Al buscar una historia que reflejara los problemas de la vida en pareja, y que tratara también de la maternidad, la feminidad y el feminismo, la directora mexicana se topó con la correspondencia entre Rosario Castellanos y su esposo, Ricardo Guerra. La chispa de ese material se convertiría en Los adioses, su segundo largometraje. Aquí, las claves del proyecto.

Fotos: Cortesía IQ Icunacury Acosta & Co.

 

Natalia Beristáin creció en una familia de actores. Es hija de Arturo Beristáin y Julieta Egurrola y, desde su tatarabuelo, varios de sus antepasados han estado involucrados en el mundo de la escena; por ello, casi por destino, empezó a trabajar como directora de casting.

Luego de desempeñarse en ese puesto en proyectos como La vida precoz y breve de Sabina Rivas, La jaula de oro, Sr. Ávila o 600 Millas,Beristáin realizó su ópera prima como directora, No quiero dormir sola, que resultó ganadora en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) y que fue nominada a varios Arieles, otorgándole a su protagonista, Adriana Roel, la presea como mejor actriz.

Para su segunda película, Los adioses, la realizadora deseaba llevar a la pantalla una historia que hablara de la feminidad, la maternidad, el feminismo y, sobre todo, la vida en pareja. Fue así como se topó con las cartas que Rosario Castellanos le escribiera a Ricardo Guerra, su esposo. Después de profundizar en la vida de la escritora y diplomática mexicana, esta correspondencia inspiró a Beristáin para construir, junto a los guionistas Javier Peñalosa y María Renée Prudencio, una película sobre un lado poco conocido de la también poeta.

A casi un año de presentarse en el FICM, la cinta protagonizada por Tessa Ía, Pedro de Tavira (Rosario y Ricardo de jóvenes) y Daniel Giménez Cacho y Karina Gidi (los protagonistas adultos), se estrena finalmente en cines logrando una de las historias femeninas más emotivas de los últimos años, y que le otorgó ya a Gidi el Ariel como mejor actriz.

Mariana Mijares: ¿Qué es lo que más te gusta de dirigir?
Natalia Beristáin: Me declaro decantada por el trabajo con actores; me interesa explorar el alma humana y nada mejor para hacerlo que el instrumento de un actor.

MM: ¿A qué directoras admiras?
NB: Lucrecia Marte, Tatiana Huezo, Kathryn Bigelow, y a cualquier mujer que saque adelante un proyecto y se eche una película sobre los hombros.

MM:¿Qué te llevó a adentrarte en la vida de Rosario Castellanos?
NB: Mi punto de partida primario no era hacer una película sobre ella. Rosario se me cruzó en el camino en un momento en el que sabía que quería hacer una película sobre la intimidad de la vida en pareja, y tenía dudas y preocupaciones de temas como la feminidad, la maternidad, el feminismo. Un momento en el que me preguntaba si ser mujer está determinado por el contexto histórico, social y cultural que habitamos.
En medio de esto, y queriendo buscarle forma a estos temas, Rosario se apareció en mi vida, casi por casualidad, a través de las cartas que le escribió a Ricardo. Esas cartas me llegaron porque en ese momento estaba yo muy metida en la literatura epistolar. La mujer que ahí descubrí se volvió un vehículo perfecto para abordar estos temas de los que yo ya quería hablar.

MM: Investigando sobre ella, ¿descubriste algún aspecto que te sorprendiera?
NB: Sin duda. De entrada yo no había leído a Rosario a profundidad. Ahora que he estado cerca de su literatura en estos últimos años, diría que es una escritora con una visión profundísima que apenas hoy me siento capaz de decir que empiezo a conocer. Pero justo yo la había “maleído” en la prepa, y sí, tenía una idea de ella casi como figura de bronce: alguien perfecto, que no se equivocaba, que tenía una visión clara y que la aplicaba en todos los aspectos de su vida. Y de pronto descubro que si bien sí es una pensadora brillante, pertinente, además de una escritora mordaz, también era una mujer falible, contradictoria, insegura, a quien se le quemaba el arroz. Con esa sí me podía relacionar porque veía a un ser humano como yo.

