Como nunca en su historia, los premios de la Academia parecen volcarse sobre las minorías, una deuda sin duda pendiente. Sin embargo, una revisión minuciosa de las nominaciones parecería revelar que Hollywood sigue plagado de prejuicios.


Algo parece haberse puesto en marcha desde que empezó, en 2015, el movimiento #OscarsTooWhite encabezado por Spike Lee. Cuatro años después, la 91 entrega de los Premios Óscar parece ser la más racialmente diversa de la historia. El mismo Lee tiene una nominación como mejor director y puede ser el primer afroamericano en conquistar esa categoría tan cercana a la autoría y hegemonía blanca.

Curiosamente, cuatro años es el tiempo estimado que toma un cinta para producirse, distribuirse, proyectarse y llevarse a un galardón. Eso quiere decir que tal vez Hollywood escuchó en 2015 el llamado de las minorías; tal vez toda esta farándula se ha diversificado; tal vez hemos llegado al fin de una lucha. O tal vez esto es otro espejismo…

Óscar para todos

La diversidad en los Óscar de este año es innegable. En la categoría de mejor película, cinco cintas tienen como centro las preocupaciones de alguna minoría: Black Panther plantea, bajo términos de Marvel, la lucha entre el panafricanismo de Marcus Garvey y Malcom X frente a una postura liberal y moderada que recuerda al reverendo Martin Luther King; El infiltrado del KKKlan explica, directamente, la trascendencia del Ku Klux Klan en la política estadounidense actual y es dirigida por uno de los más icónicos directores negros de todos los tiempos; Green Book: una amistad sin fronteras habla de un racista italoamericano que vence sus prejuicios revirtiendo al chofer de la señora Daisy; Roma pone en el centro de la farándula hollywoodense la problemática racial y social mexicana en torno al trabajo doméstico; y, finalmente, Bohemian Rhapsody cuenta la improbable historia de un chico gay de Zanzíbar que conquista el mundo de la música. Y eso es solo la punta del iceberg.

Regina King está nominada a mejor actriz de reparto por su enorme papel en Si la colonia hablara, una película poco apreciada por la academia que traduce fielmente, con la pluma del ya ganador Barry Jenkins (Luz de luna), la obra esencial de Jimmy Baldwin. Esta película, además, está nominada a mejor guion adaptado en lo que parece un reconocimiento consciente a uno de los pensadores más importantes de la negritud norteamericana.

Yalitza Aparicio es la segunda mujer mexicana en la historia en ser nominada a un Óscar como mejor actriz (después de Salma Hayek) por su impresionante papel estelar en Roma; y Marina de Tavira tuvo una muy poco esperada nominación como mejor actriz de reparto. Jamás dos actores o actrices mexicanas habían estado nominados, al mismo tiempo, en unos premios de la Academia.

Mahershala Ali puede llevarse (cosa que es altamente probable) su segundo Óscar como actor de reparto por Green Book con su sutil interpretación del genial pianista gay afroamericano Don Sherley; Miles Morales, la figura central de Spider-Man: un nuevo universo, es un neoyorkino afrolatino de ascendencia puertorriqueña; Matthew Libatique, de ascendencia filipina, y fotógrafo insigne de Aronofsky, está nominado por segunda vez; Hannah Beachler es la primera mujer afroamericana en ser nominada a un Óscar por mejor diseño de producción, y Ruth Carter también persigue un premio histórico al retratar, en Black Panther, la influencia cultural de África en sus impactantes vestuarios. Dos largometrajes documentales tienen fuertes temas raciales: Hale County This Morning, This Evening y Minding the Gap (al igual que más de un documental corto y varios cortos en live action); el histórico editor afroamericano Barry Alexander Brown está nominado; hay dos directores extranjeros postulándose para el máximo premio de dirección; y Roma, una película mexicana en blanco y negro, es la cinta más nominada junto a La favorita de Yorgos Lanthimos, un drama histórico de tonos shakesperianos que retrata un triángulo amoroso lésbico.

