La nueva serie sobre Colosio aparece oportunamente a 25 años de su asesinato. El siguiente texto calibra los riesgos, aciertos y tropiezos de la apuesta más reciente del gigante del streaming.

Dos balazos, la culebra, un asesino solitario, un presidente temido, un candidato muerto: la historia de Colosio está llena de símbolos colmados y respuestas vacías. 25 años después, nadie sabe qué ocurrió esa tarde en Lomas Taurinas. Y ahora, en medio de nuevos documentos desclasificados, nuevas especulaciones y eterna curiosidad, Netflix quiere revivir una herida abierta de la historia de México.

En Historia de un crimen: Colosio, el gigante del streaming cuenta la trama inmediata que siguió a los acontecimientos del 23 de marzo de 1994. La idea, aquí, no es centrarse en el candidato ni en los momentos que precedieron al asesinato (como en la mediocre película de Carlos Bolado), sino en las preguntas que quedaron sin resolver. Para eso, la historia se centra en dos personajes despreciados por la historia oficial: la esposa de Colosio, Diana Laura Riojas, encarnada por una gran Ilse Salas (Las niñas bien), y el jefe de la policía ministerial de Tijuana, Federico Benítez. La idea no es mala, sobre todo en la elección de la importancia de Riojas: en medio de tanta confusión y de tanta política, ¿quién puede tener más sincera perspectiva que la viuda del candidato? ¿Quién podría tener mejor comprensión que una economista brillante que conocía profundamente al gabinete de Salinas? ¿Quién podría tener más premura por resolver el suceso que la férrea Diana Laura, madre de dos, viuda y enferma de cáncer terminal?

Todo lo que relacionamos inmediatamente con la muerte de Colosio sucede en el primer capítulo de la serie: la amistad con Salinas —padre político del candidato—, los celos con Córdoba Montoya, la ruptura con Camacho, el levantamiento zapatista, el enorme discurso del 6 de marzo (que muchos, incluidos los guionistas de esta serie, piensan que condenó a Colosio), la gira por Baja California, el asesinato, la captura de Mario Aburto, el interrogatorio con Beltrones, la condena rápida… La serie quiere empezar en el asesinato y no concluir con él, quiere replantear preguntas y poner al centro de la discusión las primeras investigaciones y la tragedia personal de Diana Laura.

Es una buena idea y la serie, dirigida por la reconocida Natalia Beristáin y la experimentada Hiromi Kamata, parece tener todos los medios para lograr su cometido. Sin embargo, Historia de un crimen: Colosio, tiene un problema esencial de cercanía temporal y miedo político. Un problema que parece hundir a la trama bajo el peso de su propia conciencia histórica.

La culebra

Conocemos la historia o, al menos, parte de ella. Todos fuimos testigos, de alguna manera, en la distancia compasiva de la televisión; todos vimos cómo asesinaron a Luis Donaldo Colosio; y, sin embargo, no entendemos nada. Después de 25 años, de más de 10 mil fojas de investigación acumulada, cuatro fiscales especiales despachados, cientos de videos, horas de interrogatorios, pruebas torpes, pruebas ineficientes, pruebas inventadas; después de dos penales, un Aburto, dos Aburtos, tres Aburtos, todavía hay pocas certezas. Según algunas cifras, el 70 por ciento de los mexicanos cree que la versión oficial de los hechos es una mentira. Y eso que hablan de una versión oficial, porque ha habido muchas.

El caso de Colosio, como el viaje de Abraham en la Biblia, deja demasiado espacio para la exégesis. Es un caso poroso, inconsistente, cambiante y esencial para la vida política mexicana. Es el caldo de cultivo perfecto para la especulación, la teoría de conspiración y la locura paranoica. Entre tanta incertidumbre —parecen pensar los mexicanos— solo puede esconderse un aparato de poder, un ejercicio consciente de encubrimiento; porque, si tanta confusión no es provocada, entonces el gobierno que soñamos terrible puede resultar más incompetente que maquiavélico.

El morbo-ficción

Los servicios de streaming parecen abrazar el morbo de los crímenes reales. Es una tendencia de nuestra época neurótica: necesitamos de un realismo crudo e inventado, desde la portada gráfica hasta la novela de folletín; algo que nos haga regresar a la realidad con ciertas respuestas, que dé sentido a la violencia y orden al mundo irracional. Ahí tenemos las exitosas temporadas de Narcos, la exploración de la masacre de Tlatelolco en Amazon y, ahora, la nueva apuesta de Netflix. Todas exploran casos enormes y de enorme impacto. La ficcionalización de la creación del Cártel de Guadalajara, los entramados políticos detrás de la masacre de 68 o del magnicidio de Colosio, son temas que han rondado la cabeza de los mexicanos desde hace décadas. Porque todos, como exégetas permitidos en la vaguedad, nos hemos dado a la interpretación de estos pasajes históricos que, a pesar de ser fundamentales para entender nuestra realidad política, económica y social, siguen envueltos en misterio.

