El pasado 22 de mayo, Siri Hustvedt ganó el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2019. Con motivo de esta decisión del jurado, el siguiente ensayo explora una de sus facetas más interesantes: la relación de su literatura con el psicoanálisis y la neurociencia.

Siri Hustvedt (Minnesota, 1955) frecuenta la ficción, la poesía y el ensayo. Sus intereses son de corte misceláneo; sería una limitante decir que sólo le importa hablar de literatura porque también le llama la atención reflexionar sobre otras artes (gráfica, cine, fotografía, danza), además de subrayar el papel de la mujer como creadora y los avances de la ciencia. Esta última vertiente en su vida se ha vuelto algo recurrente en su literatura, pues le parece fascinante todo lo que hasta hoy se ha estudiado acerca del cerebro y las conductas del ser humano; incluso, como parte de sus investigaciones, ha llegado a impartir talleres literarios a personas con algún padecimiento psiquiátrico.

Los ensayos de Hustvedt son un deleite para el conocimiento. Lejos de un propósito académico o la necesidad de (re)citar fuentes, la autora conduce al lector por intrincados caminos de la ciencia que, gracias a la claridad de su prosa, se vuelven accesibles para los que no somos especialistas en la materia. No siempre los que escriben de ciencia tienen esta facultad: poder explicar de manera sencilla lo complejo, y hacer que cada quien tome lo esencial de esa aportación.

Siri Hustvedt

El fallo del jurado para decidir otorgarle hace unos días el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2019 fue que la escritora “incide en algunos de los aspectos que dibujan un presente convulso y desconcertante, desde una perspectiva de raíz feminista”. Pero, ¿qué es el feminismo para Hustvedt? En realidad ella deja muy claro que no existe un feminismo, sino varios, como lo hemos visto en la actualidad. Su manera de ejercerlo es a partir de la exposición de situaciones machistas, como cuando entrevistó al escritor noruego Karl Ove Knausgard, ella le preguntó por qué en un libro donde había cientos de referencias a escritores, sólo se mencionaba a una mujer y es Julia Kristeva. La respuesta del novelista no se hizo esperar y le espetó: “No son competencia”. Esa frase da pie para que la ensayista reflexione sobre la manera en que todos codificamos la masculinidad y la feminidad, en esquemas metafóricos que dividen el mundo por la mitad. Una de muchas disertaciones valiosas de la autora vertida en La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral, 2017).

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La primera vez que escuché hablar de Hustvedt fue por un comentario de Federico Cambpell, quien este año cumple un lustro de haber fallecido. Cambpell compartía su entusiasmo por el trabajo de la ensayista y lamentaba que no se leyera más a esta autora. Conviene recordar que eran los años en que no era tan fácil conseguir publicaciones de ella y había que rastrear sus artículos relacionados con estudios del cerebro en revistas que no sólo estaban dedicadas a la literatura.

Todo aquel que haya tenido el gusto de dialogar con Federico Cambpell deberá recordar que en medio de una conversación lúcida, dispersa, fresca y entusiasta como solía ser cuando algo le llamaba la atención, insistía en el tema una y otra vez como si intentara compartir una celebración o descubrimiento con su interlocutor. Ese fue el caso de los ensayos de Hustvedt y de la neurobiología, asuntos que comenzaron a rondar en la inquieta pluma del escritor. Campbell estaba de acuerdo con la narradora estadunidense en lo que se refiere a la neurobiología y a la literatura, halló que tienen en común el estudio sobre la percepción y sus anomalías; es decir, la pregunta frecuente que ambas disciplinas se hacen sobre el modo en que reaccionan los cinco sentidos (el gusto, la vista, el olfato, el tacto y el oído). “Científicos y narradores coinciden en que la memoria (fragmentada, incompleta, intermitente) no se presenta ni sucesiva ni cronológicamente sino en ráfagas más o menos veloces como las de los sueños, en una suerte de no tiempo o en una dimensión en la que no ocurre el tiempo, y siempre dentro de un contexto emocional: a partir del miedo, la envidia, el coraje, la ternura, los celos, el pánico, el placer, la amistad, el odio”, como puntualiza Campbell en Padre y memoria (UAM-Ediciones Sin Nombre, 2009).

