En nuestro andar cotidiano perdemos a veces la noción de las pérdidas. En este caso, un árbol en el paisaje urbano es una señal en mitad del laberinto de la ansiedad. Con esta crónica inauguramos nuestra sección de “Corresponsal”, para todo tipo de metronautas, flâneurs y catadores del entorno diario.

Hoy he perdido un árbol. No hubo oportunidad para un último secreto compartido. La tarde de este lunes para mí ha quedado incompleta.

El árbol y yo nos conocimos en enero de 2016. Yo tenía cajas de mudanza amontonadas, memorizaba nombres de calles, aprendía  un nuevo recorrido a la oficina. Él estaba ahí, a la orilla de la Diagonal de Patriotismo, con su tronco agrietado y sus ramas secas. El poeta hubiera dicho con pesar que por su sangre ya no viajaba algo con voz de clorofila.

Después de ensayar varias rutas a mi escritorio, decidí que la mejor era aquella que me obligaba a pasar por una pintoresca, aunque descuidada, Plaza de los Compositores, subir las escaleras incompletas de un puente peatonal inestable, y luego precipitarme por dos calles de la colonia Condesa.

Había quienes me recomendaban no cruzar por ahí. Los ahuyentaba la casa de campaña que un vagabundo había instalado en las alturas del puente peatonal. Preferían seguir por Alfonso Reyes. Con los días aprendí la rutina del enigmático inquilino: por la mañana salía de su refugio; desayunaba en cuclillas un yogurt o un pan, y nunca olvidaba dar los buenos días con voz suave a quienes pasábamos lento o a prisa. Aparentaba cerca de treinta años. Tenía la tez blanca, el cabello castaño y las manos delgadas. A la hora de mi regreso, él nunca aparecía.

En mis recuerdos de esos días, el árbol es un fantasma. Me veo corriendo contra el tiempo, persiguiendo a la puntualidad, improvisando la vida. Subía y bajaba el puente como si el entrenador de Rocky Balboa me hubiera asignado una de sus rutinas más estrictas. Alguna vez conté los escalones con aliento cortado, pero su número es uno de esos cientos de detalles que se me han traspapelado en la mudanza cotidiana de la memoria.

No había día en el que no me recomendara a mí misma evitar tropezarme o torcerme el tobillo. No sé si mis pies hubieran salido ilesos de continuar así. Supongo que no. Pero estoy segura de que están agradecidos por no enfrentarse más a las pruebas de velocidad para cruzar la avenida.

Fotografías: Kathya Millares

Meses antes de que desmontaran el puente peatonal, el habitante de la casa de campaña desapareció. Los perros husmearon sin pudor entre sus pertenencias. Los caminantes arrojaban basura al suelo. Supe que era un camino abandonado cuando esquivé una zapatilla negra sin su par a la vista, cuando pisé una cartera vacía y cuando descubrí un  pequeño bolso de mujer colgando de uno de los barrotes con un espejo y un estuche de maquillaje adentro. El 28 de diciembre de 2016, la Autoridad del Espacio Público de esta ciudad retiró el puente y se acordó del olvido al que había relegado a la Plaza de los Compositores.

Tuve que mudar mi caminata hacia la oficina a la acera de enfrente y andar por Alfonso Reyes en dirección hacia el sur, tratando de esquivar el estruendo de la reconstrucción del edificio de la Secretaría de Economía. Mi relación con el árbol se redujo a vistazos ocasionales. Aprendí a cruzar a paso lento la Diagonal de Patriotismo.

Perdí la cuenta de los meses en los que la plaza fue intransitable. Cuando vi que los compositores habían vuelto, me detuve a darles la bienvenida. Me alegró ver que los trabajadores que remodelaban la torre de la Secretaría de Economía desayunaban sentados en los nuevos bancos de concreto. Seguí avanzando por mi antiguo camino, buscando sin suerte, el olor de lavanda recién plantada. A falta de puente, tenía que sincronizar mis pasos con los del hombrecito verde del semáforo.

Fue aquel día cuando reconocí al árbol. Lo vi de frente. Se veía igual de seco que antes. Sus ramas seguían pareciendo hermanas de las escobas de varas que usan los barrenderos madrugadores  del Bosque de Chapultepec.

De ahí en adelante el árbol y yo nos saludábamos de frente por las mañanas, y por las tardes nos despedíamos cuando tocaba su tronco. Él se volvió archivista de mis desastres y alegrías. Hubo momentos en los que creí verme en su tronco como en un espejo. Alguna vez, al conversar con alguien muy querido, caí en el lugar común de describirlo como si hubiera salido de un cuento de Poe. Gracias a este árbol se me hizo costumbre poner la mirada en los  cielos mutables del valle. Los vi azules, con nubes pesadas, despoblados de estrellas. Mientras trataba de adivinar hace cuánto lo habían plantado ahí, escuché en calma los insultos que otros caminantes soltaban en contra de los automovilistas y motociclistas que ignoraban la luz roja.

Hoy por la tarde, al volver de la oficina, descubrí que el árbol había desaparecido. Vi el cielo con sorpresa; algo faltaba: no estaban sus ramas secas ni el tronco en el que me apoyaba mientras esperaba el paso. En su jardinera había un intruso. ¿De dónde había salido ese poste de luz? No sé si fue el resfriado o los pendientes del lunes los que me cegaron por la mañana. O tal vez, sin darme cuenta, retrocedí hacia la vida de antes, aquella en la que veía más líneas de pasos peatonales que rostros. Sólo sé que hoy no tengo recuerdo del cielo matutino.

Ignoro a qué especie pertenecía, así que nunca conoceré su nombre científico. Era muy delgado, pero no fueron pocas las tardes en las que su sombra me protegió del sol acosador de la primavera contaminada. Nunca le tomé una foto de frente. No quería incomodar a los otros peatones. Tengo una de su perfil con el cielo limpio que apareció después de los recientes días de contingencia ambiental, y otra de sus ramas secas conviviendo con la armonía de un cielo blanco, como he visto pocos en esta ciudad. Pienso que decidieron quitarlo porque en época de lluvias ser un árbol cascarón es un riesgo. Era un árbol sin vida. Era mi árbol.

10 de junio, 2019

 

Kathya Millares
Editora de nexos.