MM:¿Por qué consideras que eso mismo que te pasó a ti le pasa a muchos otros: conocer el nombre de Rosario Castellanos pero ignorar la profundidad de su carácter?
NB: De entrada no se nos educa para indagar más allá de lo que te enseñan en la escuela. En la gran mayoría de los casos nos “malpresentan” a los personajes, no hay una educación crítica que busque darle dimensiones o cuerpo a los hitos de la historia, sino que nos enseñan a pensar como en monografía: en dimensiones planas, donde te tienes que aprender datos duros pero sin fomentar curiosidad por saber qué hay detrás. Yo tuve la fortuna de que se me cruzaran esas cartas, y esas fueron las que me abrieron el apetito para saber quién era verdaderamente Rosario Castellanos.

MM: Tu película muestra no solo quién era Rosario como figura pública, sino también en la intimidad. ¿Por qué crees que le costaba tanto poder aplicar sus propias ideas feministas en su casa?
NB: Por una cuestión de educación en la que seguimos amarrados a modos de relacionarnos que, creo, son caducos. Creo que están absolutamente permeados por un sistema heteropatriarcal en el que a las mujeres nos enseñan que nuestro accionar y pensar debe estar en pro de conocer una pareja, y siento que la propia Rosario fue marcada por una educación de ese tipo. Si bien su cabeza iba décadas adelante de su época, su corazón, desde mi punto de vista, no pudo estar a la altura de su lucidez mental. Por más que ella quería querer a su hombre de otra manera, fue educada en un mundo en el que se hacía lo que el papá, el esposo, o el sacerdote decían.

MM: Los adioses está ambientada hace medio siglo, sin embargo, parecería que las cuestiones de equidad de género no han avanzado como deberían…
NB: Han cambiado muy poco. Me sorprende muchísimo que en un mundo en el que se ha avanzado tanto en otros ámbitos, el tema de derechos de equidad entre hombres y mujeres sigue estando tan polarizado.

MM:¿Por qué crees que ha sido así?
NB: No lo sé, creo que es algo que se nos ha “malenseñado” desde el útero. También parecería que este es un tema que solo atañe a las mujeres, y no: jamás vamos a poder tener una conversación avanzada, revolucionaria al respecto de la equidad, si los dos géneros no participamos.

MM: Además de involucrar a los hombres, ¿qué otras medidas crees que se puedan hacer para avanzar en el tema de la equidad?
NB: De entrada, detenernos a mirar nuestros propios comportamientos a la hora de relacionarnos, no solo como pareja, sino como mamás, como hijas, como compañeras de trabajo.
El machísimo más violento es el que se ha estandarizado, el que se ha normalizado, el que asumimos que así es porque así ha sido con nuestros ancestros. De pronto caemos en modelos de conducta que no cuestionamos. Así que de entrada hay que hacernos preguntas, por ejemplo, si estamos dentro de una relación tóxica, o cómo estamos reaccionando ante las cosas. En fin, lo que creo que sí está sucediendo es que el tema ya está sobre la mesa y es importante seguir profundizando en él, que no sea solo una moda.

MM: Hablando de “modas”, ¿crees que movimientos como #MeToo o Time’s Up ayuden a que, al menos en el cine, veamos cambios favorables para las mujeres?
NB: Sí, va de la mano, pero esos movimientos específicos tienen más que ver con violencia de género o temas de acoso y de objetivar a la mujer. Pero siento que sin duda han sumado para poner esa conversación sobre la mesa y que eso nos permite hablar en términos de equidad con respecto a las cabezas de departamento (hablando del cine), o sobre tener a más mujeres dirigiendo proyectos de gran envergadura o de gran presupuesto; o sobre personajes femeninos en la pantalla, o sobre buscar una paridad de sueldos para mujeres y hombres que desempeñan el mismo puesto… Sí, sin duda la conversación sobre la violencia que la mujer puede vivir en el cine, o en la televisión, está abriendo las puertas para que la discusión se amplíe hacia otros lados.

 

Mariana Mijares
Crítica de cine.