Así, con una fuerte presencia afroamericana, latina, y la representación de miembros de la comunidad LGBT+, los Premios Óscar parecen haber cubierto la cuota necesaria para disculpar a la élite liberal blanca que los entrega. Los miembros de la Academia podrán despertarse tranquilos el 25 de febrero, después de la expiación de sueños de persecución y presidentes naranjas.

Si notaron mi sarcasmo, no se sorprendan: las razones detrás de estas nominaciones no son la espontaneidad irreflexiva de una sociedad que cada vez integra mejor la diferencia, sino la culpa de un país dividido, dirigido por un líder profundamente racista, y cuyas élites culturales intentan expiar a través de productos fácilmente mercadeables.

La mano que mece la estatuilla

Podemos celebrar la diversidad en la presente entrega de los Óscar, pero hay que encontrar las diferentes razones que la permiten. Porque hay una mano que mece el destino de estas estatuillas.

No es ningún secreto que la Academia está buscando todas las maneras posibles de expandir su audiencia, aunque no siempre han sido bien recibidas. Primero quiso crear una categoría de “película más popular” para premiar algún blockbuster palomero en medio de su celebración del “cine serio”; tras muchas críticas abandonaron la idea. Después, corrieron a Kevin Hart por sus chistes homofóbicos y decidieron, por si las dudas, mejor no tener ningún conductor (no vaya ser un nuevo escándalo). Luego, decidieron que tres categorías (mejor montaje, mejor fotografía y mejor corto live action) se iban a dar durante las pausas comerciales para hacer la ceremonia más corta y atraer a nueva audiencia joven. Más de cien prominentes directores y fotógrafos (incluyendo, claro, a Cuarón, Del Toro y Lubezki) protestaron la medida hasta que la Academia se retractó de este insulto a la fábrica misma del cine.

Entre todos los malabares que intentaron aplicar para subir las audiencias, la única cosa que todavía puede funcionarle a la Academia es la apuesta por la diversidad, porque esta apuesta implica fuertes razones económicas. Como lo explica Tambay Obenson para Indiewire: “La audiencia en los Premios Óscar tuvo una baja histórica el año pasado, pero la diversidad de sus nominados en 2019 puede regresarle a la Academia la audiencia que tanto necesita. La inclusión vende: un estudio de 2015 por Nielsen encontró que entre más diversas eran las categorías importantes, más crecía la audiencia de los premios.” Sin embargo, nada es inocente y esta idea de diversidad para las élites blancas detrás de la Academia viene siempre salpicada de viejos prejuicios.

Antirracismo racista

Mientras que películas delicadas y complejas que tratan temas raciales como Si la colonia hablara fueron repudiadas en las categorías mayores, la Academia se volcó para premiar a Green Book, una cinta feelgood dirigida por un experto en comedia que, veladamente, sostiene una premisa profundamente racista. La idea de esta cinta es que la función del hombre negro es corregir el racismo del hombre blanco; enseñárselo, además, a través del talento: el negro, al parecer, también puede ser genial. Con el final pletórico de Green Book, vemos a una familia racista juntarse a partir el pan en Navidad con el genio negro, por fin instituido como persona. Resulta que el racismo americano ya quedó atrás y que es una ecuación de fácil respuesta: dos más dos son cuatro, los Kennedy ganaron, si queremos ver el talento del otro, la alteridad se borra. Y me disculparán, pero no hay nada más peligroso que una comedia que te hace sentir magnífico mientras transmite estas ideas.

De la misma forma, es mucho más fácil mostrar una perspectiva maniquea en donde el liberalismo moderado gana frente al panafricanismo radical (Black Panther), que buscar comprender la postura que siempre medió entre el Dr. King y Malcolm X con la voz del eterno exiliado, James Baldwin. Si la colonia hablara no muestra las luchas de la población americana en el mismo sentido, porque no las muestra como algo resuelto. Aquí no hay un final feliz, sino la continuación de la misma miseria, y a Hollywood no le gusta nada que no lo exculpe.

