El final de la guerra civil española supuso, entre muchas otras cosas, el comienzo de los “años del hambre”, una época de penuria y miedo, de racionamiento y enfermedad. Las siguientes líneas evocan de forma memorable aquellos días aciagos.

Es tanto lo que se ha escrito acerca de la guerra civil española que parece una empresa imposible la de poder decir algo nuevo acerca de ella. Ni siquiera lo voy a intentar. Hablaré en cambio de lo que conozco y lo que sé, de lo que padecí: hablaré de la ominosa posguerra, acerca de la cual ha corrido mucha menos tinta.

Nací el 10 de junio de 1939, es decir, dos meses y diez días después de aquel parte de guerra, quizás el más famoso de la historia de España, tan rica en guerras civiles desde la muerte del gran hideputa (con perdón de las putas) que fue Fernando VII: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1.º de abril de 1939, Año de la Victoria. El Generalísimo. Fdo.: Francisco Franco Bahamonde”.

Empecé a tomar conciencia de mi entorno histórico al terminar la Segunda Guerra Mundial, que había comenzado poco menos de tres meses después de yo nacer, y de la que solo tengo unos recuerdos vagos. La mayor parte es puramente visual: las fotos en el diario Odiel de mi ciudad natal, Huelva, al sur de España, en la frontera con Portugal, la única provincia andaluza 100 por ciento atlántica. Pero también hay unos recuerdos acústicos, sobre todo onomásticos y toponímicos: Churchill, Hitler, Mussolini, Stalin, Petain, Roosevelt, Montgomery, Rommel, Rotterdam, Pearl Harbor, El Alamein, Stalingrado, Dresde, Hiroshima…

Ahora bien, mi primer recuerdo con cierta entidad propia está ligado a un hecho del que me vine a dar cuenta siendo ya adulto: el himno español no tiene letra. Se trata de la única prestación intelectual española parangonable con el Panta rhei de Heráclito, el Cogito, ergo sum de Descartes, y el “Mejores no hay” de la Casa Philips: tener un himno sin letra, y además el único en el mundo, ahora que al del Irak le infligieron un texto. Y carece de letra a pesar de que el inferiocre general Franco quiso que la tuviese y le dio el encargo a su ministro de cultura, el poeta José María Pemán. Y vaya si se la puso, al concluir la guerra (in)civil, en 1939. Pero a mí me escolarizaron en el 44, y ya no se cantaba ni en las escuelas ni en ningún otro lugar, es decir: ¡ni siquiera Franco, en la cumbre de su poder por la gracia de Dios —¡ay!—, pudo conseguir que los españoles cantasen pendejadas con música marcial! Por favor, no minimicemos la mayor hazaña cultural de ese pueblo, después de La Celestina y el Quijote.

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Y un recuerdo asimismo acústico, ahora que hago memoria, es el del parte. Se seguía llamando “el parte” (por el de guerra) al diario hablado de Radio Nacional de España en Madrid, fundada en Salamanca, 1937, nada menos que por el general legionario Millán-Astray, famoso por su encontronazo verbal con Unamuno y por su grito necrofílico “¡Viva la muerte!”. Sin excepción, todas las emisoras del país tenían que conectar obligatoriamente a las 14:30 y a las 22:00 de cada día con “el parte” de RNE. Ello resultaba del hecho, copiado a Goebbels, de que esa emisora monopolizaba la información nacional e internacional, las de provincias solo podían dar noticias de alcance y ámbito local. Y no era eso lo peor, sino que “el parte” siempre se iniciaba con una adaptación de “La Generala”, una llamada militar a reunión del siglo XV, amén de que el de la  noche terminaba con el toque de atención del cornetín de órdenes, al finalizar el cual la voz vibrante del locutor decía (me parece estar oyéndolo todavía): “¡Gloriosos caídos por Dios y por España! ¡Presentes! ¡Viva Franco! ¡Arriba España!”. Y seguía un no menos vibrante arreglo musical que incluía, por este orden, fragmentos del “Oriamendi” (himno de los carlistas: “Por Dios, por la Patria y el Rey / lucharemos hasta la muerte, / por Dios, por la Patria y el Rey / lucharemos hasta morir”), del “Cara al sol” (himno de la Falange: “Volverá a reír la primavera / que por cielo, tierra y mar se espera. / ¡Arriba, escuadras, a vencer, / que en España empieza a amanecer!”) y de la Marcha Real, sin letra, y que con Franco había vuelto a ser himno nacional tras el paréntesis de la Segunda República, cuyo himno fue el “de Riego”.

