A partir de esta entrega inauguramos la “Carta de recomendación”, abierta al público lector que guste enviarnos las razones de su entusiasmo ante la pulcritud de un poema de la próxima Emily Dickinson, la experiencia de leer sobre apaches y comanches, el perfil de una nube una tarde tóxica en la Escandón, el sabor del taco anhelado de suaperro o la próxima exposición de su museo predilecto. Un espacio para todo tipo de amores, paladares y vocaciones.

Sagrado lector de clásicos que te refinas el “es-ocio-pero-me-cultiva” al fulgor de la pantalla:

Cada día se renuevan razones para recordar que ¡hay golpes que da la vida! ¡Yo no sé! Golpes como los que recibe la pobre Cosette, criatura inocente y diáfana, a la que además esclavizan dos ruines posaderos. Golpes como los que le propinan a Jean Valjean en las galeras de Toulon. Serán los grilletes de bárbaros forajidos. O las nubes negras del Dios de Job que no entiende de karmas. Yo no sé. ¿Y con qué razón ocurren estas desdichas, con qué idea de la justicia punitiva? Pues bien, por haber robado una hogaza de pan, Jean Valjean. Y luego le robaste una moneda a un niño en un camino. Y luego te hiciste pasar por un rico empresario textil que dio trabajo a todo el pueblo y además se volvió alcalde. ¡La naturaleza torcida del delincuente no se endereza ni en el yunque de las mazmorras!

Todos conocemos aquella historia de apasionada persecución, de dádivas y conventos, de culpas afiladas en dos piezas de candelabros, de tesoros vitalicios, de largos conciliábulos en tabernas de mala fama, de revueltas populares y barricadas donde el pícaro de Gavroche revolotea sin temor a la balacera. Y cómo olvidar al rígido inspector de la policía que hurga en el fondo de sus entrañas el camino a la sociedad más justa, la que llene mejor sus cárceles, la que separe bien a los productivos de los incorregibles maleantes. Esto por no mencionar a los pobres, cuántos pobres cubiertos de hollín, desharrapados y excluidos que sufren sin tregua y ruedan cuesta abajo, círculo tras círculo infernal, oprimidos por la sociedad decimonónica y su triunfante revolución industrial. ¡Oh, hermosa fábula proto-marxista!

Les miserables, BBC

Lectores que ahora se precian en horas continuas de Netflix, no se pierdan esta última adaptación de la cúspide de la literatura francesa. Y me atrevo a decir, a sabiendas de represalias, de la literatura policiaca. Aunque la hicieran en lengua inglesa y perdiéramos a cabalidad, sin un ápice de su fragancia, la prosa de Victor Hugo en aquella obra maestra publicada en 1862. Aunque no quedaran en absoluto los detalles que atiborran la sensibilidad en sus mil quinientas páginas. Aunque escogieran tan sólo una temporada —¡una corta y cardiaca temporada para nuestros tiempos de largo recorrido!— para pasar por el embudo angosto de sus 8 capítulos todos los flamables discursos contra Napoleón y contra el Rey del cenáculo de Grantaire y compañía, todos los amores epistolares, níveos, entre Cosette y Marius, todas las genealogías casi homéricas, todos los cañonazos, sablazos, heridos y ondulaciones topográficas del campo épico de Waterloo. Todas las fugas frustradas y cumplidas, una y otra vez, con la justa dosis de redención perdida y ganada, una y otra vez.

Es raro que en tiempos de los binge-watchers (disculpen ustedes, yo también prefiero las palabras en francés, pero el término “espectadores compulsivos” me comería más caracteres y no es traducción exacta de la voz binge, “atracón”, “atasque” o “maratón”) una serie con tantos afluentes narrativos haya querido cerrarse a lo breve. Serán asuntos presupuestales (palabra ésta que, como Thenardier, nunca debió nacer). Será tal vez que alguno de esos escritores de ensueño —de ensueño salarial— llamados guionistas tuvo la astucia de desnudar la trama al máximo, despojarla de cualquier sobrante —cosa no muy fácil en una novela de 48 capítulos— hasta dejarla en el hueso. El hueso de la acción, el suspenso y la ideología.

Pero lo cierto es que la adaptación de Los miserables por parte de la BBC y PBS’ Masterpiece debe ser celebrada; para empezar porque nadie nos condenó, una vez más, a un berrinchudo musical, ni a una pifia melodramática de Russel Crowe, sino a un drama de esos que dejan llagas hasta al más precavido. La actuación de David Oyelowo (Javert), Dominc West (Valjean) y Lily Collins (Fantine) es impecable. No por nada van en trayectoria ascendente: Oyelowo es candidato, nada menos, que a un airoso James Bond; y Lily Collins será la segunda a bordo de la ansiada nueva película sobre Tolkien. La recreación histórica también es digna de aplauso, aunque no nos hagamos, los pueblos de la geografía francesa son, por sí mismos, un set perfecto y ni mandado a hacer.

Sólo faltaría preguntarle a Andrew Davis el guionista: ¿qué demonios pasó con los diálogos? ¿Le parecieron inflados, muy cargados, acaso poéticos? Al querer llevar hasta el hueso de la eficacia los episodios colmados de acción y suspenso, los diálogos también quedaron como una pálida llamita que apenas es espectro de aquellas intervenciones huguescas y divinas. Aun con esta aridez, debemos de agradecer el regreso de la ficción en Los miserables, el entierro del miserable musical, y la exquisita verdad recobrada de que las alas de la clemencia pueden brotar rutilantes en las espaldas del más cruel y vengativo.

Les misérables, dirigida por Tom Shankland, guión de Andrew Davis, BBC, 2018-2019.
Reparto: Dominic West (Jean Valjean), David Oyelowo (Javert), Lily Collins (Fantine), Josh O’Connor (Marius), Ellie Bamber (Cosette), Adeel Akhtar (Thénardier), Olivia Colman (Mme. Thénardier).

 

Andrés Díaz de Rubempré
Poeta. Autor del ensayo: Si el modernismo volviera. La vida trágica de un antepasado suyo, Lucien de Rubempré, ha marcado siempre su temperamento literario.