Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) —ganador del premio Herralde de novela 2016 — acaba de anunciar que terminó de escribir su siguiente novela. Ofrecemos esta charla sobre su camino en el mundo de las letras, sus autores predilectos y su visión de la literatura.

Camilo Rodríguez: ¿Cómo fueron tus primeros pasos en la literatura? Entiendo que publicaste tu primera novela mucho después de los treinta años, cosa inusual en el mundo literario de hoy.

Juan Pablo Villalobos: Así es, empecé a escribir relativamente tarde. Mi primera novela Fiesta en la madriguera (Anagrama) se publicó en 2010, cuando tenía treinta y siete años. Pero, como escritor, comencé muy joven, desde la adolescencia, en esa “edad del azote” [ríe]. Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria, no me incliné por la literatura porque, económicamente, no lo consideraba como una opción sino como una pasión, algo que pertenecía al ocio. Entonces estudié una carrera administrativa en Guadalajara. Me titulé y comencé a trabajar. Pero durante este tiempo leía muchísimo. Participaba en talleres de escritura, seguía escribiendo cuentos. La poesía la abandoné, pues le tengo mucho respeto y me parece algo bastante alejado de la narrativa, aunque se le considere parte del mismo fenómeno y aunque sé que hay buenos poetas que también son buenos narradores, lo cual me parece admirable. Y cuando cumplí 25 años tuve una crisis existencial porque el trabajo que estaba haciendo no me gustaba y me di cuenta de que me estaba frustrando. Entonces reflexioné y me dije a mí mismo que si no exploraba esa vocación artística que es la escritura entonces siempre iba a tener la excusa perfecta para estar amargado, para decir “Yo tendría que haber sido escritor pero no lo hice”; y me di una oportunidad pensando en que si no resultaba ser un buen escritor no habría ningún problema porque por lo menos lo habría intentado.

De hecho, soy un gran defensor del mundo académico, aunque no lo parezca en mis libros. Y considero que se debe tener un buen conocimiento de la historia literaria, e incluso de la teoría literaria.

Entonces para mí era claro que si quería ser un buen escritor debía estudiar. Dejé mi vida en Guadalajara y me fui a estudiar a Xalapa, Veracruz. Regresé a la universidad para estudiar Literatura Hispánica. Al principio pensaba que me iba a aburrir rápidamente e iba a abandonar ese sueño guajiro, pero en realidad fueron muy buenos años de mi vida en los que leí muchísimo. Me formé como lector leyendo los clásicos latinos y griegos, el siglo de oro español, la literatura del siglo XIX mexicana, la literatura del boom. Tuve una formación integral como escritor porque también aprendí mucho de materias como la semiología, la crítica literaria o la narratología. Fue una época muy provechosa en que también escribía. Seguí escribiendo pero solamente cuentos porque me parecía que me faltaba mucho para poder escribir una novela. Acumulé varios cuentos y pensé tener un libro de cuentos pero no conseguía publicarlo. Al terminar la carrera de letras obtuve una beca de la Unión Europea para irme a estudiar un doctorado en Teoría Literaria en la Universidad Autónoma de Barcelona. Fue entonces, entre 2006 y 2007, que escribí Fiesta en la madriguera. En 2008 lo empiezo a proponer a varias editoriales hasta que un año más tarde lo acepta una de ellas y sale en 2010.

Así pues, podría decirse que tardé 23 años en formarme como escritor y publicar mi primera novela. Pero en el fondo, yo pienso que uno nunca aprende a escribir. Cada libro es un aprendizaje nuevo. Siempre que empiezo una novela tengo la impresión de que no sé cómo escribirla.

CR: ¿Qué autores marcaron entonces tu visión de la literatura y cuáles crees que han influido en tu escritura?

JPV: En todos estos años pasé por muchas etapas. Tuve un primer deslumbramiento por la literatura del boom: García Márquez, Rulfo, Vargas Llosa, Onetti. Especialmente Onetti, aunque no lo he leído últimamente le guardo un gran cariño. Sin embargo, con el paso del tiempo esto fue pasando y comencé a interesarme por escritores más periféricos, más desconocidos y marginales, pero dentro de la misma tradición latinoamericana. Por ejemplo, de repente me interesó más Felisberto Hernández que todos estos escritores que he citado. De repente me interesa más Arlt que Borges, aunque sé que puede parecer una tontería. Entonces me comencé a acercar a una literatura latinoamericana alternativa, por decirlo así; a Pablo Palacio en Ecuador, a Efrén Hernández y Francisco Tario en México, a Virgilio Piñera en Cuba. Escritores que fueron olvidados o relegados del gran público lector y que solo son reivindicados por otros escritores o en ambientes académicos. La idea es difundir este tipo de literatura, eso es lo que yo trato de hacer.

Juan Pablo Villalobos

CR: Al leer tus novelas, especialmente en Si viviéramos en un lugar normal (Anagrama, 2012) y No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama, 2016), da la impresión de que la prosa de Ibargüengoitia, en particular su sentido agudo de la ironía y su estupendo humor negro, tiene una resonancia especial en tu narrativa.