Mientras que comedias alegóricas, violentamente satíricas, punzantes y de una fuertísima carga racial como Sorry to Bother You de Boots Riley o Blindspotting de Carlos López Estrada no fueron ni siquiera consideradas, una película didáctica y aleccionadora como El infiltrado del KKKlan está siendo cargada en hombros. La nueva cinta de Spike Lee no es una mala película, pero sí es una película fácil. Lejos quedaron los años de cine independiente, complejo y contestatario de Lee; lejos quedó Nola Darling (1986) o Haz lo correcto (1989). El infiltrado del KKKlan es una manera de darle una palmada en la espalda a los liberales blancos que quieren premiar, por fin, al veterano director.

La película está dirigida a los demócratas adinerados que más odian a Trump para decirles que tienen razón, que Trump es un racista y que, por reflejo, ellos no lo son. Al nominar esta cinta, las élites liberales blancas que constituyen el grueso de la Academia se limpian las manos de cualquier culpa racial: Spike Lee recibe sus nominaciones, Trump se sigue quejando de la falsedad de sus oponentes y, como mantra aristocrático de Lampedusa, todo cambia para mantenerse igual. El infiltrado del KKKlan es, en ese sentido, una película conservadora a pesar de su intencional progresismo.

Mexicanos bien portados

Por otro lado, desde 2013 está la tendencia de la Academia por premiar a directores y fotógrafos mexicanos. Los premios inaugurados por Cuarón con Gravity (2013) regresan al director mexicano después de pasar por Del Toro, Iñárritu y Lubezki. Estos premios fueron merecidísimos, pero también participan de una narrativa peligrosa.

Ninguna de las cintas por las que fueron premiados estos excelentes realizadores habla de la relación entre mexicanos y estadounidenses (al menos no de forma directa). El premio a los realizadores mexicanos es un premio a grandes talentos que nacieron al sur de la frontera, que cruzaron legalmente para trabajar legalmente y que se ganaron un lugar por su honestidad y talento entre la élite americana. Esta es una narrativa de cenicienta, del éxito capitalista basado en el mérito, del comportamiento ideal del mexicano que pisa Estados Unidos en busca de oportunidades. Este es el sueño del mexicano bien portado que, por tomar los cauces legales, logra triunfar.

La Academia premia las narrativas que le favorecen. Quiere hablar de mexicanos que logran conquistar las élites culturales americanas por el camino de la legalidad; quiere hablar del fin del racismo y quiere ser parte de un cambio que aún no existe. Pero no quiere hablar de problemas de fondo, ni de tantas otras grandes cintas que presentan temas incómodos.

¿Por qué no hablar de la pobreza blanca y las carencias en la educación con la maravillosa cinta El jinete, de Chloe Zhan? ¿Por qué no hablar de la enfermedad mental con la genial Nunca estará a salvo, de Lynne Ramsay? ¿Por qué no hablar del trauma de los veteranos de guerra que retrata Debra Granik en Leave No Trace? ¿Por qué todas estas películas geniales, dirigidas por mujeres, no fueron ni siquiera consideradas?

Puede ser hermoso ver tanta diversidad en la Academia, pero es complicado congratularse por ello. Las élites liberales blancas que otorgan estos premios, consciente o inconscientemente, despliegan una relación utilitaria y llena de prejuicios hacia la diversidad que postulan. Ninguna de estas nominaciones es inocente y cada premio incluye excluyendo. Este es el semáforo de la riqueza demócrata, de una élite que todos los años muestra los colores de un grupo selecto de privilegiados que, en sus medios de expiación, revelan siempre sus pecados.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y reportero de Código Espagueti. Maestro en Literatura Comparada por la UNAM. Twitter:@pez_out