La nueva cinta escrita por Diablo Cody y dirigida por Jason Reitman es una honesta representación de las implicaciones de la maternidad en la vida familiar; el lado B que sabemos que existe, pero que preferimos ocultar bajo el tapete de la sala. Ya con un previo trabajo en conjunto en Juno (2007), Cody y Reitman regresan al tema del embarazo como si Tully fuera una extensión del futuro de aquella chica adolescente que cree vencer al mundo.

Título: Tully: una parte de mí
(Tully)
País: Estados Unidos
Año: 2018
Dirección: Jason Reitman
Guion: Diablo Cody
Fotografía: Eric Steelberg
Música: Rob Simonsen
Reparto: Charlize Theron, Mackenzie Davis, Mark Duplass, Emily Haine, Ron Livingston, Elaine Tan, Maddie Dixon-Poirier, Lia Frankland
Producción: Bron Studios / Right Way Productions / Denver and Delilah Productions

 

La maternidad es un estado ideal que pocas veces se cuestiona. La imagen de una madre que sostiene a su bebé entre sus brazos es la representación perfecta del amor sincero y puro. Y para llegar a él, no importa si los sacrificios físicos y mentales nos sobrepasan: el fin último de la humanidad es perpetuar su descendencia, una tarea que la mercadotecnia y las reglas del deber ser han suavizado y vendido como un crucero al Caribe, el viaje de nuestras vidas que todos, sin falta, debemos emprender. Pero en este idilio, la realidad no tiene cabida. Y Marlo lo sabe.

Marlo (Charlize Theron) es madre de tres hijos. La mayor, Sarah (Lia Frankland) es suspicaz y reservada, mientras Jonah (Asher Miles Fallica), el menor, es un niño “especial” (como lo llaman en su escuela) que demanda atención y cuidados. Al final está Mia, la nueva bebé. Del lado opuesto está Drew (Ron Livingston), su esposo,  completamente desligado del cuidado de sus hijos. A toda esta ecuación hay que añadir la frágil economía doméstica, los trastos sucios, pero, sobre todo, la monotonía de la vida familiar.

Este cuadro deprimente es el universo que la guionista Diablo Cody y el director Jason Reitman crearon para Tully: una parte de mí (2018), una honesta representación de las implicaciones de la maternidad en la vida familiar, el lado B que sabemos que existe, pero que preferimos ocultar bajo el tapete de la sala. Ya con un previo trabajo en conjunto en Juno (2007), Cody y Reitman regresan al tema del embarazo como si Tully fuera una extensión del futuro de aquella chica adolescente que cree vencer al mundo; pero, si con esa historia fueron optimistas, aquí hay un escenario más oscuro, más serio, más triste, porque a diferencia de Juno, el embarazo de Marlo es un deseo que se transformará en infierno.

El guion de Cody desmenuza paso a paso el descenso de Marlo de este universo donde la maternidad está sujeta a una mirada externa inquebrantable, dura. Después de las jornadas extenuantes con niños que odian su desayuno y gritan a la menor provocación, una bella y certera secuencia de montaje resume la cotidianeidad de Marlo con la llegada de Mia: pañales, llanto, suciedad; pañales, llanto, suciedad, y al final del día, nada, solo una profunda resignación con comida chatarra y reality shows.

Desalineada, enojada y confundida, guionista y director se encargan de reafirmarnos el hartazgo desde que Marlo llama “esto” a su embarazo y la cámara de Reitman opta por primeros planos de una barriga que, más que tierna, luce imponente, descomunal. Un panorama que no cambiará porque, aun después de dar a luz, el cuerpo de Marlo seguirá siendo rehén de los estragos físicos que se resumen en una básica y esencial pregunta que le hace Sarah: “Mamá, ¿qué le pasó a tu cuerpo?”.

Esta pregunta llena de curiosidad y sorpresa enfrenta a Marlo con su corporeidad y, por ende, con su identidad: su cuerpo es un remedo de carne, cansado, agotado, uno que no tiene fuerza siquiera para regañar a sus hijos. Y entonces, cuando creemos que este viaje hacia lo más profundo de Marlo ha llegado a su fin, aparece una puntada inteligente en el guion por medio del personaje de Craig (Mark Duplass), hermano de Marlo y que es exactamente lo contrario a ella: hombre exitoso, con dinero y un matrimonio cuasi perfecto.

