Con motivo del estreno en salas de La casa que Jack construyó, última película del gran director danés Lars Von Trier (Copenhague, 1956), presentamos este perfil y una sucinta retrospectiva sobre la labor del polémico cineasta en el séptimo arte.

Como dice David Foster Wallace en David Lynch conserva la cabeza (1996), por lo general el espectador va a las salas de cine a pasar un buen momento. El cinéfilo quiere refugiarse en la tensión de la trama, reconciliarse o simpatizar con sus personajes, aprender algo sobre un tema en particular y quizás, a lo sumo, sentir una afectación especial —reírse, llorar, enamorarse— provocada por la magia del lenguaje cinematográfico.

Sin embargo, al asistir a una película de Lars Von Trier, un espectador atento —por más estoico que sea— se sorprenderá a sí mismo cuestionando su propio sistema de valores varias veces durante la proyección: reír a carcajadas de una situación extremadamente violenta y cruel, sentirse al borde de la repugnancia o la incomodidad al punto de querer abandonar la sala, sentir la ironía punzante del director como si estuviera dirigida precisamente a uno; son varias de las eventualidades que conforman la experiencia del cine de este director danés.

Matt Dilon protagoniza The House that Jack builts, la más reciente película de Lars Von Trier.

“Yo espero, de todo corazón, que la película sea vista como inmoral […]no pretendo satisfacer a la gente, yo quiero que tomen posición”, afirma Lars Von Trier tras la pregunta sobre la intención detrás de su obra. Heredero directo de Carl Théodor Dreyer e Ingmar Berman, profundo admirador de Andrei Tarkovsky —a quien dedicó Anticristo (2009)—, Lars Von Trier es reconocido mundialmente por adoptar una visión pesimista y oscura, y por ahondar en profundas cuestiones metafísicas. (¿Qué es realmente lo humano? ¿Merece nuestra especie perpetuar su existencia en el mundo? ¿Hasta qué brutales extremos puede conducirnos nuestra angustia, sufrimiento o nuestras ganas de vivir más intensamente?)

Lars Von Trier: artista maldito

Desde muy joven, Lars Von Trier sufrió constantes crisis depresivas que lo sumieron en largos periodos de silencio y reclusión. Célebre por su alcoholismo y drogadicción —que él califica como medios para estimular su creatividad—, el danés confesó en 2014 que temía no ser capaz de dirigir una buena película estando sobrio: “No hay expresión creativa de valor artístico que haya sido producida por un exalcohólico y un exdrogadicto. ¿Quién demonios querría molestarse con los Rolling Stones sin bebida o con Jimi Hendrix sin heroína?”.1

Asimismo, Von Trier reveló que Nynphomaniac (2013) fue su primera cinta escrita y realizada sin la influencia de pastillas o vodka, del cual bebía mínimo una botella diaria para mantenerse “en forma”.

Björk y Lars Von Trier son aclamados en el festival de Cannes del año 2000. Fuente: Abaca.

Las huellas de una carrera agitada: misoginia y antisemitismo

Cofundador de Dogma 95, movimiento de vanguardia creado como reacción a la industria del cine en Hollywood, Lars Von Trier abordó en sus primeras producciones una temática abiertamente crítica con el modelo de vida norteamericana. El estilo del movimiento dogmático se proclamó auténtico, realista y genuino, lo cual se tradujo en un criterio audiovisual con principios como: nada o muy poco montaje, captación de sonido en directo, escenas grabadas con la cámara al hombro, improvisación en los diálogos y acciones del rodaje. En la filmografía del danés, la trilogía “corazón de oro” (Rompiendo las olas, 1996; Los idiotas,1998; y Bailarina en la oscuridad, 2000) y la fascinante teleserie El Reino (1994) son los ejemplos por excelencia de esta etapa creativa.