Con esta nueva serie, Netflix se arriesga, además, a una cercanía inusitada. Han pasado 50 años desde la masacre de Tlatelolco y casi 40 desde la formación del Cártel de Guadalajara, pero solo 25 del magnicidio de Colosio y las imágenes certeras del momento no nos dejan sentir esa distancia. El riesgo, aquí, es palpable; la mayoría de los involucrados en el caso están vivos, amén de otros asesinatos: Carlos y Raúl Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, José Córdoba Montoya, Mario Aburto… y el riesgo se siente, al inicio de la serie, en la caricaturización burda y cuidadosa que propone.

Lo que se nota es una enorme mesura en la escritura del guion. El diseño de producción es adecuado, los actores son buenos y la dirección comprensiva. Lo caricaturesco, lo telenovelesco está en el guion. Hay algo absolutamente falso en la forma en que hablan estos políticos: en la intimidad no hay insultos, mentadas de madre serias, vulgaridades o machismos. Los políticos se expresan, en lo cercano y familiar, como en campaña.

Al mismo tiempo, mientras la serie se siente precavida en la forma de retratar a los implicados, debe aventurar hipótesis interesantes. Una serie sobre Colosio que arrope la versión oficial sería absolutamente desabrida. En el camino entre retratar los hechos y crear un suspenso que va más allá de lo anecdótico, Netflix parece quedarse en la vereda segura. Claro, la serie aventura que Raúl Salinas estaba metido en negocios turbios, que Córdoba Montoya era un estratega inteligente y perverso, que Zedillo era un oportunista, que al primer fiscal, Miguel Montes, lo presionaban la premura de las circunstancias y el deber partidista, que las pruebas se manipularon y que la PJF era corrupta hasta el tuétano… pero todo eso ya lo sabíamos.

A diferencia de Un extraño enemigo, esta serie quiere estar más cerca de los expedientes que de una ficción admitida y, en eso, no aventura ninguna hipótesis. Claro, esta cercanía es a los expedientes desclasificados el año pasado; expedientes que plantean más dudas que respuestas. En cualquier caso, al no transformar la realidad en ficción, la serie parece temerle a lo real: es preferible, aquí, la caricatura a la especulación. Y podría estar muy bien dejar todo el caso en las mismas ciénagas en las que lleva 25 años empantanado. El problema es hacerlo a través de la caricaturización de la opinión pública. La narración no señala directamente a Salinas, pero lo deja envuelto en el hábito perverso de desconfianza por el que todos los mexicanos lo recordamos. No señala directamente a Córdoba Montoya, Zedillo o Camacho, pero apunta a su posible responsabilidad. No señala tampoco a Manlio Fabio Beltrones, pero lo pone como una figura siempre presente en los meandros más turbios. No señala directamente al vínculo entre narcotráfico y poder en México, pero deja flotar por ahí una duda razonable.

Del otro lado, se crean santos. Los policías ministeriales de Tijuana aparecen como unos mártires de la justicia que querían resolver el asesinato por rectitud moral y no por los imperativos políticos del primer estado panista. Entre ellos no había corrupción, ni preocupaciones de narcotráfico, ni verdadera relación de poder con el gobernador. Luis Donaldo Colosio, en otro ejemplo, aparece también como un mártir de una causa justa: la de democratizar al país derribando, de una vez por todas, el presidencialismo priista. Y no dudo que haya algo de verdad en ambas cosas, lo que importa aquí es que crearon relaciones maniqueas.

Historia de un crimen: Colosio muestra que, a veces, Netflix no supera sus raíces de algoritmo. En vez de buscar una perspectiva original jugando con la ficción, decidieron no meter las manos al fuego por nadie ni por nada: jugaron con las teorías de conspiración solo para crear perfiles maniqueos; coquetearon con la investigación del caso solo para sacar detalles jugosos; aventuraron hipótesis tan tibias como inacabadas. Con el lenguaje sobrescrito y los personajes mal definidos, parece que Netflix siguió la seguridad de las preferencias preseleccionadas para evitar cualquier represalia.

Lo que hay que preguntarse aquí es si vale la pena adentrarse en un tema tan espinoso para no aportar nada nuevo a la conversación. Si esto es puro aprovechamiento de una efeméride, si es puro riesgo calculado, entonces se desperdició una clara oportunidad de emplear la ficción sobre el realismo inoperante de los dolores de México.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y reportero de Código Espagueti. Maestro en Literatura Comparada por la UNAM.
Twitter:@pez_out