La imagen del México violento ya está arraigada en el imaginario colectivo dentro y fuera de sus fronteras. ¿Qué preguntas hacer, qué discusiones detonar, para entender los alcances que la imaginería visual de series, obras de teatro y juicios telenovelescos están ejerciendo sobre la concepción de nuestro país?

Al pensar, escribir y discutir temas relacionados con la imagen, solemos centrarnos en los procesos e intencionalidades que dan lugar a su creación y difusión, pero no así en su recepción y sus efectos. De esto me hizo consiente, hace tres semanas, un anuncio espectacular (muy espectacular) que me recibió al llegar a Madrid. “Hola hijos de la chingada”. Al pie de Centro Colón, un enorme complejo de departamentos ubicado frente a la plaza que conmemora el descubrimiento de América y donde se erige la estatua del marinero genovés, se desplegaba a la vista de turistas y locales la publicidad de la nueva temporada de Narcos, la exitosa serie de Netflix, que daba la bienvenida con esta mexicanísima frase.

Como cada nueva temporada de Narcos en España, los creativos de la compañía han desarrollado una provocadora campaña en espacios públicos que no ha pasado desapercibida. ¿Cómo olvidar aquel espectacular en la emblemática Plaza del Sol con la frase “Oh, blanca navidad” que acompañaba al personaje de Pablo Escobar y que al volverse viral obligó a un pronunciamiento del gobierno colombiano? Recuerdo también una frase colocada en el piso de los andenes del metro que sustituía las marcas de seguridad al borde de las vías: “Cuidado con pasarte de la raya. Narcos”; u otro anuncio, también en la zona de abordar, en el que la tradicional métrica de estaturas sobre fondo blanco invitaba al pasajero: “Hazte tu foto NARCO”, a manera de ficha signaléctica.

Poco sutil, pero eficaz y hasta divertida, la publicidad de Centro Colón anunciaba los nuevos episodios en los que los cárteles mexicanos desplazarán a los colombianos en el trasiego de droga, o al menos esto se infería al ver la continuación del anuncio espectacular que se desplegaba al doblar la esquina y donde se complementaba la idea con un “Adiós hijoeputa”. La publicidad y la historia que se prometía en la nueva temporada me hizo pensar en la percepción colectiva, estigmatizada, que pesa sobre México y los mexicanos. La llamada imagen pública, ese extraño concepto que se refiere no a una imagen concreta sino a una apariencia, a la representación de una persona o institución reproducida consistentemente por la sociedad y por los medios de comunicación.

En otro anuncio —pequeño en comparación al espectacular de Netflix y colocado a unos 100 metros de éste— un par de rostros escupen sangre por encima de un título: Los cuerpos perdidos, montaje escénico de un texto de José Manuel Mora sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. Asistí al Teatro Español intrigado por la representación de un tema tan profundamente complejo y doloroso abordado por un autor, una directora (Carlota Ferrer) y un grupo de intérpretes todos españoles. Según contó Mora durante un encuentro con el público al terminar la función, aunque viajó a Ciudad Juárez, estudió los informes de Amnistía Internacional y leyó a conciencia Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez, fue en un bar de Garibaldi, en la Ciudad de México, donde la letra de una balada ranchera le dio la clave y la determinación de trabajar sobre el tema:

Amigo voy a darte un buen consejo
Si quieres disfrutar de sus placeres
Consigue una pistola si es que quieres
O cómprate una daga si prefieres
Y vuélvete asesino de mujeres…

No es difícil imaginar el impacto que esta estrofa —muy probablemente en voz del Potrillo Alejandro Fernández o de un mariachi local, pero eso sí, cantada por todos los presentes incluyendo a las mujeres— provocó en el dramaturgo sevillano. El cruce de la realidad más cruel con la cultura popular ante la mirada extranjera. La compleja imaginería de un país, concentrada en unos cuantos minutos, se desplegaba ante sus oídos. El resultado será una obra que sorprende, repugna, conmueve y fascina (en ese orden conforme avanzan los minutos). Escenas bizarras —en el sentido más amplio del término— que parten de los lugares comunes de “lo mexicano” (estereotipos psicológicos y sociales) para, sobre ellos, comenzar a crear un collage utilizando los recursos de la música, la danza, el teatro, la ópera, el cabaret y una jerga mestiza con un sentido del humor despiadado.

¡Hijos de la chingada! ¡Cerdos! ¡Cobardes! Chingad a vuestra madre, a vuestra hermana, a vuestra hija… cogerlas hasta destrozarlas si tenéis huevos. ¡Maricones! ¡Que sois todos unos maricones! Si no, ¿cómo leches puede uno explicarse que en un país lleno de machos nos hayan dado por el culo tantas veces? ¡Putos! […]

No importa si están en sintonía con la realidad o no, el poder de las imágenes es indiscutible. Por otro lado, es innegable que ese Méjico existe y es dolorosamente real, ese Méjico donde el protagonista descubre los placeres de la maldad, o mejor aún, los placeres infinitos de la impunidad que priva en un desierto que devora los gritos y cubre los cuerpos. Ese Méjico que viola y desaparece a sus mujeres, que fabrica culpables, que asesina periodistas y que otorga un poder absoluto a los poderosos, llámense empresarios, políticos o narcos… o sus combinaciones posibles. Escrita hace diez años, galardonada con el Premio SGAE de Teatro en 2009 y publicada en 2011, la pieza de José Manuel Mora no se había presentado hasta ahora. Diez años en los que en México lo único que cambió fue la estrategia de comunicación sobre la violencia del gobierno en turno.

En estos días, los noticieros de Madrid informaron también sobre el juicio de Joaquín el Chapo Guzmán en Nueva York y de la muerte en prisión de Héctor Beltrán Leyva, “un temido narcotraficante enemigo del cártel de Sinaloa” (sin mucha más información), así como de una nueva temporada de la serie La Reina del Sur, adaptación de la novela de Arturo Pérez-Reverte protagonizada por Kate del Castillo. Hoy, el espectacular de Narcos en Centro Colón ha cambiado esa frase llena de imágenes latentes a una imagen real en la que el narcotraficante Miguel Ángel Félix Gallardo y el agente de la DEA Kiki Camarena (los actores Diego Luna y Michael Peña, respectivamente) se desafían enmarcados por un paisaje pictórico con claras referencias a la escuela mexicana de pintura y al muralismo.

No son pocos los retos que enfrenta el nuevo gobierno y la imagen pública del país es uno más, pero no será pagando fortunas en proyección mediática y consultoría de imagen para maquillar la realidad como se resolverá el problema; mucho menos con el discurso sensor y simplista de la apología de la violencia que tanto se ha manejado en las administraciones anteriores. La imagen del México violento ya está arraigada en el imaginario colectivo dentro y fuera de sus fronteras, pero se habrá ganado si esa representación, si ese referente cultural que tanto nos indigna, deja de cobrar víctimas; sin embargo, la “nueva estrategia de seguridad” parece prometernos una nueva temporada de lo mismo.

 

Héctor Orozco
Curador e investigador de diversos proyectos en torno al arte, la fotografía y el cine. Desde hace una década trabaja en las Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.