Un emotivo adiós al poeta, pintor y narrador de Huelva, también conocido como “El Capitán de las Dunas”. Su poema “La Ola (Muerte)” es una lección de estilo y humildad.

Las balas me están cayendo cada vez más cerca. En lo que va de semana he perdido dos buenos amigos. Uno de ellos antier, en Huelva, un amigo de aquellos que suele decirse que son “de toda la vida”, al menos desde 1960 este Paco Pérez tan querido.

Siguiendo mi costumbre, busqué su nombre en mi directorio, para colocar delante una †, y luego programé el signo † en la ventanilla de búsqueda del directorio. Me encontré con que ya figura allí 209 veces. Tengo, pues, un pequeño cementerio en mi libreta de direcciones, y entre ellas una † políticamente incorrecta porque mi buen Mourad era musulmán. Pero pudo más la fuerza de la costumbre y también se la encajé a él.

Paco Pérez, maestro de escuela, en Huelva, nieto de una celebridad local, de un excelente pìntor que nunca quiso salir de nuestra ciudad y eso le costó no ser una celebridad de mayor alcance, él, pues, Paco, era un apasionado de Ibsen, hasta el punto de querer aprender noruego para poder leerlo en el original. Y al intentarlo descubrió que no había un solo manual de noruego–español, de modo que sin dudarlo un instante se puso a la tarea de pergeñarlo.

Fruto de sus desvelos fue un libro por el cual el gobierno noruego lo invitó a visitar el país en compañía de su esposa, Eugenia, y en el camino a Oslo pasaron por Colonia y fueron nuestros huéspedes un par de días. Eso era antes de la muerte del inferiocre, de manera que Eugenia y Paco se pasaban horas muertas en los porno-shops y se divertían sobre todo con las pelis de dibujos animados donde a Blancanieves la pasaban por la piedra sus siete enanitos. Y cosas así.

Luego, al cabo de los años, pidió que se le destinara a Alemania para la enseñanza de niños españoles, y pasó un par de años acá, y de nuevo nos visitaron en casa. Al cabo, regresaron a España y se instalaron a vivir en un chalet de una urbanización que se llama con toda justicia Bellavista. Los visitamos allá algunas de las veces que íbamos a Huelva, y nuestros hijos, que de pequeños pasaban las vacaciones de verano allí, con mis padres, se hicieron muy amigos de los hijos de Paco y crecieron juntos. De hecho, la noticia de su muerte nos la ha dado nuestro hijo a quien le escribió César, el único hijo varón de Eugenia y Paco.

Inmediatamente quise saber a qué se debía una muerte que nos parecía repentina, y ahora ya tenemos la historia. Eugenia murió en octubre 2017, y en los mails que nos cruzamos se le notaba derrotado, pero nos pareció normal. Llevaban viviendo juntos más de 50 años y eran un matrimonio muy unido. Y como desde abril 2016 no hemos vuelto a ir a Huelva, y él era muy perezoso para la comunicación epistolar, no nos pudimos enterar de que desde la muerte de Eugenia él se vino abajo, casi no salía de casa, se abandonó sin más, esperando sólo poderse reunir con su Eugenia. Y eso, unido a las complicaciones de salud con que siempre debe contarse a partir de los 60, mucho más si eres reacio a los médicos, eso ha terminado por matarlo antier.

Patricio Betteo

Casi me estaba olvidando de decir que Paco era poeta, narrador y dibujante, extraordinario en todos esos menesteres, pero como su abuelo, sin salir de su patria chica. En la necrológica que Manolo Moya —otro poeta, y traductor de Pessoa— le ha dedicado en el Diario de Huelva, puede leerse un párrafo que lo define dando en el centro de la diana: “Autor de una mínima obra —un Rulfo de la vida—, su presencia y su nombre no han dejado de habitar en la memoria y en la admiración de una decena escasa de lectores. Yo, modesta y afortunadamente, me encuentro en esa nómina de privilegio”.

Era un poeta muy especial, y a veces paradójico: se enorgullecía de la atlanticidad de su tierra natal y nos invitaba a navegar a Alejandría. Firmaba su obra como “El Capitán de las Dunas”, y el 3 de marzo de 2011, en su casa de Bellavista, movido por ese numen que sin decir agua va se apodera de los poetas, escribió estos versos, que me envió al día siguiente:

Estés donde estés
y hagas lo que hagas
la ola te atrapará, la gran ola
de tierra y tiempo, tu mismo tiempo,
la tierra toda que te desconoce,
a ti que eres muy poco más que nada.
Verás llegar, apenas, la gran ola
que se desmorona sobre ti como una montaña,
como el cielo de la noche,
como un árbol inmenso talado por su pie
que te atrapa antes que su sombra,
que te crucifica en el suelo con sus ramas.

Tus recuerdos como cintas volarán confusos,
se agitarán asustados, transparentes,
arrollados por el bucle vertical y atroz
de la gran ola empujando su agua,
ni remanso ni bastión donde pararse,
ni arena donde apoyar tus pies, ni resuello,
sólo el final desvanecimiento
en una infinita línea de playa.

Luego de escribir nerviosamente su poema, agregó un título y, entre paréntesis, un subtítulo: “La ola (Muerte)”.

Ocho días después, un sismo bautizado como “Pacific Ocean off Tohoku [=Noroeste]” de una magnitud de 9.0 en la escala Richter, dio lugar a una emergencia en las plantas nucleares Uno, Dos y Tres de Fukushima (“Isla Feliz”, en japonés). El sismo no causó daño alguno en ninguna de las plantas. Lo que al parecer no estaba previsto era que el sismo provocaría un tsunami. Fukushima está a más de 100 km del epicentro de modo que el tsunami tardó una hora en llegar allí, arrollando las tres plantas con “el bucle vertical y atroz / de la gran ola empujando su agua”.

Te nos has muerto, Paco Pérez. Y con esa mirada yerta con la que tenemos que terminar por aceptar lo irremediable, te digo lo que dijo el poeta portugués delante del cadáver de su amigo: “¡Hazte un nudo en el sudario,  / no nos olvides Allí!”. Y llévale nuestros saludos a Eugenia.

Colonia, 26 de junio de 2019

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.