Sergio Leone en el rodaje de Agáchate, maldito (1971).

Un día como hoy hace noventa años nació el inolvidable director italiano Sergio Leone, padre del spaghetti western e influencia absoluta del cine contemporáneo. Con motivo de su efeméride, presentamos esta retrospectiva que recorre los puntos más notables de su carrera.

Un pobre vaquero solitario que regresa a su casa, que es la maravilla.

Roberto Bolaño, primer manifiesto infrarrealista.

Largas escenas de observación, tensión psicológica dominada por un suspenso que llega hasta el frenesí, violencia hiperbólica con expresivos efectos dramáticos, amplificación inaudita —casi barroca— de los detalles y un minimalismo trazado alrededor del protagonista que lo imbuye con una suerte de aura. He ahí un breve resumen del credo artístico de Sergio Leone, extraordinario director italiano nacido y fallecido en la ciudad de Roma.

A Leone se le puede enumerar un sinfín de atributos: que descubrió a Clint Eastwood; que inspiró La naranja mecánica de Stanley Kubrick y casi todo el cine de Quentin Tarantino; que inventó los planos abiertos y los matices narrativos desde la puesta en escena, que retrató el pesimismo y la desolación de la primera mitad del siglo XX como nadie antes que él; que se consagró como un cineasta de la fantasía y la ensoñación. Sin embargo, al hablar del italiano hay que entrar inevitablemente al terreno del cine de vaqueros y repetir lo evidente: él es el (re)inventor del spaghetti western, género que deslocalizó de los Estados Unidos—pues la mayoría de su cine se produjo en las áridas comarcas de España— aunque toda su cinematografía no hizo más que referirse, desde el fuera de campo, a la “tierra de la libertad”.

Genial secuencia de Érase una vez en el oeste (1968)

Antes de Leone, el western era un género exclusivamente norteamericano con un discurso fabulesco de la conquista. El optimismo subyacente en el cine de John Ford o John Wayne pregona que el trabajo y la virtud del hombre blanco triunfan siempre sobre el caos preexistente de la tierra inhóspita. Por lo general, esta tierra no es otra que la nación de los pueblos indígenas o del vecino incómodo de los Estados Unidos: México. De esta manera, resulta coherente que la moraleja colonialista del western norteamericano obedezca a una herencia tardía de la moral protestante y la filosofía positivista de hombres como Benjamín Franklin o Thomas Jefferson, para quienes la civilización era un equivalente directo del progreso humano.

Por el contrario, como bien afirma Álvaro Enrigue en su más reciente novela Ahora me rindo y eso es todo, “una película de vaqueros italiana es un canto al fracaso de cualquier esfuerzo civilizatorio, y Sergio Leone un existencialista”. En la poética visual del italiano se encuentra latente una visión desencantada, sus personajes nunca se detienen a contemplar la naturaleza como los de Ford, sino que viven constantemente al acecho y en el temor; son todos en esencia forajidos nihilistas que no tienen otra fe más que la esperanza de ser el primero en desenfundar su revolver o huir antes de que el otro haga fuego. Sobra decir que sus protagonistas están más allá de distinciones maniqueas, no son ni pueden ser “buenos” o “malos” a pesar de lo que indica el título de su película más célebre. De igual manera, sus espacios simbólicos son umbrales, lugares de paso o universos fracturados, por lo general fronterizos, donde todo está permitido y no hay sitio para lo femenino. En una narrativa de lo violento y avasallador como la de Leone, “este es un mundo de hombres”, tal como pregona la famosa canción de James Brown.

Clint Eastwood encarna a “Blondie” en El bueno, el malo y el feo (1966).

La mirada infantil

Si ver un clásico como El bueno, el malo y el feo (1966) es adentrarse en un pintoresco país de las maravillas, eso se debe a que, en el fondo, la mirada de Leone nunca abandona la fascinación rocambolesca de un niño que jugó a los vaqueros hasta la adolescencia. Aún en obras complejas, de temática trepidante y nostálgicas como Érase una vez en América (1984), siempre es posible advertir la influencia de los cómics y la novela negra en su cinematografía. De hecho, en sus películas hay siempre un personaje picaresco, por lo general viejo, que evoca las pillerías de figuras como Polichinelle, ese bufonesco caracter de la Commedia dell’arte que se representaba en el teatro callejero de Cataluña, Francia e Italia a comienzos del siglo XX y que sin duda alguna Leone vio cuando era joven.