¿Cómo se relaciona Hustvedt con la neurociencia? Fue por algo azaroso y, a la vez, vivencial que le tocó experimentar. Cuando falleció su padre, asegura que adquirió una postura rígida, solemne y, aunque ya era un deceso anunciado, rápidamente corrió a su computadora a escribir el discurso que se leería el día del funeral de su padre, pues él así se lo había pedido días antes. Y que no se le olvidara mencionar a tres generaciones de la familia. La escritora cumplió con la última voluntad de su progenitor y leyó un texto que seguramente hubiera llenado de orgullo a Lloyd Hustvedt. Dos años después, la Universidad de St. Olaf, en Minnesota, invitó a Siri Hustvedt a que asistiera a un homenaje que harían al fallecido, especialista en filología noruega, quien vivió entregado a la docencia y a la investigación literaria por más de cuarenta años. La ponencia que preparó no estaba exenta de referencias al sentido del humor de su padre y a las ocurrencias que solía tener, ella quiso ser partícipe de esos recuerdos, pero de pronto algo sucedió. Ante la mirada atónita de su madre y sus dos hermanas, su cuerpo comenzó a moverse de forma imparable, sus rodillas golpeaban una contra otra, cada vez de manera más fuerte y casi sin control. Curiosamente lo único que permanecía en sosiego era su voz, pero el resto de sus extremidades, recibían una descarga eléctrica, algo similar a un ataque de epilepsia. ¿Pero quién puede padecer epilepsia y seguir leyendo como si no estuviera ocurriendo nada? Esa era la gran duda.

La ensayista permaneció internada en el Hospital Mount Sinai, en Nueva York. Ahí le diagnosticaron el síndrome de migraña vascular. Una vez relacionada con la neuropsiquiatría, se convirtió en su principal tema de estudio. Su personaje Erik Davidsen, protagonista de Elegía para un americano (Anagrama, 2009), es un psiquiatra y psicoanalista de Brooklyn que intenta asimilar la muerte de su padre, Lars Davidsen. ¿Acaso Erik Davidsen es un alter ego de lo que en realidad experimentó la escritora cuando falleció Lloyd Hustvedt?

Elegía para un americano puede definirse como una exploración hacia distintos rostros de la condición humana: el camino inicial es la búsqueda del padre ausente, la necesidad de saber quién era en realidad; por otro lado, está lo que transcurre en la mente del psicoanalista, el hartazgo de su vida, lo tedioso que le resulta hablar con sus pacientes y la presencia de su hermana Inga, con quien comparte la necesidad por conocer la auténtica vida del padre. La autora recurre a esta historia para reflexionar acerca de la memoria y, en específico, sobre cómo el presente puede alterar nuestros recuerdos.

Dice Hustvedt que toda enfermedad tiene algo ajeno a nosotros e implica la sensación de invasión y pérdida de control. Podría pensarse que eso que nos domina, acaba siendo una alteración de la consciencia, algo que nos transporta o convierte en algo que no somos, como lo relata en La mujer temblorosa o la historia de mis nervios (Anagrama, 2010). El otro diagnóstico que recibió fue que presentaba un trastorno físico de conversión, incapacidad para mover ciertas partes del cuerpo o de usar los sentidos de manera común. Freud aseguraba que el trastorno de conversión proviene de una emoción de cólera, repugnancia o conflicto sin resolver; recurría a la hipnosis para tratar ese problema con sus pacientes y los estimulaba a que recordaran qué evento los hizo extraviar el control de ciertas evocaciones del pasado, de la conciencia, las sensaciones inmediatas, la propia identidad y ciertos movimientos corporales.

“Yo, científicamente ignorante en lo que se refiere a la memoria y al cerebro, estoy convencida de que los procesos de la memoria y de la invención están conectados entre sí en nuestra mente”, reflexiona Hustvedt.
Campbell habría quedado fascinado si hubiera podido continuar leyendo a Hustvedt y ubicarla dentro de los escritores que buscan a su padre en el articulado juego de una doble perspectiva, porque tanto en la autobiografía como en la novela, la memoria es el revés de la trama.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y periodista cultural.