Tal vez no podamos acceder al niño que fuimos a través de la memoria; sin embargo, la obsesión por recuperar aquella etapa constituye uno de los motores más fascinantes de la evocación literaria.


1. El niño interior no existe
Andrés Barba escribió, en su novela República luminosa, que “la infancia es más poderosa que la ficción”. A través de esa frase —que resulta en realidad una hipótesis— se expresa la inquietud que el autor español ha perseguido a lo largo de su obra: “Lo que son verdaderamente los niños, lo que son en sus corazones y en sus pensamientos, es algo que se nos escapa, es algo que en buena medida se nos escapa por completo”, dijo Barba alguna vez. La posibilidad de que no podamos acceder a los niños que fuimos por medio de la memoria es —por lo menos— desconcertante. Recordamos sucesos, claro está, pero no la manera en que los vivimos en su momento. Nuestra infancia ha sido clausurada y desde el monolito que somos ahora, desde estas inquietudes y desde estas sensibilidades, observamos hacia atrás, como ciegos, a las inquietudes y sensibilidades de entonces. Es la cara mala de la experiencia, por decirlo de algún modo.

2. Todo niño tiene algo de marciano
Hugo Hiriart escribió un breve ensayo que, de alguna forma, comparte la hipótesis de Barba. Se titula “Un arte menor” y trata sobre el arte de hablar con niños, un arte que como cualquier otro debería ejercitarse. Según Hiriart, si las conversaciones entre los adultos giran alrededor de acuerdos generales —acuerdos que suelen tener como meta la precisión y la ausencia de detalles innecesarios—, las conversaciones con niños deberían realizarse en ausencia de esos acuerdos generales centrándose, en cambio, en los detalles, en las relaciones raras. Da los siguientes ejemplos: si hablas con un adulto sobre que fuiste en auto a Querétaro, es innecesario decirle al otro adulto quién te prestó el auto y en qué lugar del mundo se encuentra esa persona; si hablas con un niño sobre qué desayuno, y quieres que la conversación resulte interesante para él, deberías preguntarle si tenía los calcetines puestos cuando lo hizo o si no los tenía. “Un niño —concluye Hiriart— no es como tú, es diferente. Quién sabe cómo ve las cosas. Cómo las aprecia, quién sabe de dónde nacen sus violentas emociones. En tanto menor es el niño, mayor es la dificultad de ponerte en su lugar. Por lo tanto, antes que nada acepta que estás ante un ser extraño, peculiar. Todo niño tiene algo de marciano”.

3. Autobiografía y niñez
Karl Ove Knausgård escribió un enorme libro sobre su niñez. Lo leí a la sombra —¿o luz?— de las ideas de Hiriart y Barba, y me pregunté, a través de cientos de páginas de lectura, cómo era posible que el autor recordara de la forma en que lo hace. Una pregunta tal vez ociosa que engendra otras, un poco más precisas: ¿cómo se puede escribir sobre la infancia desde la autobiografía? ¿Qué recursos de la narrativa y de la ficción serían paliativos a los problemas de la memoria y el distanciamiento de la niñez? O digamos, en cambio, que el problema es otro, y que al escribir autobiografía sobre la infancia en realidad escribimos autobiografía sobre el adulto que mira la infancia. Néstor A. Braunstein diría con inmejorable precisión que no hemos llegado a ser quienes somos por los eventos que nos ocurrieron, sino que hemos llegado a ser quienes somos por la manera en que registramos y entendimos los eventos que nos ocurrieron. La infancia, pues, no desvela al niño que fue el adulto, sino al adulto que lo observa.