Además de la teatralidad exaltada, los efectos especiales —siempre adelantados a su época— y los magistrales contrapuntos sonoros del inseparable Ennio Morricone, casi todos los fotogramas del cine de Sergio Leone podrían encontrarse retratados en las páginas de una novela gráfica o una historieta. Aquel niño errante que deambulaba por el corazón del Trastevere —uno de los barrios más populares de Roma—, acompañó al cineasta en su madurez y hasta su fallecimiento a los sesenta años de edad.

Sergio Leone durante el rodaje de Érase una vez en América, en 1984.

Un cine pictórico y literario: por un arte total

Cuentan que el romántico Richard Wagner veía en la ópera la potencia para concretizar un arte total (Gesamtkunstwerk en alemán). Este arte sería capaz de integrar el teatro, la pintura, la música y la literatura en un mismo movimiento simbólico, espiritual y único. Dicho concepto ha sido transpuesto por ciertos artistas que, desde ópticas divergentes, trataron de imbricar varios caminos expresivos a un tipo de arte en especial. Como parte de ese grupo, Sergio Leone persigue una utopía similar desde el cine con una salvedad: la pretensión metafísica o teológica se encuentra ausente en su cinematografía, pues su vida y obra encarnan un nihilismo muy propio de la posguerra y del arte de vanguardia en particular.

Se sabe que Leone fue un gran admirador del pintor griego Giorgio Di Chirico, cuyas pinturas se pueden comparar a la atmósfera baldía y densa que prima en sus westerns.

El cuidado milimétrico en cada detalle que componen sus fotogramas delata una estrategia en la disposición de los elementos de cada escena: la estratificación (o uso de capas) de objetos y actores, cuya aparición se mueve desde el primer plano hasta el telón de fondo con el fin de crear profundidad de campo y enriquecer la composición de la imagen, que en películas como Érase una vez en el oeste (1968) se acerca mucho al arte plástico barroco.

Así pues, hay una coordinación casi circense que imbrica diversas manifestaciones artísticas: la minuciosa dirección de decoración (arquitectura y escultura), los actores que se desplazan melodramáticamente por el escenario (teatro), las exquisitas melodías de Morricone (música), y el ojo omnisciente del realizador (cine) que siempre dirige su orquesta en función del mensaje, del enunciado cinematográfico (literatura). Dicho de otro modo, todos y cada uno de los cuadros dirigidos por Leone son producto del choque entre numerosas rutas de creación que desembocan en un enunciado literario, que podrían resumirse en una frase, un párrafo o —en sus planos de más de 5 minutos— en el capítulo de una novela negra o una noveleta de vaqueros.

La pintura de Giorgio di Chirico inspiró muchas de las áridas composiciones de Leone.

La cultura pop llevada al cine épico

Inevitablemente, la mayoría de los cinéfilos en occidente tienen, directa o indirectamente, alguna referencia de los filmes de Sergio Leone en el fondo de su memoria. ¿Cuánto se tardaría un espectador en mencionar a Clint Eastwood o Lee Van Cleef si se le pregunta por un vaquero célebre, o en reconocer la inolvidable armónica de El bueno, el malo y el feo? Quizás esto tenga mucho que ver con el carácter legendario y colectivo del western. Un gran admirador y estudioso de este género como lo fue André Bazin —quien se hubiera deleitado con la obra de Leone— lo resume muy bien en ¿Qué es el cine? (1963) al declarar que“el western es un género de cine épico que, pese a ello, conserva su vitalidad y no envejece”.

No obstante, la popularidad de este cineasta romano y su universo visual se deben sobre todo a su destreza para el pastiche y el collage visual, en su calidad de artesano popular preocupado por construir un cine para el gran público y sin las pretensiones intelectuales de sus sucesores. No hay que olvidar que Sergio Leone murió sin recibir algún reconocimiento de las altas esferas del séptimo arte; eso sí, su sensibilidad y generosidad como creador de imágenes lo mantendrán irrevocablemente como una referencia obligada y una figura de culto.

 

Camilo Rodríguez
Escritor y consejero pedagógico de francés en Éditions Maison des Langues