El cine es una de las grandes plataformas para acercarse al estudio y representación de las clases sociales. En México, la cinematografía se ha encargado de trabajar con el binomio riqueza-pobreza desde una mirada que abusa de los estereotipos y que usa la curiosidad para llegar a la condescendencia. Sin embargo, en esta edición del Festival Internacional de Cine de Morelia, tres cintas abordan esta problemática con una mirada diferente.

Histeria e hipocresía en la clase alta

Las niñas bien (Dir. Alejandra Márquez Abella, 2018)

Contextualizada en el declive de la economía mexicana durante el gobierno de José López Portillo, Las niñas bien retrata el universo de Sofía (Ilse Salas) y sus amigas, todas esposas, madres y compañeras ejemplares de la clase alta mexicana.

Alejandra Márquez, la directora, se basó en textos de la escritora Guadalupe Loaeza para representar la histeria de esta clase social que miró de cerca su extinción. Así, vemos cómo Sofía, ante el quiebre de la empresa de su esposo, trata de mantener entre los escombros su estilo de vida y su posición de poder. En Las niñas bien, al ser el estatus económico el escenario de la película, el clasismo de Sofía y sus amigas es caricaturizado y visto como un lastre más entre la hipocresía que poco sirve cuando la chequera y la tarjeta de crédito son rechazadas.

Desde la reconstrucción histórica que hace Márquez, su estilo y su tono son muy precisos y enmarcan a sus personajes en un contexto que transforma su histeria desde una mirada no condescendiente. Márquez asume la condición y la actitud de sus personajes sin temor, lo asimila sin pretender nada más que verlos tal y como son. Se trata de una honestidad a la que el cine mexicano suele temer.


Sortear las relaciones de poder

La camarista (Dir. Lila Avilés, 2018)

La camarista es, quizá, la película más cercana a Roma por sus temas e intereses. Si en la película dirigida por Cuarón se pretende seguir la cotidianidad de Cleo (Yalitza Aparicio) como empleada doméstica en una familia acomodada de los años 70 en la Ciudad de México, lejos del despliegue audiovisual, hay un tono melodramático que fuerza la mirada hacia Cleo para verla como un ser tierno, inocente, una decisión que puede ser cercana a la condescendencia.

Contrario a estas pretensiones, Lila Avilés, guionista y directora de La camarista, abandona el trámite de encasillar a su protagonista, Eve (Gabriela Cartol), camarista en un hotel lujoso en la Ciudad de México, y decide observarla en un ejercicio casi voyerista para encontrarla con todas sus cualidades y sus defectos. Avilés logra que la condición de clase, en un trabajo que obvia los juegos de poder, sea filmada casi con transparencia.

Eve trabaja, cumple, se esfuerza, y en ese camino también se descubre. Las situaciones, las personas e incluso los objetos que la rodean son puestos por Avilés como pistas que definen su lugar en el mundo, comprendido o no, deseado o no. La camarista es un trabajo que sortea con mucha habilidad las relaciones de poder sin perder la crítica, sin dejar de presentar un país profundamente desigual.


Amor prohibido y emancipación

Leona (Dir. Isaac Cherem, 2018)

La historia de amor no aprobado entre Ariela (Naian González Norvind), una integrante de la comunidad judía, e Iván (Christian Vázquez), un goi (persona no judía), es el motor para que el director Isaac Cherem muestre de manera tangencial la oposición entre sus vidas.

Si bien Leona es un ejercicio más encaminado al coming to age y al proceso de independencia de Ariela, es a través de la comicidad que vemos cómo las diferencias entre los personajes se basan esencialmente en la demarcación de la clase social y el acceso económico. Leona logra por momentos trascender los clichés cuando decide explorar las decisiones y el deseo de Ariela por alejarse del dogma judío, que la concibe como una mujer que debe casarse con un miembro de la comunidad y procrear para así seguir consolidando los lazos de los que ella se siente ajena.

En Leona valdría la pena concebir este deseo de independencia que la aleje del melodrama exacerbado que hay, por ejemplo, en Amar te duele (2002). ¿Lo opuesto a la riqueza (proveniente de la comunidad que sea) es comer quesadillas o tacos? ¿Es ubicar a la “otra” ciudad —la que no es Polanco— como un laberinto de calles sucias y llenas de grafitti?

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.