En el siguiente ensayo, tan íntimo como lúcido, la música barroca se cruza con el pegajoso ritmo latino en un intento por salir de las zonas oscuras de la existencia.

También tiene significación de carácter regresivo
la movilidad de las orejas como la que poseen los animales
y que algunas personas conservan un tanto…
—Isaac Ochoterena, Estudio biológico de los órganos de los sentidos.

Una de las cosas que nunca entenderé sobre mi madre es por qué me enseñó a mover las orejas. Si pudiera invocarla en una sesión espiritista, le pediría que me explicara el motivo por el cual, en vez de enseñarme a andar en bicicleta o a preparar su delicioso flan napolitano, se paraba detrás de mí frente al espejo y me indicaba qué parte de la cabeza debía “apretar” para que mis orejas se desplazaran hacia arriba y hacia atrás. Gracias a su precoz y riguroso entrenamiento puedo contraer unos músculos que casi nadie sabe que existen detrás del cartílago auricular. Si fuera un mamífero nocturno, movería las orejas para localizar el zumbido de mis presas o el rumor de mis depredadores. Si fuera tetrapléjico, las utilizaría para conducir mi silla de ruedas motorizada. Si tuviera perfil de Tinder, pondría entre mis atributos la movilidad de las orejas (la cual podría desplegar en situaciones íntimas si alguien así lo solicitara). Pero soy un mamífero diurno, bípedo y sin Tinder, por lo que mover las orejas no contribuye en absoluto a mi supervivencia.

Fui un niño particularmente tímido e introvertido. ¿Creería mi madre que yo necesitaba una gracia, la que fuera, para compensar mi ineptitud social? ¿Adivinaría que su hijo iba a tener un talento subnormal para el cortejo, y apostaría por ayudarlo de esa forma extravagante a incrementar su éxito reproductivo? He sabido de personas que pueden guiñar un ojo sensualmente o esbozar sonrisas seductoras; hay quienes tienen dentaduras perfectas, cabelleras sedosas, bíceps prominentes o escotes muy profundos… yo sé mover las orejas.

Con el fin de normalizar un poco el repertorio de mis gracias, hace unos meses empecé a ejercitarme con el objetivo de “perrear hasta abajo” sin que me tronaran rodillas. La hipótesis era que bailar reguetón con destreza sí aumentaría mis probabilidades de apareamiento. Pero no tomé en cuenta que otro legado de mi madre no tardaría en arruinar este proyecto.

Además de enseñarme a mover las orejas, ella me expuso muy temprano a la música barroca con una pequeña colección de discos de acetato en la que predominaban las composiciones para violín. Desde entonces, las obras de ese periodo activan mis centros de recompensa cerebral más que cualquier otra actividad no reproductiva. La música es un sistema abstracto de manipulación de expectativas sonoras, y entre más complejas y acertadas sean las predicciones neuronales inducidas por aquélla, más se activará el núcleo accumbens, responsable de la gratificación asociada con drogas como la cocaína y las metanfetaminas. La música es una droga, y la más dura que conozco es la de Johann Sebastian Bach. El cultivo de esta pasión parecer ser incompatible con el perreo; por culpa de mi madre, mi flow no es latino y pecaminoso sino germánico y luterano.

Retrato de Bach por Elias Gottlob Haussmann, en 1746.

Ahora me doy cuenta de que mi gusto por el reguetón, que ocupó buena parte del año pasado, se debía a que estaba 1) profundamente deprimido y 2) parcialmente alcoholizado. Procuraba salir todas las noches a bares y fiestas en donde no se escuchaba música de Vivaldi ni de Händel, sino de Daddy Yankee y Natti Natasha. Esa exposición continua me habituó al reguetón, pero bastó un sábado por la noche en casa para que se viniera abajo la impostura tropical.

Como estaba sobrio y tranquilo, aquella noche decidí escuchar la Partita número 2 en Re menor para violín solo de Bach. Gracias a los antidepresivos llevaba un mes entero sin llorar, pero al llegar a la famosa “chacona”, movimiento final de la Partita, mis glándulas lagrimales comenzaron a secretar muchísima tristeza. Mi alma era un bóveda cerrada con mezcal y psicofármacos; la música de Bach voló la puerta.

