¿Cuál es el secreto del éxito pegajoso y bailador de una canción como “La Chona”? Sólo un experto puede revelarlo. La creación de los Tucanes de Tijuana es única en su especie.

Los académicos de alto pedorraje dirán que ni madres: “La Chona,” ese poema de Los Tucanes de Tijuana, no es más que una vulgar rolita con un panfletario mensaje de rebeldía y bailongo; nada que no hayan releído mil veces en sus libros llenos de latinajos. Pero el crítico tiene la obligación moral de decir la neta y toda la neta. Les aseguro, carnales, que las neuronas de esos  c-ñores dizque letrados se ponen a bailar con el ritmo tucanesco cada vez que oyen la susodicha sarabanda, aunque no lo quieran y les chille la ardilla de sus marcos teóricos.

Sucede que “La Chona” tiene una muy buena dosis de genialidad. ¿Dónde está el secreto de este sublime rolón? Vamos por partes, como dijo el carnicero. Primero, deben saber que “La Chona” combina dos tipos de versos de catorce sílabas: el que nos enseñaron en la secundaria y se llama alejandrino (la suma de dos versos de siete sílabas), y otro que ni siquiera al mismísimo Góngora se le hubiera ocurrido, el tetradecasílabo trocaico.

Achis, achis, ¿qué es esa jalada de tetradecasílabo trocaico?, preguntarán. Sí, ya sé que suena a algo que me acabo de sacar de la manga, y también sé que mis compadres los poetástrotos perturbados dirán que es pura necedad, pues los versos de catorce sílabas se llaman alejandrinos y san-se-acabó. A esos valedores hiperlactantes les voy a demostrar que están pero requetebien confundidos y que la magnesia no es la gimnasia.

Ilustración: Víctor Solís

Como dice Aristóteles en la Retórica: Todos los churritos son frituras, pero no todas las frituras son churritos. Y pasa lo mismo en la métrica. El alejandrino es bien famosillo, rimbombante y canónico, pero no es la única manera de acomodar catorce sílabas en una línea; hay más alternativas, muy exóticas, eso sí. Tal es el caso de “La Chona” y su tetradecasílabo trocaico.

“Ajá, muy bonito tu trabalenguas, pero, tío Lufloro, tú dijiste tetradecasílabo trocaico, y aún no mencionas qué carajos es trocaico”, replicarán ustedes. Calma, calma, la noche es joven, la lengua es larga y para todo hay explicación.

Un verso trocaico ocurre cuando se pronuncia fuerte una sílaba inicial y la segunda no, la que sigue sí, y la que sigue no, y así sucesivamente como si hicieran pasito pa´ delante, pasito para atrás. Por dar un ejemplo garnachoso: "Vamos a comernos eso" es un verso trocaico porque todas las sílabas nones están acentuadas de forma prosódica:

vá-mos
á-co
mér-nos
é-so.

Esto suena "tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka". Ambos versos son trocaicos, el primero es de ocho sílabas (octosílabo), y el segundo de diez (decasílabo). Sólo que, y aquí está la magia, los versos de “La Chona” no son de ocho ni de diez, sino de catorce majestuosas sílabas. Deliciosos y largos versos de catorce sílabas con ritmo trocaico:

ý-la
Chó-na
lué-go
lué-go
bús-ca
bái-la
dór.

“Tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka”. Sientan qué potente y sabroso se oye esa tracatraca de la matraca. Los versos de “La Chona” suenan a caballo norteño y sombrerudo que corre rítmicamente en el campo de la quebradita tucanesca y el que opine lo contrario es porque tiene seco el corazón o porque adolece por completo de músculos cardíacos.

Si no me creen, revísenle y hagan cuentas: los acentos caen, al pronunciarse, en las sílabas 1, 3, 5, 7, 9, 11 y 13. Esto significa que hay en cada verso siete golpes (o pies) acentuales perfectamente colocados. A esto también podría nombrarse heptámetro trocaico, otro término mafufo que todo buen ñoñazo lírico debería aprenderse antes de querer lanzar su veneno.

