Heridas abiertas arroja a la reportera Camille, la protagonista que vuelve a su ciudad natal, a un pasadizo con pocas salidas. Mientras investiga el homicidio y la desaparición de dos adolescentes, el personaje encarnado por Amy Adams confrontará a su posesiva madre y a su “tradicional” comunidad para llevar a cabo un tour de force psicológico en una de las series más esperadas de la temporada.

Título: Heridas abiertas (Sharp Objects)
Año: 2018
País: Estados Unidos
Dirección: Marti Noxon y Jean-Marc Vallée.
Guion: Marti Noxon, Scott Brown, Ariella Blejer, Dawn Kamoche, Vince Calandra, Alex Metcalf (basado en la novela escrita por Gillian Flynn).
Fotografía: Yves Bélanger, Ronald Plante.
Reparto: Amy Adams, Patricia Clarkson, Chris Messina, Eliza Scanlen, Taylor John Smith, Will Chase, Jackson Hurst, Catherine Carlen, Madison Davenport, Elizabeth Perkins, Dylan Schombing, Wes Robertson, Robert Artz, Gunnar Koehler, Jennifer Lamar, Elsa Morales Myers, Sophia Lillis.

“Algunos lo llaman caos, nosotros: familia”, reza un póster sobre la pared de la casa de una familia clasemediera en Estados Unidos. Camille (Amy Adams) pasa junto a él antes de regresar a una fiesta de adolescentes en donde el alcohol, las drogas y las miradas de burla son la única salida para aliviar el aburrimiento en un poblado en donde las apariencias lo son todo: bienvenidos a Wind Gap. Pueblo chico, infierno grande.

Camille Preaker, la chica que deambula en la fiesta, es una reportera que regresa a Wind Gap, Missouri, su ciudad natal. Su llegada obedece a una orden editorial que, sirviéndose de su familiaridad, debe camuflajearse entre la comunidad para escribir sobre dos historias: el asesinato de Ann Nash y la desaparición de Natalie Keene, dos adolescentes de la ciudad. Como dos pequeñas puertas de bienvenida, Heridas abiertas (HBO, 2018) lanza a Camille a un pasadizo con pocas salidas en una estructura policial pura, con un asesinato, varios sospechosos y la maraña de intrigas que se generan alrededor de estos acontecimientos.

Dirigida por el canadiense Jean-Marc Vallée (El club de los desahuciados, Demolición y el reciente éxito Big Little Lies), Heridas abiertas es la adaptación del libro del mismo nombre escrito por Gillian Flynn, mundialmente reconocida por otro de sus best sellers: Perdida (Gone Girl, 2012). Para su versión televisiva, Vallée hizo mancuerna con Marti Noxon, también creadora de Dietland (AMC, 2017) y UnREAL (Lifetime, 2017-2018), series con un perfil muy particular en donde las protagonistas enfrentan un mundo cruento lleno de estereotipos.

Cercana a la estética de True Detective (HBO, 2016), Heridas abiertas también opta por tomar como pretexto la anécdota policial para examinar con detenimiento la psicología de las protagonistas. Entre las paredes de este pequeño poblado, la tensión y los rumores son el motor de una comunidad que existe casi por inercia. Camille lo sabe, y su regreso significa reavivar heridas de su pasado que todavía no cicatrizan. Mientras conocemos la dinámica pasivo-agresiva de la comunidad, el personaje de Camille va adquiriendo forma y sentido: su negación inicial de escribir el reportaje y su posterior y nulo entusiasmo de regresar a casa, tienen cara y apellido: Adora (Patricia Clarkson), su castrante y excéntrica madre.

Como dos opuestos, Camille y Adora representan la gama de matices en la serie: desde la vida austera, simple y antipática de Camille, a la cotidianeidad idílica, los colores perfectos y los vestidos impecables de Adora. La dicotomía entre los dos mundos se vuelve casi macabra cuando Wind Gap se identifica con el white trash americano, las comunidades periféricas que sobreviven de una industria agrícola que solo beneficia a unas pocas familias. En Heridas abiertas, el mundo idílico de Adora es posible gracias a las granjas porcinas que controla su familia. En su papel gentil, asume el control sobre toda la comunidad. Ella es la abeja reina de Wind Gap.

Con esta ubicación geográfica, Vallée no rompe con su estilo que da preferencia a la iluminación natural; los parajes del campo saturados con colores pastel permiten que la obscuridad que rodea a la historia sea más mórbida, extraña, latente. La violencia del exterior, de la que fueron víctimas Ann y Natalie, proviene de algo profundo, oculto, del infierno personal de toda la comunidad. Mientras el espectador duda sobre lo que hay a su alrededor, la historia de la tensa relación entre Camille y su madre se va develando con suaves flashbacks que, con su ausencia de sonido, se convierten en momentos suspendidos en el tiempo de donde la protagonista parece no poder salir.