Intrigado por el poder de la chacona para romper la costra de serotonina que los antidepresivos habían formado alrededor de mi conciencia, me puse a estudiar la obra con rigor; escuché varias versiones, muchas veces, con y sin partitura, buscando comprender las notas dolientes, frases angustiadas y arpegios contorsionistas que hicieron a Brahms juzgarla, en una carta de 1877 a Clara Schumann, como “una de las piezas de música más maravillosas e incomprensibles”. ¿Por qué me había trastornado tanto la chacona? Mientras trataba de responder esta pregunta me fui alejando del reguetón sin darme cuenta.

Hace unas tres semanas descubrí que ya no lo soporto. Me aturde con su monotonía y simpleza. A diferencia de otros géneros populares como el son jarocho o el rap, la mayoría de las canciones de reguetón carece de artificio lingüístico y diversidad temática. Me da gusto que se festeje la excitación sexual, pero me decepciona que todo un género musical, el más escuchado de nuestro tiempo, se concentre solo en eso (les juro que los testigos de Jehová no me sobornaron para que escribiera esto).

Tal vez la chacona me predispuso contra el reguetón precisamente porque constituyen polos opuestos: mientras que éste patina sobre el placer, aquélla se sumerge en el dolor. Éste es un satélite del coito, la otra es una exploración del dolor y la frustración. Uno es fácil de interpretar, la otra lleva al límite las capacidades polifónicas del violín, y la única forma de perrearla que se me ocurre es llorando copiosamente. Uno es opaco y uniforme, la otra está llena de claroscuros. Uno es puro estilo y balbuceo, la otra exige esfuerzo y padecimiento. (Un dato curioso: la chacona es una danza popular, como el reguetón, pero del siglo XVI, y de probable origen latinoamericano; compositores como Buxtehude, Bach y Vitali compusieron chaconas memorables.)

Comparar a Bach con Maluma —Baby— puede parecer ridículo y pedante, pero quiero dejar constancia de que tuve un año reguetonero y que al volver a ponerme barroco no pude soportar la disonancia cognitiva entre ambos géneros musicales. No tendrían que ser mutuamente excluyentes, pero así han resultado para mí. Fiel a mi madre, escogí el segundo. He escuchado la chacona unas treinta veces este año, además de otros conciertos y cantatas. Con el reguetón me sentía, aunque cachondo, asqueado por la sordidez de la existencia, y con la chacona, aunque desgarrado, me embarga un sentimiento de asombro y redención.

La chacona, escrita en 1720, muy poco después de la muerte de María Bárbara Bach, prima segunda y primera esposa del compositor, ha sido analizada como un homenaje póstumo a ella, plagado de referencias a himnos luteranos. Se trata de una obra tan profunda y dolorosa que ni siquiera es bella en el sentido kantiano del término: no produce una satisfacción alegre sino temerosa, sublime.

El reguetón no es bello ni sublime, sino pegajoso. Bailarlo me gustaba mucho, y espero volver a  hacerlo sin complejos cuando se me pase esta sobredosis barroca. Quisiera integrar al perreo el movimiento rítmico de orejas, y dotar a esta habilidad inútil de una nueva significación lasciva. Mi apodo reguetonero tal vez sería J.C. Dumbo. Mi madre se habría sentido orgullosa de mi éxito en los antros. También creo que la habría hecho feliz saber que fue la música de Bach la que, en medio de tanta oscuridad, me señaló el camino.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017). Coeditor de la antología temática de poesía novohispana Entre frondosos árboles plantada (Secretaría de Cultura, 2018).

 

 

Un comentario en “Bach y el reguetón: una chacona para perrear

  1. También muevo las orejas, mi padre me dio el gusto por la música clásica y barroca. Soy médico y Orizaba me alejo de la sala Neza. en C.U.
    Hace no mucho volvió Bach con su Adagio y con el toda la música amada por mi padre y por mi.
    Comprendo lo que escribes.