Ni un solo español de mi generación ni de la anterior podrá olvidar nunca “el parte” y toda la  parafernalia que lo rodeaba. Era una manera subliminal de decirnos, desde El Pardo, residencia del inferiocre, que continuaba —por otros medios— la guerra contra los rojos. La Cruzada (sic).

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Otro recuerdo de aquellos tiempos es una historia familiar que solo conocí de oídas porque sucedió en 1937, en plena guerra civil. Mi abuela Remedios, que vivía en nuestra casa, tuvo tres hijos: mi padre era el mayor y, desde sus 15 años, el cabeza de familia, cuando murió mi abuelo Pantaleón y él tuvo que sacar adelante a su madre viuda y a sus hermanos, Antonio y Laureano, de quienes le separaban 10 y 12 años de diferencia. Lo cierto es que mi tío Antonio enfermó de tuberculosis, una enfermedad entonces mortal. Tuvo el mejor médico imaginable, don Plácido Bañuelos, un burgalés recién establecido en Huelva, neumólogo y director del Dispensario Antituberculoso, uno de los primeros que hubo en España, fundado por Rogelio Buendía, médico doblado de poeta, de la generación del 27, y el primer traductor de Pessoa al castellano.

Ricardo Bada y su abuela Remedios en 1955, un par de años después de las colas de racionamientos.

Don Plácido habló claro con mi padre. Lo de su hermano Antonio era por desgracia incurable. Única esperanza posible: la de internarlo en un sanatorio de la sierra de Gredos, unos 170 kilómetros al oeste de Madrid. Grave inconveniente: para llegar allá había que atravesar el frente de batalla. Mi padre logró convencer a un amigo suyo, taxista, para que los llevase a Gredos. Y allá que se fueron, pasaron el frente sin mayores problemas, dejaron a Antonio al cuidado de las monjas que regentaban el sanatorio en esas montañas mágicas de granito, y regresaron a Huelva atravesando otra vez el frente sin novedad digna de mención.

Ahora debemos tener en cuenta lo siguiente: por aquellos años, en la zona franquista, se vivía en el continuo terror a las visitas de las llamadas “brigadas del amanecer”, grupos de falangistas bien armados que aporreaban a altas horas de la noche las puertas de quienes tenían en sus listas de sospechosos: socialistas, comunistas, anarquistas, liberales, todos rojos, pues. El ánimo se les encogía incluso a los vecinos, inermes frente a semejantes atropellos, “las sacas”, como fueron bautizadas por sus autores. De manera que puedo imaginarme muy bien el temor en nuestra casa, el número 21 de la calle Alonso Sánchez, antes de los Tumbados, cuando una noche —tan solo un mes después del viaje a Gredos— atronaron el aire los golpes dados a la puerta de la calle con el aldabón de hierro labrado en forma de mano empuñando una esfera. Mi padre estaba en Sevilla,1 las mujeres de la casa —mi abuela, mi madre— y mi tío Laureano se asomaron subrepticiamente a las ventanas del piso y descubrieron que quien se anunciaba de ese modo era Antonio. Antonio que, al abrazar a su madre, le dijo que había decidido no morir entre las monjas, sino en su casa. De modo que pudo convencer a un taxista de Ávila para que lo llevase a Huelva, atravesando de nuevo el frente, y allí estaba, en su casa. Donde tardó cuatro años en morir y dos años antes de hacerlo fue mi padrino de bautizo.