La hostilidad en Heridas abiertas avanza por diferentes círculos que van desde la familia hasta la comunidad y, aun así, el trabajo literario de Flynn y la adaptación realizada por Noxon se concentran en sus mujeres, en la represión y presión femenina que es una olla exprés a punto de estallar.

Poco después de llegar a Wind Gap, Camille conoce a Amma (Eliza Scanlen), su media hermana adolescente, la abeja princesa que deambula por el poblado y dicta estilos de vida entre los de su edad. La complejidad de las relaciones filiales adquiere matices oscuros y atrayentes gracias al desempeño en escena de Adams, Clarkson y Scanlen. Bajo estas relaciones fingidas, los espacios de convivencia se transforman en una puesta en escena, una coreografía extraña, densa. Durante el funeral de una de las niñas, Camille encuentra a compañeras de su adolescencia que hablan sin tregua sobre su vida: matrimonio, embarazos, hijos, el tedio de ser la esposa perfecta. De regreso a casa de su madre, Camille es testigo de la dinámica fársica entre ella y su hermanastra, una relación de codependencia en donde, ante su madre, la hija actúa como una muñeca que es ataviada con atuendos conservadores y femeninos. Afuera, a espaldas de Adora, es la típica adolescente que bebe, fuma y sale de fiesta con sus amigos.

Bajo este perfil tan preciso, la serie coloca Wind Gap dentro de las alas más conservadoras de la sociedad, una comunidad donde es un crimen apartarse de las normas de género: ¿quién puede asesinar a dos niñas? Un hombre. Los hombres son violentos por naturaleza; sin embargo, las figuras masculinas de Heridas abiertas son representaciones de un machismo rancio, inmóvil, caduco incluso para su propio sistema de patriarcal.

Seducida y desconfiada por la personalidad de su hermana, Camille escucha con atención una reflexión de Amma: controlar a una mujer es más difícil. Logras que haga lo que quieres, pero nunca podrás agradarle. De esta manera, en Heridas abiertas, la masculinidad es anulada por las contradicciones y la interacción de las mujeres con el mundo. La clave está en ellas: en la violencia hacia su interior, la violencia entre ellas y la violencia que ejercen o reciben sobre y de sus compañeros.

En la cacería a contrarreloj del asesino, vemos diferentes roles femeninos entre las integrantes de Wind Gap, pero de todos, sobresale la tendencia a la bondad rancia y la fría amabilidad, todas y cada una de ellas camuflajeadas en la creencia patriarcal de que hay que darlo todo por amor, darlo todo por los demás y olvidarse de sí misma.

Con estas relaciones de poder femeninas, es interesante la construcción del complejo entramado sobre cómo la comunidad nos define como individuos. En un capítulo, a pesar del impacto del asesinato de las dos adolescentes, la comunidad acepta festejar el Día de Calhound, una tradición que, además de ser profundamente violenta, narra cómo la fundadora del pueblo (y antepasado de Adora), soportó cientos de aberraciones sobre su cuerpo para no delatar a su esposo, buscado por los nacionalistas durante la Guerra de Secesión.

Con esta anécdota, la hostilidad queda enraizada en un asunto generacional, unas raíces duras y profundas que son los cimientos de la violencia en el poblado. Con una genealogía así, sabemos que Adora también fue víctima de su madre durante una niñez dolorosa. Este antecedente permite pensar que esta necesidad de sentirse indispensable, de ser el centro de atención y actuar como la madre abnegada que debe lidiar con una hija rebelde, descarriada (Camille), puede adquirir matices patológicos.

Así, estas historias parecen perpetuar la oscuridad y crear mujeres que están atravesadas por un sistema de control, uno que somete a las que son distintas, únicas. En el pueblo, las dos niñas que desaparecen destacaban por su rebeldía, una personalidad que rompía el molde asumido por las demás mujeres de la localidad. Un molde muy parecido al de Camille, rechazada y escrutada por todos.

Heridas abiertas juega con estas problemáticas de una manera interesante y arriesgada: la maldad, el dolor y la tristeza, además de los clichés y el deber ser, provienen de las mujeres. Y en este afán por demostrar que la figura femenina no solo es la víctima, sino también el victimario (en una escena, el jefe de la policía advierte a unas patinadoras: “Si siguen en ese dirección, cualquier borracho en su auto no podría verlas”, a lo que ellas responden: “O borracha, no sea sexista, jefe”).

Al hacer esto, Heridas abiertas describe con sutileza, capitulo a capitulo, lo que ha atravesado la historia de vida de Camille y de otras mujeres. En realidad, detrás de los asesinatos de Ann y Natalie, la enfermedad de Adora (Síndrome Munchausen por poderes), las mentiras y la maldad de Amma o la depresión crónica de Camille, está el poder cuestionar una cadena de imposición, de normalización ante la paranoia, el resentimiento, el clasismo y la crueldad, como el resultado de una estructura patriarcal que construye modelos de vida del deber ser femenino.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine y televisión.