4. Knausgård y el niño que no saltó al agua
Hay un pasaje de La isla de la infancia que me parece revelador. En él, Knausgård recuerda una vez que fue con su padre a nadar en el mar. El padre le pide al niño que se pare en un montículo que sobresale y le dice que salte en el agua, entre dos rescoldos donde hay unos tres metros de profundidad. El niño duda y su padre trata de convencerlo por medio de argumentos lógicos, como que puede rescatarlo en el caso de que comience a hundirse. El niño grita que no puede, el padre se desespera e insiste, y conforme avanza la discusión, el niño profundiza su alegato de la incapacidad para saltar —el “no puedo” — mientras que su padre negocia con él algún atenuante, como que salte incluso con chaleco. El niño al final no salta, y el padre, como castigo, resuelve que se vayan del lugar. Cuando están en su casa, el padre le dice a la madre que todo parece indicar que el niño tiene hidrofobia. El narrador, entonces, afirma: “No era verdad, pero yo no dije nada, tan tonto no era”. Si yo tuviera que apostar por el disparador de aquel recuerdo, apostaría precisamente por esa sensación de ligera inteligencia, de pequeño triunfo frente al padre, con el sencillo hecho de no decir nada. El resto de la escena resulta más bien común, intuitiva: descripciones más o menos neutras de un hecho más o menos común. El silencio ante la acusación de hidrofobia, que es el desenlace de la anécdota, resulta en cambio extraordinario: el adulto Knausgård recuerda que aquella vez triunfo ante ese padre que lo provocaba, y que lo hizo a través de una acción sencilla e inteligente: no decir nada.

5. Otro niño que no salta al agua
Yo recuerdo una escena similar de mi infancia, una escena a la que regreso algunas veces a pesar de que no era el protagonista. Estábamos en una alberca donde había un trampolín de unos tres metros de altura. Yo tenía unos diez años y el niño que subió al trampolín era un poco más grande, tenía tal vez doce. Su padre, al pie del trampolín, le pide que salte de clavado, con las manos y la cabeza por delante. El niño no se atreve, el padre insiste y, conforme avanza el tiempo, la discusión entre los se vuelve más aguda. El niño comienza a llorar. No se anima ni a ejecutar la acción ni a contradecirla bajando del trampolín por las escaleras o saltando al agua de pie. El padre es enérgico, se encuentra molesto con la cobardía de su hijo, por lo que le grita enojado. Las personas que están en la alberca o asoleándose miran la escena sin intervenir de ningún modo, pero todas están atentas a su desenlace. Lo que me extraña del recuerdo es que, de manera precisa, he olvidado cuál es el desenlace o, mejor aún, que lo he postergado de tal forma que si el niño salto al agua o no —y de qué forma lo hizo— resulta irrelevante. Es una extraña elipsis: horas más tarde estoy en un restaurante con mis padres, hablamos de lo que ocurrió en la alberca, y mi madre, con gran enojo, afirma que el señor no debió tratar a su hijo de esa forma. Mi padre, en cambio, no dice nada. ¿Qué dice de mí ese misterioso desenlace del recuerdo que es el silencio de mi padre?

6. Otras formas de evocar la niñez
Una amiga que es maestra de español para adultos extranjeros me contó que había hecho un descubrimiento con sus alumnos: aquellos que eran naturalmente más lúdicos, que estaban dispuestos a cometer errores, a jugar con el idioma y a reírse durante su aprendizaje, tenían más posibilidad de aprender que los alumnos demasiado rígidos consigo mismos. Luego de algunos años de trabajo y experiencia, mi amiga podía concluir que si un alumno era propenso al juego llevaría a cabo mejores procesos de aprendizaje, y que había muy pocas excepciones. Pienso que en aquella observación puede haber un descubrimiento más general: tal vez no podamos acceder al niño que fuimos a través de las remembranzas. Tal vez solo podamos acceder a él a través de algunos actos que siempre hemos hecho de la misma forma en que los hacíamos cuando éramos niños. Hábitos, maneras de ser, que se fosilizan, por decirlo de algún modo, y que a lo mejor no tienen mucho que ver con el acto de recordar, pero que sí constituyen un hermoso aspecto de la memoria. Se me ocurren, por ejemplo, algunas maneras de acercarse al arte. Dice Hugo Hiriart: “Así como los niños chicos pueden ser artistas admirables cuando dibujan, pueden ser también admirables escritores cuando hablan”.

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.

 

 

Un comentario en “Infancia ficción

  1. César: Qué bueno y qué inteligente y qué provocador es tu texto. Me ha gustado muchísimo. entre otras cosas porque me ha hecho dudar. Yo soy muy propensa a recordar, tanto que a los doce años era capaz de hablar de “cuando era yo chica”. Creo que sí se puede revivir ciertas cosas. Creo también que hay modos de reírnos, sin duda de oír música o de anhelar una fábula que vienen de la infancia. Gracias