegó de manera rápida y contundente: Armstrong descendería primero y luego Aldrin. Porque él era el comandante y su asiento estaba colocado en una posición para facilitarle la salida, y no para las maniobras de pilotaje. De esta manera, Aldrin aceptó “la derrota” y ante los medios de comunicación decía que no importaba eso, porque a fin de cuentas ambos viajaban en la nave que arribaría por vez primera a la luna. (Disney, por cierto, decidió rendir un homenaje a Aldrin cuando bautizó al astronauta de Toy Story con su nombre).

El 16 de julio de 1969 miles de personas se reunieron en el condado de Brevard, Florida. Esa playa era el sitio idóneo para presenciar el lanzamiento del Apolo 11. Muchos acamparon en la zona, otros llegaron a formarse para hallar un lugar y esperar el conteo, podían distinguirse filas y filas de autos. “Los astronautas formaban parte de aquella familia de preocupación común que compartían todos los blancos del sur de Estados Unidos como consecuencia de la comunidad de corazones cristianos”, revela Acuarius.

Algunos datos duros de la misión arrojan lo siguiente: poder cumplir la promesa de Kennedy estaba costando 24 mil millones de dólares; en el John F. Kennedy Space Center de la NASA había 400 mil ingenieros prestando sus servicios; el costo de cada traje de los astronautas era de 100 mil dólares, entre otros gastos. No toda la población en Estados Unidos estaba a favor de que se gastara esa cantidad de dinero en la carrera espacial que, en esos momentos, consideraban absurda a todas luces. Ante su inconformidad, lo único que les quedaba por hacer era protestar. Y así lo hicieron, en particular jóvenes que apoyaban el movimiento hippie, y que rechazaban cualquier atisbo de la guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Blanco como el blanco de Moby Dick

El avistamiento fue un hecho sin precedentes. La mirada de Mailer cita a lo mejor de las letras estadounidenses y nos entrega una de sus más logradas descripciones:

Las llamas surgían como una catarata contra la cúspide del escudo protector; y luego se desviaban sobre el suelo. […] Dos tremendas antorchas de fuego como las alas de un pájaro amarillo de fuego que cubrían el campo de relucientes florecimientos de llama amarilla, y en el centro, blanco como un fantasma, blanco como el blanco de Moby Dick de Melville, blanco como el sagrario de la Madonna en la mitad de las iglesias del mundo, esta nave angélica, misteriosa, esbelta, hecha de secciones que se levantaba del suelo sin hacer el menor ruido, surgiendo de una encarnación de fuego, ascendiendo despacio hacia el cielo, lenta, como nadaría el Leviatán de Melville, lenta como podría elevarse en sueños, en busca de aire.

Mailer no sería él si omitiera los detalles polémicos y se ocupara sólo de lo maravilloso como es la contemplación de este despegue, o la contemplación de la Tierra desde la luna. El periodista encuentra un asunto puntilloso que otros cronistas quizá habrían omitido: la intervención de Von Braun, destacado ingeniero espacial alemán que durante la década de 1930 trabajó diseñando cohetes y armas para Hitler y cómo, a partir de eso, se empezaron a relacionar las siglas NASA con el término NAZI. No obstante, Mailer aclara que lo único cierto es la relación de la NASA con el ingeniero alemán nacionalizado estadounidense en 1955, lo demás es mentira. Von Braun sí fue una pieza clave para que la misión lunar pudiera concretar su destino.

Y, de hecho, el viaje a la luna terminó por ser considerado por los asesores liberales de Kennedy como la manera más imaginativa y atractiva de proyectar una bomba económica en un momento de relativa prosperidad y paz.

Esa bomba económica tiene que ver con la construcción de la proeza. La cinta First Man ubica precisamente como una verdadera proeza el alunizaje, debido a las condiciones de la nave y la tecnología de esa época. Dan a entender que los riesgos fueron muchos y que gran parte del éxito de la misión recae en la habilidad de Armstrong, quien supo reaccionar como se tenía previsto.  

Para Mailer en el momento previo a que Armstrong desciende de la nave —bautizada “Águila”— ocurre una situación poco convencional. “Mientras Aldrin daba instrucciones, se percibía una sugerencia inevitable de la especie de diálogo que suele tener lugar entre el obstétrico y su paciente en los últimos minutos que preceden al alumbramiento”.

El comandante Armstrong descendió, dijo la conocida frase y millones de personas continuaron atentas a la televisión. “Los astronautas han llegado tan lejos como Aquiles y Ulises, tan lejos como Jason… tan lejos como Magallanes y Colón”, puntualiza Acuarius.

¡Viva México, viva Apolo!

Tras el protocolo y las palabras de felicitación del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon por el éxito de la misión Apolo 11, todo era fiesta en la Unión americana. Los tres astronautas, convertidos en héroes, tuvieron otra vida. Se volvieron famosos, aclamados, admirados. A petición del presidente Nixon, los astronautas y sus respectivas esposas partieron de Washington D.C. en el avión presidencial, para iniciar una gira por varios países de América Latina. La primera nación que visitaron a fines de septiembre de 1969 fue México. Hay fotografías en donde Armstrong, Aldrin y Collins visten un sombrero de charro y un colorido sarape de Saltillo. Su sonrisa no los deja mentir y el más carismático de los tres es el comandante de la misión a la luna.

La nota publicada en El Universal el 30 de septiembre de ese año cuenta que varias personas se dieron cita en el aeropuerto para recibir a los astronautas, que eran vistos como extraterrestres. No faltó la señora que evadió la seguridad para poder tocar y abrazar a los nuevos héroes. El entonces regente del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal —con fama de represor durante el movimiento estudiantil del 68—, fue el encargado de recibirlos, darles las llaves de la ciudad y otorgarles presentes: un clip de oro, el Calendario azteca empastado en piel, una jarra de plata con incrustaciones de oro para la señora Armstrong, y centros de mesa para las esposas de Aldrin y Collins. La gente que siguió de cerca sus pasos en nuestro país coreaba: “Viva México, viva Apolo”. La ciudad era una verbena a su paso y el auto avanzaba a poca velocidad para evitar algún percance entre los asistentes.

La imaginación desbordante de Julio Verne nunca previó cómo sería la llegada a la luna, ni sus celebraciones posteriores. Pero eso no quita el valor premonitorio de sus novelas.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.