JPV: Soy un lector muy consciente y analítico de la influencia de Ibargüengoitia en mi trabajo. Por una parte, soy gran admirador de su vertiente paródica, dos reinterpretaciones de la historia mexicana: Los pasos de López (1982) es una reescritura de la Independencia de México y Los relámpagos de agosto (1968), que es una interpretación burlesca de la Revolución mexicana. Estas son novelas fundamentales para entender cómo hacer humor en una novela política. Después, hay otras novelas que quizás me interesan más como Estas ruinas que ves (1975) o Dos crímenes (1979). Lo que me interesa allí es la literatura pueblerina, provinciana. En México hay esta idea despectiva de la provincia. Los del centro de la élite cultural de México, que es la Ciudad de México, siempre ven con desdén el rancho, la provincia, incluso a Guadalajara.

Yo soy de pueblo, de hecho vengo de un pueblo cercano al lugar de origen de Ibargüengoitia, que vivió en Guanajuato, y yo viví y crecí en los Altos de Jalisco. Esa zona del Bajío y los Altos, que son muy vecinas, son el escenario, la geografía sentimental de Ibargüengoitia, la base de la ciudad ficticia “Cuévano”, que es muy parecida a mi pueblo: ciudades conservadoras, reaccionarias, con una influencia muy grande de la religión católica, con una incidencia importantísima de la intolerancia, de la estrechez de miras. Pero Ibargüengoitia acata eso con muchísimo humor. Yo me familiaricé muy fácilmente con eso que retrata él porque era muy fácil identificarme con ese mundo. Esas escenas de pueblo eran la vida que yo había tenido en mi niñez.

CR: Ahora que hablas de la niñez y de un contexto difícil: ¿crees que fue precisamente tu experiencia de vida la que te llevó a interesarte en los caminos de los migrantes, como se puede observar en tu reciente libro de crónicas Yo tuve un sueño (Anagrama, 2018)?

JPV: Seguramente puede haber una interpretación psicoanalítica sobre mi participación de este proyecto [ríe]. Podría tener que ver con mi infancia, también con mi interés por estos escritores marginales. Mis novelas Te vendo un perro (2015) y Si viviéramos en un lugar normal (2012) son testimonios de la exclusión, la marginalidad, la desigualdad y la fragilidad de la infancia. Esos temas siempre me han interesado. Yo tuve un sueño es un libro muy distinto en términos literarios, ya que es un libro de no-ficción que bien pudiera leerse como ficción porque he decidido utilizar estrategias narrativas y las he aplicado a una serie de testimonios. Hay una coherencia temática pero también una búsqueda de voces narrativas. A mí lo que siempre me ha interesado de la literatura es encontrar el tono adecuado para cada historia, pues cada historia tiene una sintaxis, un vocabulario. Ese es mi trabajo como escritor. Cuando me reuní con los niños migrantes y escuché sus historias, lo que quise hacer fue transformar esos testimonios en literatura pero me distancié sustancialmente del humor en este libro. Aunque la preocupación social y política sigue estando presente en todos mis libros.

CR: Y después vives una larga experiencia como migrante, o más bien como expatriado, primero en Brasil y luego en España, en Barcelona. ¿Qué tipo de reflexiones te aportó esta experiencia personal?

JPV: Básicamente fue un efecto de distanciamiento y me hizo replantear mi lugar como escritor. Al pasar diez años fuera de México comencé a tener ciertas inseguridades, ciertos temores como escritor. Temía folclorizar y volver exótica la realidad mexicana con mi prosa. Es algo que me sucedió sobre todo con Te vendo un perro. Entonces, al terminar esta obra, decidí que debo cambiar de mira y de perspectiva literaria. El hecho de ser expatriado e inmigrante me obliga a encontrar otra salida narrativa. De esa crisis surge No voy a pedirle a nadie que me crea. Trato de ser coherente con mi realidad lingüística cotidiana, y lo hago incluyendo el español de España, el español de Argentina, el que hablan los extranjeros que viven en Argentina, el portugués, que también hablo. Esta novela surge de esa crisis. La novela es una respuesta a esa crisis y también abarca los distintos acentos del español en México.

CR: En Yo tuve un sueño los temas fundamentales y los problemas de estos niños migrantes centroamericanos son también temas y problemas bien anclados en la sociedad latinoamericana: madres luchonas, padres irresponsables, desigualdad social y pobreza extrema. ¿Tenías alguna intención de denuncia social más amplia en tu obra?

JPV: No hay una intención de denuncia. La intención es más bien generar una empatía en el lector, que el libro sea un espacio donde el lector comparta la realidad de estos niños, a nivel sentimental, psicológico. Creo que eso es lo que la literatura puede hacer y que es más difícil que el periodismo, pues éste hace un trabajo de documentar, muy importante también, pero más cercano a los datos que a las emociones. Por eso los relatos están en primera persona, por eso no está la figura de un cronista que analice, que opine o que imponga su mirada. Hay una intención de que el libro produzca un espacio para ver al otro, y esa es la experiencia de lectura más primordial y primitiva de la literatura, que es la posibilidad de viajar, de ir a otras realidades, de salir de uno mismo y verse desde afuera.

 

Camilo Rodríguez
Redactor cultural y traductor.