En todo el mundo se celebran hoy quinientos años de la muerte del mayor artista del que tengamos memoria. Es la ocasión de merodear en sus misterios y en las causas de la fascinación que todavía ejerce sobre nosotros.

En 2016, la universidad de Osaka en Japón creó una versión robótica del artista italiano, capaz de recitar frases de sus manuscritos e interactuar con el público. Desde 2017 se rumora que Leonardo DiCaprio dará vida a Da Vinci en una súper producción de Hollywood, y hace año y medio Salvator Mundi (1490-1500) se convirtió en la pintura más cara de la historia, vendida en subasta por 450 millones de dólares. Todo indica que, a quinientos años de su muerte, seguimos embelesados con la figura de Leonardo. El desarrollo científico y tecnológico ha propiciado innumerables teorías, que lo consideran el padre de la era moderna, el pionero de invenciones como el tanque, el helicóptero, el submarino y todo un arsenal de armas militares, y no falta quien quiera enlistarlo entre los miembros de algún culto o sociedad secreta, desde los Caballeros Templarios hasta los fanáticos seguidores de Dan Brown.

Un androide con las facciones de Leonardo Da Vinci, desarrollado por la universidad de Osaka en Japón, 2015. Fotografía facilitada por el Museo Nacional de las Ciencias de Milán.

Lo más fácil sería atribuir la fama de Leonardo a los medios de comunicación que dictan la agenda cultural; pensar que siempre habrá más postales y pósters que producir, y más boletos que vender en el Louvre (aunque esté comprobado que la mejor forma de ver a La Gioconda sea desde nuestras computadoras). Pero si al contrario no queremos caer en el cinismo, hemos de analizar la evidencia elemental sobre un artista cuyo legado es tan diverso, ingenioso y rico en asociaciones que ha dado pie a la invención de un nuevo Leonardo por lo menos cada 100 años.

Lo que sabemos proviene, para empezar, de la biografía de Giorgio Vasari de 1550, cuando el recuerdo de Leonardo estaba aún fresco entre sus contemporáneos. Como buen best seller, las Vidas de los más famosos pintores, escultores y arquitectos se encargó de transmitir las anécdotas más extraordinarias y pintorescas del artista florentino. Vasari cuenta que, desde niño, y sin mayor esfuerzo, Leonardo destacó tanto en aritmética como en música, y que pronto aprendió a tocar la lira, a cantar y a improvisar divinamente. Para entretenerse espantaba a sus amigos con una lagartija que tenía amaestrada, disfrazada con alas hechas de escamas, barba y cuernos, y compraba pájaros en los mercados sólo para ponerlos en libertad.1

Portada de la segunda edición del libro de Vasari de 1567.

Según Vasari, Leonardo era capaz de imaginar lo imposible, y de convencer a otros con un magnetismo tal que hacía olvidar lo irrealizable de sus propuestas. Tenemos evidencia de sobra de que quienes lo conocieron en vida lo consideraban alguien especial: tanto el Duque de Milán como el Rey de Francia solicitaron sus servicios, y Miguel Ángel lo consideraba su único digno rival. Sabía mejor que nadie cómo explotar la capacidad del arte para imitar a la naturaleza, y parecía que su cerebro jamás dejaba de inventar. Sin embargo, Leonardo también era “caprichoso y voluble, pues comenzaba a estudiar muchas cosas y luego las abandonaba”.2 Tenía fama de no terminar los proyectos que le eran comisionados, pero Vasari explica que este defecto no se debía a la pereza o a la falta de compromiso, sino que era prueba de su búsqueda insaciable de perfección.3

La otra gran fuente de información que sobrevive sobre Leonardo son sus dibujos y notas, que resguardó Francesco Melzi, estudiante y heredero del artista. Él fue responsable de hacer la primera recopilación de sus manuscritos, y de publicar el Tratado sobre la pintura que ya para el año 1600 circulaba ampliamente en los talleres artísticos de toda Italia. En décadas siguientes, otros artistas de la talla de Nicolas Poussin y Peter Paul Rubens se encargaron de avivar el fuego del mito de Leonardo, haciendo copias de sus obras y recreando algunas que había dejado inconclusas. Aunque se le conoce principalmente como pintor, en 67 años nos dejó sólo una docena de cuadros, y los expertos debaten incluso por la atribución de algunos de éstos.

Retrato de Francesco Melzi de Giovanni Antonio Boltraffio, circa 1510-1511. Fuente: Wikimedia.

No debemos olvidar que, salvo un par de excepciones, la mayoría de los textos de Leonardo permanecieron en la oscuridad, en colecciones privadas o en las bodegas de museos, y que no fue sino hasta finales del siglo XIX y principios del XX que se empezaron a publicar sus manuscritos.4 Una vez que sus cuadernos e ilustraciones empezaron a reproducirse, se desencadenó una fascinación que no ha parado aún. Pero a pesar de este furor su vida sigue envuelta en misterio: en sus más de 6000 páginas de notas y dibujos apenas se alcanzan a vislumbrar algunas pistas sobre el autor.