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También relacionado con la guerra y con algo que no viví, un recuerdo que atesoro y del que ya hablé en estas mismas páginas, el mes de junio del 2017. Tengo muy presente la emoción con que un anciano me miró en Madrid, allá por 1961, durante los meses de mi servicio militar, en un café donde un día fijo de la semana solían reunirse los huelvanos que vivían o que estaban de paso en la capital. “¿Ricardo Bada?”, me preguntó cuando nos presentaron, “¿eres hijo o sobrino o qué eres de Ricardo Bada, el de la fábrica de zapatos?”. Le dije que era su hijo y me abrazó muy fuerte: “Tu padre fue quien me sacó de la plancha del camión donde nos llevaban a fusilar a las tapias del cementerio, tu padre tenía más valor que el Guerra, hijo, hablarles así a los falangistas y decirles que él salía responsable por mí”.

Es solo uno de los casos que cuento porque conocí a la persona. Pero todos sabíamos que hubo más, donde salió a responsabilizarse por otros Ricardo Bada Zapata, mi padre inolvidable. A mí me lo confesó una vez, casi en un cuchicheo que aún delataba el miedo, un viejo periodista del diario Odiel, a quien creo que también salvó mi padre: firmaba con el seudónimo Flery y fue uno de mis valedores en la redacción de Odiel cuando empecé a despuntar como periodista.

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Pero mis primeros recuerdos fidedignos y propios son los de unos años llamados “del hambre” por la mucha que se pasó y de la que murió tantísima gente. Todo, o casi todo, estaba racionado. Hasta el agua y la corriente eléctrica en los hogares. En nuestra familia se dio el caso paradójico de que en la fábrica de mi padre sí se contaba con suministro de energía eléctrica, pero no en nuestra casa, donde nos alumbrábamos con velas y, sobre todo, con los impagables quinqués. Unos quinqués a cuya luz he leído miles de páginas. Y en cuanto al agua, se recogía en grandes baldes y cubos, en los lebrillos del alpende en la azotea, durante las horas de suministro, a fin de poderla tener en la cocina y para usos higiénicos en las horas sin suministro, que eran las más.

Con todo, el recuerdo más indeleble para mí de esos años es el de las cartillas de racionamiento. Mi padre y mi tío Laureano estaban en la fábrica todo el día, y mi madre cuidaba a los dos hijos pequeños, mi hermana (dos años menor que yo) y mi hermano (cinco). De manera que mi abuela Remedios y yo éramos los encargados de acudir a las colas que se formaban a diario delante de las panaderías, las carnicerías, las lecherías, las carbonerías y los estancos, que eran las tiendas dedicadas a la venta de tabaco, producto asimismo racionado, y de timbres oficiales, letras de cambio y sellos de Correos… A mí, por supuesto, no me iban a despachar nada, a mis seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce años de edad, yo lo que hacía era guardarle el puesto a mi abuela, que apenas salía de una tienda venía corriendo a la cola en la que yo me encontraba. Relevado por ella, me iba a casa a entregar sus compras y volvía a salir para ponerme en fila en otra cola. Así días y días, año tras año.

Cartilla española de racionamiento, 1945.

Los datos que siguen los tomo de Wikipedia: una orden ministerial del 14 de mayo de 1939 estableció el régimen de racionamiento en España para los productos básicos alimenticios y de primera necesidad. La degradación del nivel de vida en la década de los cuarenta fue tal, que asegurarse la subsistencia se convirtió en una auténtica lucha diaria. Se establecieron dos cartillas de racionamiento, una para la carne y otra para el resto de los productos alimenticios. Se dividió a la población en varios grupos: hombres adultos, mujeres adultas (ración del 80% del hombre adulto), niños hasta catorce años (ración del 60% del hombre adulto) y personas de más de sesenta años (ración del 80% del hombre adulto). La asignación de cupos podía ser diferente también en función del tipo de trabajo del cabeza de familia.