De igual manera, Von Trier hace de lo femenino una búsqueda constante, tal y como hicieron Dreyer —que inmortalizó a María Falconetti en La pasión de Juana de Arco (1928)— e Ingmar Berman —que retrató la belleza y el genio de Liv Ullman en más de diez películas. No obstante, la forma que ha tomado esta vertiente en sus representaciones genera todo tipo de reacciones y sentimientos encontrados. Madres irresponsables o devotas, mujeres enamoradas, siempre víctimas de un doloroso padecimiento o de una sociedad cuyo juicio las fustiga con severidad, las aísla y las violenta, así plasma Lars Von Trier a sus divas más célebres: Nicole Kidman, Björk y Charlotte Gainsbourg.

En efecto, uno de los ejemplos más sonados en su controversia sobre lo femenino es el de la cantante y actriz islandesa Björk, quien protagonizó Bailarina en la oscuridad, papel por el cual obtuvo el premio a la interpretación femenina en el festival de Cannes en el año 2000. En 2017, después de la ola de acusaciones contra el productor norteamericano Harvey Weinstein, Björk denunció en sus redes sociales a “un cierto director danés” con el que había trabajado y del que había sufrido los malos trato, alguien al que la industria del cine no solo tolera, sino que protege y cobija.2 Aunque la denuncia no ha ido más allá, a Lars Von Trier se le ha llamado misógino por películas como Anticristo, en cuyo prólogo hay una secuencia sexual interpretada por Charlotte Gainsbourg —también ganadora del premio a la interpretación femenina en Cannes en 2009—que resulta particularmente chocante:

Poco tiempo después, Lars Von Trier entró en el terreno de provocaciones que le valieron otro de sus escándalos más famosos. Durante una conferencia de prensa en el festival de Cannes en 2011, afirmó con una sorna bastante ambigua que siente “simpatía por Hitler” y que ha descubierto en su genealogía “algo de nazi” porque su padre tiene sangre alemana. Por supuesto, la respuesta de los ejecutivos del festival no se hizo esperar y desde entonces al realizador se le consideró persona non-grata,veto que se le retiró este año, pues le permitieron presentar La casa que Jack construyó fuera de competición.

Hacia un cine culto

En la poética audiovisual de Lars Von Trier se ejerce un sentido muy agudo de la cita, en referencias culturalistas con una especial predilección por la pintura y la música. Así pues, si bien se puede escuchar a David Bowie o a Rammstein en sus bandas sonoras, destacan también inolvidables secuencias como las intervenciones musicales de Tap en Bailarina en la oscuridad o la venerada progresión en cámara lenta del espacio sideral en Melancholia (2011), una serie de fotogramas dignos de la pintura romántica alternados con la música sublime de Tristan e Isolda de Richard Wagner:

La invocación excesiva de este recurso queda expuesta en La casa que Jack construyó, su más reciente producción. Von Trier traza un triple contrapunto entre la imagen del músico que compone una melodía—una recurrente escena de Glenn Gould tocando magistralmente las melodías de Bach—, el arquitecto que construye una casa, y el asesino en serie que perpetúa un crimen. Posteriormente, la representación de un descenso a los infiernos o catábasis da lugar a un tableau vivant o pintura viviente que alude claramente a La barca de Dante, el cuadro de Eugène Delacroix que retoma una escena de la Divina Comedia. Por si fuera poco, en un momento dado la cinta presenta una serie de fotogramas de varias películas del propio Lars Von Trier, en un impulso no solo autorreferencial, sino barroco. Y con una egolatría bastante expuesta.

 

Camilo Rodríguez
Escritor y consejero pedagógico de francés en Éditions Maison des Langues
Twitter: @Cajme


1 “There is no creative expression of artistic value that has ever been produced by ex-drunkards and ex-drug-addicts. Who the hell would bother with a Rolling Stones without booze or with a Jimi Hendrix without heroin?”. En “Lars von Trier: I was addicted to drugs and alcohol”, The Guardian.

2 Publicación del 15 de octubre de 2017 divulgada en el perfil de Facebook de la artista.