Hijo ilegítimo de Ser Piero, un notario, y de Caterina, una campesina de apenas 16 años, Leonardo nació en el pueblo de Vinci, a las afueras de Florencia. A sus cinco años ya vivía con su padre y su madrastra, que no podían tener hijos propios. Era zurdo, y desde chico aprendió a escribir al revés, de derecha a izquierda, probablemente para no correr la tinta fresca en sus cuadernos, o quizás para guardar secretos. Dotado en la pintura, la geometría y la biología, fue a estudiar a Florencia con el artista Andrea del Verrocchio, a quien pronto superó. Nos consta que vivió la mayor parte de su vida entre Florencia, Milán y Venecia, trabajando para duques y reyes. Su curiosidad lo llevó a diseccionar cadáveres para estudiar de cerca la anatomía del cuerpo humano, incluyendo los músculos de la cara que conectan con los labios —dato que más de un historiador ha relacionado con la sonrisa de La Mona Lisa. Empezó a pintar el retrato de Lisa Gherardini en 1503, y lo dejó definitivamente inacabado en 1519. Su último puesto, el que lo llevó lejos de Italia y donde lo encontraría la muerte, fue como pintor, ingeniero y arquitecto del rey Francisco I de Francia.5

Estas fechas y datos han sido recabados por generaciones de historiadores, y sin embargo, seguimos sin tener mayor pista sobre su personalidad y sus motivaciones: el personaje de Leonardo tiende a escapar ante nuestros esfuerzos por aprehenderlo, por describirlo como un hombre de carne y hueso.6 En comparación, se podría decir que sabemos demasiado acerca de otros grandes pintores; del tormento emocional y psicológico que vivió Van Gogh, de las deudas impagables y la bancarrota de Rembrandt, de los celos y la conducta misógina de Picasso… quizás es precisamente porque sabemos tan poco de su vida que Leonardo es el referente universal del genio, el renacentista por excelencia, un contenedor listo para recibir lo que cada uno quiera proyectarle.

Lo cierto es que gran parte de la fascinación que despierta Leonardo viene de su capacidad para dominar tanto las ciencias como las artes; dos campos que a menudo se consideran mutuamente excluyentes, como si las ciencias, en especial las matemáticas, tuvieran algo de inhumano que las volviera incompatibles con el arte. Inventor incansable, el florentino continuamente buscaba resolver cualquier problema, desde el funcionamiento de una máquina de guerra hasta la composición de un cuadro.7 Visto así, haríamos bien en preguntarnos, ¿por qué idolatramos a alguien que poco comparte con la formación de la mayoría de las personas hoy en día, encasilladas en la especialidad de un sólo tema? En este sentido, Leonardo es un reflejo de aquello de lo que nos creemos capaces y a lo que aspiramos como seres humanos: a una curiosidad sin límites y a saber comunicar de forma tan original la emoción que involucra descifrar el mundo en el que vivimos. Por eso no ha de sorprendernos que a 500 años de su muerte sigamos buscando darle vida al retrato ya desvanecido de uno de los más grandes innovadores de los que tenemos noticia.

 

María Emilia Fernández


1 Giorgio Vasari, “Life of Leonardo Da Vinci, Florentine Painter and Sculptor The Lives of the Most Excellent Painters, Sculptors, and Architects, Nueva York, Oxford University Press, 1991, p. 284-298.

2 Vasari lo describe como alguien “que empieza a destilar el aceite para la capa final de barniz antes siquiera de haber empezado la obra”, en idem.

3 Por ejemplo, el mural de la batalla de Anghiari, o la monumental estatua ecuestre para Ludovico Sforza en Milán, son algunos de los proyectos públicos de gran escala de los cuales sólo se conocen bocetos.

4 Despues de Vasari, Johann Wolfgang Goethe y Walter Pater fueron de los primeros autores en dedicarle tanta atención al tema de Leonardo; a pesar de tener poca información y limitado acceso a sus obras lograron producir algunos de los textos más importantes sobre el artista hasta ese momento.

5 Martin Kemp, “Leonardo’s Life in Outline”, Leonardo, Nueva York, Oxford University Press, 2004, p. 261-280.

6 Sigmund Freud le dedicó todo un ensayo en 1910, donde hizo un ejercicio de psicoanálisis a partir de uno de sus sueños: un buitre llegaba hasta su cuna, le abría la boca y con su cola le daba golpecitos en los labios. Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci (en alemán Eine Kindheitserinnerung des Leonardo da Vinci).

7 Hoy podrá parecernos normal, pero la genialidad de retratar a los apóstoles en La última cena (1495-98) justo en el momento después de que Cristo les anuncia que uno de ellos lo traicionará, fue algo revolucionario para la pintura: transformó un retrato grupal en un verdadero drama narrativo.

 

 

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