Este texto se adentra en la obra de Schweblin y nos explica, entre otras cosas, por qué a sus lectores en México les resulta tan deslumbrante.

Me gusta pensar en la obra de ciertos escritores como una especie de gabinete de curiosidades. Esos espacios que para María Negroni son “concebidos como theatri amplissimi, capaces de yuxtaponer a las facultades múltiples de la naturaleza el poder de síntesis de la mirada humana” y que, al mismo tiempo, son “dispositivos de luz y concisos microcosmos”.

El gabinete de Samanta Schweblin es uno de los más concurridos por los lectores en la actualidad. Libros como El núcleo del disturbio, Distancia de rescate, Pájaros en la boca o Siete casas vacías le han valido reconocimientos como el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero (2015) o el Premio Shirley Jackson en la categoría de novela corta (2018); además de dos nominaciones al premio Booker de traducciones.

Y es que la escritora argentina colecciona perversiones, sueños, anécdotas insólitas y situaciones límite en sus cuentos y novelas. Pero también cataloga en el interior de sus páginas las relaciones filiales, la fatalidad o la complejidad de la maternidad. Su apuesta por una prosa puntillosa y afilada es producto de una herencia literaria que no titubea en considerar géneros como el fantástico o la ciencia ficción, alta literatura o literatura a secas, y que también encuentra remanentes en autores como Flannery O’Connor o Raymond Carver. Ella misma declaró en una entrevista: “muchas veces pareciera que me estoy asomando a la literatura fantástica, pero en realidad me estoy asomando a la literatura de lo anormal, de lo extraño, que no es lo imposible de suceder”. Deudora, a su vez, de autores italianos como Antonio Tabucchi, Dino Buzzati o Gesualdo Bufalino, Schweblin está acostumbrada a expatriar de la realidad a sus personajes para colocarlos en un punto de no retorno, una realidad mutante que pende de los hilos de lo insólito. Por ejemplo, en “Mujeres desesperadas”, de Núcleo del disturbio, su primer libro de cuentos, puede leerse:

El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad.

Los mecanismos expuestos en la cita anterior resumen el proceder de la autora, un fraseo vertiginoso que apuesta por los enunciados cortos, un punto en el espacio dentro de la realidad (un bosque) pero que acaba siendo tocado por lo extraño (mujeres abandonadas en medio del bosque llenas de rabia y desolaciòn). Este estilo que la argentina ha sabido consolidar es más o menos el que aparece en todos sus libros, a excepción de Kentukis (2018), su novela más reciente y donde Schweblin concede mayor peso a la anécdota. Aquí el lenguaje, la voz singular de la autora, se adelgaza en virtud de una prosa que obedece a la vertiginosidad de los tiempos que corren y que escapan de la contemplación, la meditación y el recogimiento intelectual.

Domenico Remps, Cabinet of curiosities, óleo sobre tela, circa 1690, Opificio delle pietre dure, Florencia.

Los gabinetes de curiosidades eran organizados, generalmente, en cuatro categorías básicas: artificialia, naturalia, scientifica y exotica, por su nombres en latín. Cada una de estas secciones respondían respectivamente a los objetos creados o modificados por el hombre; criaturas y objetos naturales; instrumentos tecnológicos; y plantas y animales exóticos. No resulta extraño que para nosotros, los lectores mexicanos, la artificialia de Samanta Schweblin nos deslumbre y parezca excepcional, sobre todo cuando nos encontramos frente a una literatura nacional que ha sucumbido a dos fenómenos concretos que parecen ganar cada vez más peso: la anglofilia y la publicidad.

El lenguaje parco y resultón de la estrategia publicitaria y su impronta capitalista ha tocado la obra de algunos escritores mexicanos desde hace algún tiempo. Así lo explicaba Jesús Gardea hace veinte años: “No quieren arriesgarse, nadie se quiere arriesgar; piensan en su mercado de lectores adolescentes o en temas políticos de moda acorde con la situación del país. Son escritores de espejo, se miran en el espejo, pero no a sí mismos, si no como escritores, y llevan el espejo a donde quiera; escritores veinticuatro horas al día, y se ven en el espejo”.

Frente a un fenómeno de marketing que genera más consumidores que lectores, la literatura de Samanta Schweblin —y sobre todo sus cuentos— resulta refrescante porque escapa de una realidad conocida, que  nos han repetido hasta el cansancio: la violencia, el narcotráfico o, bien, la literatura testimonial. Géneros como la novela de no ficción (aunque qué acto de escritura no lo es) han ganado terreno, tal vez porque nos obligan a imaginar menos y se leen con más “facilidad”.

Así como anteriormente el boom disfrutó de mucha salud porque exportaba, como tantas veces se ha dicho, una idea exótica de América, parece que cierta literatura mexicana se esfuerza en hacer del país un retrato desfigurado de su misma realidad fracturada para llevarla a otras partes del mundo, en el mejor de los casos, y cuando no, ceder a construcciones aparentemente complejas que tratan de disfrazar la carencia de recursos y estilos literarios.

La diferencia es que la mayoría de las historias de Samanta Schweblin ocurren en Argentina, pero no buscan ser un fresco social; al contrario, el lenguaje y los escenarios “argentinos” sirven de fondo para contar historias más íntimas. En la narrativa de la escritora bonarense cabe algo de naturalia, como en Distancia de rescate, pero también de exotica, como en el cuento de “Pájaros en la boca”, del libro homónimo, donde una niña come pájaros vivos con mucha naturalidad. Los libros de Samanta Schweblin representan un órgano mental que nos seduce y nos convence de que en esos pequeños puntos de inflexión, donde la realidad se torna insólita, nace la contemplación de nosotros mismos para descubrirnos monstruos que fabrican constantemente su propia desgracia.

Una cosa más: los gabinetes de curiosidades, que fueron muy populares entre los siglos XVI y XVII, albergaban descubrimientos científicos, hallazgos de exploraciones a países considerados exóticos y dispositivos tecnológicos novedosos; en los siglos siguientes dieron pie a los museos de historia natural y arte, pero creo que algo se perdió en el camino. Con la literatura pasa algo similar, los museos lingüísticos anquilosan la obra de quien escribe; más que ponerla en circulación, la vuelven un atractivo para turistas; en los museos no existe el sentido de intimidad. Los gabinetes de curiosidades, en cambio, eran espacios personales donde el coleccionista perseguía sus gustos y obsesiones. A esos cuartos de las maravillas sólo tenían acceso sus amistades más cercanas.

En México hemos visitado, una y otra vez, el gabinete de curiosidades de Juan Rulfo; pienso también en Amparo Dávila cuyo gabinete pertenece al orden de lo extraño; en Inés Arrendondo y su colección de cuentos exóticos; en Gardea y sus dispositivos narrativos. Todos ellos consiguieron descolocar la realidad, dislocarla, para decirnos que existe una mirada periférica frente a la linealidad del mundo. Estos escritores —como Samanta Schweblin— no ofrecen desde sus pequeños cuartos salas monumentales, sino algo que pertenece al orden de las cosas vivas, de lo lingüístico y lo corpóreo, de lo biológico y lo social, un teatro total a partir de un microcosmos, un espacio dedicado al estudio y la observación de las complejidades del mundo. En este caso —y sobre todo— hablamos del mundo que se elabora en la cabeza de cada lector.

 

José Pulido
Poeta y ensayista.