En esta segunda entrega de nuestra “Carta de recomendación” para los amables lectores entramos en los meollos de una serie tan bien realizada como discutible (por sus aires justicieros).

Lector que te informas en documentales o series y picas verdades innegables (para la sobremesa):

Empecemos, por ejemplo, con el enigma: ¿quién mató a un samurai en el claro de un bosque? Pues bien, el escritor Ryūnosuke Akutagawa trató con el cuento “En el bosque” (1922) de explorar las implicaciones filosóficas de encontrar la respuesta a una verdad tangible. Por eso, el cuento está escrito como un proceso judicial, como un expediente en el que las múltiples declaraciones van formando un panorama que nos acerca, o no, a la verdad de los hechos. Kurosawa adaptó el cuento en 1950 con Rashomon. Trasladó a la pantalla la idea de que la verdad, incluso en un caso absolutamente concreto, puede parecer fácil de pronunciar, pero, entre cada enunciación, se vuelve más complejo encontrarla.

Recientemente, HBO estrenó Chernobyl, una miniserie que intenta desenmascarar los hechos y las razones humanas detrás de la catástrofe de Chernóbil, ese fatídico 26 de abril de 1986. Así, la investigación reencarna a los culpables, explica las razones de sus equivocaciones y el peligroso sistema soviético que las propició.

La trama, más que policiaca, es judicial: ¿cómo se pueden deslindar, a través de una investigación, las responsabilidades en torno a esta catástrofe? Las pruebas se buscan en una lucha contrarreloj para tapar un reactor abierto que seguirá produciendo enormes cantidades de radioactividad por los próximos 24 mil años. El resultado narrativo de este entramado de situaciones increíblemente tensas es magnífico. Y la manufactura es impecable.

La espectacular fotografía de Jakob Ihre toca con una luz única los uniformes exactos, las oficinas exactas, la utilería exacta del aparato burocrático y de la vida cotidiana en Ucrania a finales de los años ochenta. Todo, en el diseño, es perfecto: los trajes, la ropa casual, los cigarrillos, la madera que reviste los recintos oficiales, los retratos envejecidos de Lenin y la mancha de vino en la cabeza de Gorbatchev.

Y, más allá del diseño, está el maravilloso suspenso de lo invisible. Todos conocemos la multicitada “teoría de la bomba” de Hitchcock: el suspenso nace cuando el espectador sabe que, debajo de la mesa de una cena anodina, hay una bomba cuya mecha se agota. Ahí está el suspenso: en la dislocación de lo que saben los personajes en pantalla y lo que sabe el público. ¿Pero qué pasa cuando la bomba es un agente invisible? ¿Cómo se transmite el miedo a un espectador frente a un mal inmaterial que nadie verdaderamente entiende? ¿Cómo crear suspenso alrededor de la amenaza radioactiva?

La respuesta brillante de estos realizadores viene de un lenguaje audiovisual refinado. En Chernobyl, el lenguaje cinematográfico pauta el suspenso revelándonos, por pequeñas dosis, los horrores del envenenamiento radioactivo. Vemos lo que hace el grafito radioactivo al mínimo contacto de una mano con la expresión horrorizada de un POV; más allá, un científico explica cómo se deshacen las venas y se pudren internamente los órganos; en otro punto, vemos partículas volando a contraluz; y el director, finalmente, se enfoca en tomas de niños yendo tranquilamente a la escuela y madres cargando infantes para ver la central atómica como un bello espectáculo de auroras boreales.

Chernobyl, Mini serie de HBO

El resultado es escalofriante. La serie logra transmitir, con imágenes, el lado intangible del  peligro. Y, al hacerlo, crea un conocimiento nuevo en el espectador para separarlo de los incautos trabajadores, bomberos, soldados y burócratas que se estaban cocinando a un nivel atómico para tratar de salvar la vida de Europa.

Sin embargo, afanados y pacientes lectores, no es ninguna de estas razones por las que recomendaría Chernobyl, sino porque plantea un problema hermoso sobre el significado de la verdad. La serie termina con un monólogo del científico Valery Légasov que resume muy bien las intenciones de los creadores:

Ser un científico es ser ingenuo. Estamos tan enfocados en nuestra búsqueda de la verdad que no consideramos que son muy pocas las personas que quieren que la encontremos. Pero siempre está ahí, la veamos o no, elijamos verla o no: a la verdad no le importan nuestros deseos o nuestras necesidades; le dan igual nuestros gobiernos o nuestra ideología o nuestra religión. La verdad esperará eternamente. Y ese es, al final, el regalo de Chernóbil: antes temía el precio de la verdad, ahora solo pregunto, ¿cuál es el precio de las mentiras?

Interesante. Pero este monólogo está diciendo algo más. Los creadores de la serie quieren demostrar que la ciencia y la verdad deben estar por encima de la política. La cuestión, sin embargo, es que la verdad no es algo sencillo de cernir. Y la verdad judicial de esta serie puede estar profundamente equivocada.

Esa verdad, en Chernobyl,es que el estado soviético fue tan responsable de la catástrofe como los hombres, de irreverente ineptitud y ambición, que la provocaron. Surgen así héroes y villanos en una realidad transparente. Pero, como lo explica Masha Gessen en The New Yorker, a raíz de las investigaciones del historiador de Harvard Serhii Plokhy, los responsables aquí son intercambiables y la situación invariable: tal vez en Chernóbil no hubo héroes ni villanos; tal vez, la compleja realidad es que todo un sistema político y burocrático fue construyendo, poco a poco, las condiciones de su propia caída; tal vez esta catástrofe fue la consecuencia del funcionamiento mismo del poder soviético.

Voces de Chernóbil, libro de Svetlana Alexiévich, premio Nobel de literatura 2015

Edición de Debate, 2015.

Así que, fuera de la hermosa ambientación y de la precisa realización de Chernobyl, lo que rescato, apreciable lector, es el valor del debate que ha propiciado. Por fin estamos hablando de algo que permaneció, durante demasiado tiempo, fuera del debate público. Y de nuevo discutimos los valores de la verdad, de los cuentos y de cada testimonio en Rashomon. Está en tela de juicio, otra vez, nuestra capacidad para contar historias y montar narrativas que venden simplicidad en una realidad compleja.

El multicitado libro Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich quiso contar esta historia, hace más de veinte años, a través de las múltiples voces de los afectados por la catástrofe. Hoy HBO quiere encontrar la verdad en esa historia a través de héroes y villanos. Y en medio, querido lector, queda la vieja disputa ideológica de Bajtín: si la polifonía muestra los complejos caminos que llevan a la verdad, las voces unitarias esconden esos caminos para decirnos que la verdad puede encontrarse y puede ser sencilla.

Mientras decidimos cómo alimentar nuestras propias verdades, nos queda el gozo de la TV bien hecha para entrever un secreto oculto por hombres que jugaron con la mecánica de los dioses.

Chernobyl, dirigida por Johan Renk (el creador sueco de la muy desagradable Downloading Nancy), guión de Craig Mazin (co-guionista de The Hangover), HBO, 2019.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Maestro en Literatura comparada y editor en Código espagueti.
Twitter: @Pez_out