Ah, nomás para que no se me saquen de onda: si cuentan el verso anterior, resultarán trece sílabas. Pero, como saben los c-ñores doctos y educados, las reglas de la métrica castellana —ese sudoku pa’ señoritos con demasiado tiempo en sus manicuradas y hemofílicas manitas habsurgeñas— cuando la última palabra es aguda se le aumenta una sílaba al verso.

Lo bueno es que los señoritos no son los únicos que le mueven a los pasos perdidos: los juglares más experimentados, desde mi señor Ens Betrán de Ventadorn hasta los Tucanes de Tijuana —Undécimos Musos, Fénixes de Aridoamérica, Inundadores Castálicos de incontables pachangas— se saben todos estos truquillos de arriba para abajo.

En fin, carnales, ¿qué quieren que les diga? El tetradecasílabo trocaico —o heptámetro trocaico: ambos términos se relacionan como las quesadillas con chorizo y los tacos de choriqueso— es sumamente extraño tanto en la poesía como en las canciones en español. Su servilleta entiende una o dos cosillas de prosodia y tiene que admitir que nunca jamás habíase topado con un bicho tan raro excepto en ciertas rapsodias de rap.  Así que, alegraos y bailad, jijos de la quebradita, pues “La Chona” es única en su especie.

En cuanto al coro, allí sí aparece el famoso alejandrino del que tanto hablan los exquisitos eruditos inmamables:

Y la Chona se mueve, (7) y la gente le grita, (7)
no hay mejor que la Chona (7) para la quebradita (7).

Y la Chona se mueve, (7) al ritmo que le toquen, (7)
ella baila de todo, (7) nunca pierde su trote. (7)

Estos versos partidos —hemistiquios, les dicen los venerables— son bastante comunes en todo tipo de poemas, incluso en otras rolitas llegadoras, como en el coro de “Ojalá”:

Ojalá pase algo (7) que te borre de pronto: (7)
una luz cegadora, (7) un disparo de nieve. (7)

Si no me creen, pónganse a cantar “Ojalá” al ritmo de “La Chona” y viceversa. Hagan ese experimento y ya nunca en sus vidas podrán escuchar una sin querer cantarla al ritmo de la otra.

Tenemos entonces, carnales, que “La Chona” es toda una eminencia no sólo porque diario va a los bailes, sino también porque es la única rola donde se combinan dos tipos de versos de catorce sílabas. Pongo las manos al fuego y puedo asegurarles que no existe otra canción ni poema en todo el espectro del idioma español donde se combinen estas dos estructuras de versos de catorce sílabas. 

Y bueno, ¿pa’ que les digo que sí, si no? La mayoría de los versos del desarrollo de “La Chona” no son estrictamente trocaicos; o sea, los acentos no caen de forma precisa donde deberían. Lo bueno es que el impulso rítmico de la interpretación tucaniana obliga a que los acentos se acomoden como deberían. A esto se le llama “dislocación acentual” —o si prefieren: dislocácion acéntual— y es una de esas mañas que tienen los cantantes para que el ritmo sea más pegajoso:

“Tó-dos | lá-co | nó-cen | cón-el | á-po | dó-de | Chó-na”

En la interpretación, la palabra apodo se canta como palabra esdrújula: “ápodo”. Así, el tetradecasílabo norteño queda bien acomodado y ustedes puedan zapatear bien tupido sin hacerse bolas.

Y bueno, mis carnales, ahí quedan servidos. La próxima vez que un mamerto amigo ande sintiéndose la verdura del consomé académico, recuérdenle que “La Chona” es magia, poder, riesgo rítmico, oscilación perfecta de acentos. Esta combinación de ritmos acentuales en versos de catorce sílabas es lo que hace que “La Chona” sea una canción tan pegajosa.

En esta gloria tucanesca y tijuanera se percibe el cincel maravilloso de las sílabas tónicas combinadas armoniosamente con las sílabas átonas. Quizás por ello la Chona baila de todo y nunca pierde su trote, porque su trote es un ritmo trocaico y alejandrino.

 

Luis Flores Romero
Escritor, locutor de radio y decimero. Twitter: @lufloro

 

 

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