Al principio las cartillas de racionamiento eran familiares, luego fueron sustituidas en 1943 por cartillas individuales, que permitían un control más exhaustivo de la población. La distribución de alimentos racionados se caracterizó por la mala calidad de los productos y puso de manifiesto una corrupción generalizada y el mercado negro, el tristemente célebre estraperlo. Un kilo de azúcar costaba 1.90 pesetas a precio de tasa; en el mercado negro, 20. El aceite racionado se pagaba a 3.75 el litro, y a 30 el de estraperlo. Una ley de 1941 amenazaba con la pena de muerte a los especuladores, sin que se sepa si alguna vez se detuvo a uno solo. Dadas estas carencias nutritivas aparecieron una serie de enfermedades relacionadas con ellas, como fueron las fiebres tifoideas, las hepáticas, la tuberculosis, el paludismo y la disentería por falta de higiene. Los más afectados resultaron ser los ancianos y los niños, entre los cuales se registró un alarmante índice de defunciones. En la provincia de Jaén, en 1942, la tasa de mortalidad infantil llegó a ser del 35% por la desnutrición y la ingesta de peladuras de papas y otros residuos. Hay que entenderlo de una manera literal: se comía cualquier cosa que pareciese comestible.

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De aquellas colas hay una que no puedo recordar sin un rastro ancestral de temor, y era la cola de la carbonería. La carbonería estaba al comienzo de la calle del Cardenal Cisneros viniendo desde la calle Berdigón, y por ella se accedía al barrio popular de San Francisco, partido en dos por su calle de Enmedio, barrio que desapareció en la década de los cincuenta para dar lugar a la gran avenida porticada, la Martín Alonso Pinzón. Mi pobre abuela siempre se extrañaba de que yo solía ser uno de los últimos de la cola, y nunca le confesé que cuando me tocaba llegar al umbral por el que se bajaba al semisótano donde estaba la carbonería, dejaba mi puesto y me devolvía al final de la cola, para no tener que bajar a ese lugar oscuro y mugriento donde el hollín se había comido la cal de las paredes. Uffff, qué suspiro de alivio al ver llegar a mi abuela y volar a casa con las compras que traía de otra cola.

Pero he guardado para el final un recuerdo positivo y hasta risueño de aquellos tiempos. Debido no sé a qué bula, uno de los poquísimos alimentos que no estaban racionados eran los churros. Así es que todas las mañanas, tempranito, mientras mi madre preparaba el sucedáneo de café que nos estaba permitido (eran generalmente algarrobas torrefactadas), íbamos mi abuela Remedios y yo a la churrería de la Plaza Niña, el entrañable corazón de mi barrio, nos poníamos a la cola y un cuarto de hora o media hora después volvíamos a casa con nuestros siete manojos de churros, cada uno de ellos envuelto en papel de estraza, que conservaba mejor su calor. Es por eso que siempre recordaré los churros por la palabra con que los llamaba mi abuela: “los calentitos”.

Así transcurrieron mi infancia y parte de mi adolescencia, marcadas por las secuelas de aquella guerra civil, la dizque última guerra romántica de la Historia. El racionamiento duró de manera oficial hasta mayo de 1952, fecha en que desapareció para los productos alimenticios. Un mes después, cumplí mis trece años.

 

Ricardo Bada 
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.


1 Mi padre tuvo suerte por partida doble, durante la guerra civil. Había hecho su servicio militar en Valencia y se licenció dos meses antes de la felonía militar. De haberse licenciado dos meses después habría pasado toda la guerra en la zona republicana, dejando sin cabeza de familia a su madre, su mujer y su hermano. Las que pasaron toda la guerra en zona republicana fueron la casi totalidad de las fábricas de calzado de España, que estaban –como ahora– apiñadas alrededor de Elche, en la provincia de Alicante: fuera de allí solo se fabricaban zapatos en Mallorca, pero eran de artesanía, en Valverde del Camino, pero eran botas camperas, y en Huelva, la fábrica de mi padre, quien pasó la guerra movilizado para fabricar calzado con destino a la zona franquista, en los pabellones uruguayos del sevillano Parque de María Luisa, habilitados para ese fin.