El contraste entre ambos es equivalente al profundo amor que se tienen. Preocupado por su hermana, Craig le anuncia que quiere pagar una niñera nocturna que cuide de Mia, una estrategia que parece es el hito de la crianza contemporánea entre, claro, la gente que puede pagar el servicio. Renuente pero vencida por la desesperación, Marlo acepta y a su vida llega Tully (Mackenzie Davis), un milagro caído del cielo y, esencialmente, lo que Marlo ya no nunca podrá ser: joven, atractiva, decidida y, sobre todo, cínica.

La inclusión del personaje de Davis, así como da un respiro a Marlo, también se lo da al espectador. Sin embargo, esta aparente calma desentona: Marlo y Tully congenian de inmediato y, como en una unión orgánica y natural, se complementan. De esta forma, Tully transita por tonos distintos propios del drama y la comedia, y aunque parece que este giro optimista llevará a la película hacia una conclusión fácil y decepcionante, Cody une las piezas del rompecabezas en un giro dramático bien resuelto.

Y es que Tully es lo que viene después de esta decisión de la guionista. Las sofocantes representaciones previas de la maternidad cobran mayor sentido: si ésta es atemorizante, cuando es acompañada de una enfermedad, lo es aún más. Sin una declaración explicita sobre el padecimiento, el personaje de Marlo parece experimentar una depresión posparto, pero cuando el encantador personaje de Davis comienza a actuar de maneras muy particulares, Tully se instalará en los territorios de la llamada psicosis posparto. Así, sabemos que todo el camino previo fue la contención de la crudeza a través de la comedia.

Después de su estreno en Estados Unidos, la película recibió fuertes críticas1 por la forma de abordar una enfermedad tan delicada; sin embargo, el trabajo de guion y dirección son un suave y mortal golpe que coloca este posible diagnóstico bajo el contexto de las demandas que reclama la sociedad respecto a la maternidad y a ser mujer. La exigencia de ser una buena madre es la que traslada a Marlo a este punto de quiebre que, además, la hará cuestionarse si ésta es realmente la vida que quiere vivir.

Más allá de los diálogos ágiles y la comedia inteligente, en Tully vemos el dolor de vivir en soledad una enfermedad que, según datos del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM, por sus sigla en inglés), es padecida por 1 a 2 de cada mil mujeres. Una enfermedad que es ignorada por principios conservadores que normalizan el dolor de las mujeres después de ser madres.

En Tully, elmundo que está frente al espectador es divertido, abrumador, uno que se asoma a la mirada vacía y enrojecida de Marlo. Y no es que Marlo rechace la maternidad (como sucede en Tenemos que hablar de Kevin, de Lynne Ramsay), lo que no hace clic en su mundo es la presión de lo que significa ser “buena madre”, y cuando esto no funciona, la honestidad que viene a continuación es avasalladora y deja en claro que la decisión de tener hijos también puede ser un abismo que construyen otros alrededor de nuestra vida.

En una sociedad donde la familia es un eje rector importante, la concepción puede convertirse en una dictadura regulada por cientos de dogmas, recetas de comida orgánica y educación alternativa. ¿Cómo sería un mundo donde podamos elegir libremente entre dos representaciones? Una donde esté la imagen de la madre feliz que sostiene a un bebé en sus brazos, y otra con Marlo, depresiva, sentada en el sillón mientras extrae con dolor la leche de sus pechos. Ella eligió una y cuando las cosas no resultaron como esperaba, vivió de pretender que así lo era. Marlo es la ceguera de una sociedad que no quiere entender el inmenso universo de la maternidad, tan bella y terrorífica por igual.

Y si ese es el crucero al Caribe, ¿quién no preferiría quedarse en tierra por siempre?

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.


1 Lauren M. Osborne, “A psychiatrist’s defense of Tully, a controversial new movie about postpartum struggles”, Vox. Mayo 7, 2018.